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Escribe: Enrique Stell
Coronel VGM (R) y Preso Político Argentino.

Mi primer día en la guerra

Luego de descargar las cargas del Hércules las llevé a un depósito en “La Halconera”, así llamábamos a nuestra Base de Patrullas central en Puerto Argentino. Ya había comenzado el día 29 de mayo, aniversario de la creación del Ejército Argentino. Nos saludamos con el Teniente Primero José Gatti y acordamos reunirnos minutos más tarde.

Repentinamente corrió la voz de que se había declarado “Alerta Roja”, a los gritos ordenaron concurrir al refugio. Todos corrieron, yo no tenía ni idea donde quedaba, estaba solo, razón por la cual permanecí en el depósito. Como no me vieron en el refugio, alguien me fue a buscar y fuimos, entramos agachados, permanecimos en cuclillas y en silencio.


Este artículo viene de:

Diario de Malvinas: ¿Realmente quisimos ir a la guerra con Inglaterra?


Alguien me preguntó si sabía la señal de reconocimiento. Lo miré con cara de espanto. Entre el viaje en el interior de un avión polvorín, la llegada por la noche desconociendo totalmente donde estaba, la repentina alerta roja de la que yo no tenía ni idea que existía y uno que me preguntaba si sabía la señal de reconocimiento, mi cara no podía ser otra. Me miró sonriendo y me dijo, hoy es “parra – uva, la lista del mes está pegada al lado de la puerta de la entrada y salida de la Halconera, del lado de adentro”, y me recomendó que no me olvidara de conocerla cada vez que fuera a salir de la base de patrullas.

A fuerza de ser sincero, casi nunca le di importancia, no por temerario ni irresponsable, sino que no le encontraba sentido a una señal de reconocimiento en una zona totalmente controlada por propia tropa. Solamente cuando abandonábamos la base de patrulla para ir a un área ocupada por otras fuerzas averiguaba cuál era el santo y seña. De hecho, muchas veces me desplacé de noche en Puerto Argentino y nunca me preguntaron la señal pero sí ocurrió cuando íbamos al R I 4 en el Monte Harriet u otras unidades desplegadas.

Las señales de reconocimiento las decidían en el Comando de Brigada Xma. Eran muy simples, fáciles de recordar y cambiaban a las 18 horas de cada día.  Por ejemplo la del 29 de mayo fue “llano – rojo”, el 01 de junio tuvo “lienzo – blanco”, el 02 “gaucho – lindo”, el 03 “carro – viejo”, el 04 “hueco – grande”, el 05 “lleno – pasto”, el 07 “rata – negra”, el 08 “río – largo”, el 09 “rosa – dura”, el 11 “llanura – verde”, el 12 “ñata – corta”, y la última, la del 13 de junio, el día más sonoro de entre todos los que duró la guerra, irónicamente fue “oído – sordo”.

El refugio estaba construido debajo de una casa cercana con estructura de hormigón. Estuvimos todos en silencio aproximadamente media hora, en el exterior no se escuchaba ningún ruido y luego cada uno volvió a lo suyo.

Posteriormente me reuní con Gatti, coordinamos muchos aspectos relacionados con las comunicaciones y otros temas personales. Le pregunté si había otra cosa que pudiese hacer por él en ese momento. En horas estaba partiendo con la sección que participó en el combate de Top Malo House. No los volví a ver hasta después de la guerra. En este combate murió el Teniente Espinoza.

Mientras seguíamos coordinando las comunicaciones, nuevamente se anunció Alerta Roja y otra vez tuvimos que ir al refugio. Esta vez fue más fácil llegar, pero peor la situación que se vivía porque la artillería enemiga ejecutaba fuego desde los buques y si bien ningún proyectil hacía impacto donde estábamos, lo cual era lógico porque nos encontrábamos en una zona urbana y los ingleses sabían que bombardear casas es un crimen de guerra, los ruidos eran intensos y psicológicamente desgastantes.

“El shock del cambio de vida y las horas iniciales de mi llegada a las islas fueron una prueba de tormento”. 

Volví al depósito. Estaba muy cansado física y psicológicamente, además hacía mucho frío. El shock del cambio de vida y las horas iniciales de mi llegada a las islas fueron una prueba de tormento. Sabía que antes de descansar tenía que conectar los cargadores de batería, poner los equipos y materiales en orden porque durante la mañana, apenas unas horas más, las emplearíamos. Noté que me faltaban baterías de HT y, tras comentarlo, me dijeron que durante la descarga del avión siempre desaparecía algo. Este hecho no me cayó nada bien y me produjo problemas logísticos futuros. Quienes estaban allí me dijeron que no me enojara y que disculpara a esas personas porque no tenían idea de lo que hacían o porque la situación extrema los llevaba a hacer cosas como la que me comentaron: que en cierta oportunidad encontraron una caja de trotyl abierta y un pan de trotyl mordido. Tras averiguar, descubrieron que el soldado Roberto Sobarzo lo había comido pensado que era Mantecol. Me pareció horroroso.

Soldados argentinos durante la Guerra de Malvinas.

Luego de aproximadamente una hora de acondicionar y alistar todo lo máximo posible, estiré en el mismo lugar mi bolsa de dormir, me metí adentro y al poco tiempo me dormí.

No obstante, el tiempo que estuve despierto antes de dormirme, recordé el radiograma que había leído por la mañana, el viaje, los bombardeos, el refugio. Tuve la plena certeza de que nada sería fácil y pensé que tal vez moriría en combate, por lo que concluí que lo mejor que podía hacer era cumplir mi misión de la forma más perfecta posible y entregarme sin limitaciones para desarrollarla eficientemente.

La difícil promesa a un camarada

El 09 de junio por la tarde, mientras preparaba el equipo de combate para la próxima emboscada delante del Two Sisters, en la zona llamada Cola de Dragón, el Capitán Andrés Ferrero me dijo:

«Necesito que me prometa algo».

Luego de responderle afirmativamente y suponiendo que sería algo trivial, continuó,  mirándome fijamente a los ojos:

Capitán Andrés Ferrero.

«Stel, quiero que me prometa que si caigo gravemente herido en el combate, usted me va a inyectar una dosis de Ketalar de manera que pueda morir sin sufrir».

Me dejó paralizado, no podía hablar, nunca me imaginé que alguien me pediría algo semejante, pero consciente de la situación y del encuadramiento que significaba quedar herido con pocas posibilidades de ser atendido, adecuadamente en el medio de los montes, le contesté:

«Sí, se lo prometo».

Sin lugar a dudas que sobre esta petición puede escribirse un libro, lleno de aspectos relacionados con la moral, la ética, los principios y valores cristianos, la eutanasia  y muchos temas relacionados. En ese momento de situación excepcional, le prometí que lo haría y debo admitir que, llegado el caso, hubiera cumplido lo que me pidió y prometí hacer.

Hoy, luego de 35 años, mi respuesta sería otra. Seguramente le diría que solo le podría prometer que trataría de salvarle la vida por todos los medios posibles, evacuarlo de cualquier forma al hospital de Puerto Argentino, pero no ayudarlo a morir. Dios nos da la vida y sólo Él la quita. Estas son valoraciones personales que inclusive hoy en día pueden discutirse. Gracias a Dios, la situación no se presentó.

Me pregunto qué le hacía suponer a Ferrero que yo no sería herido o muerto por el enemigo, al punto que estaría en condiciones de ayudarlo a él. En fin, estos son los coloquios internos que a uno lo asaltan luego de vivir hechos tan traumáticos, que nos van marcando en la vida.


Este Artículo continúa en: 

El día que me dieron por muerto… y los verdaderos héroes de Malvinas

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