Compartir

Escribe: Enrique Stell
Coronel VGM (R) y Preso Político Argentino.

En Comodoro Rivadavia nos despedimos de los pocos que estaban allí y embarcamos. El Hércules estaba lleno de municiones y explosivos. Granadas, lanzacohetes, munición para mortero de 60 milímetros, trotyl, misiles Blow Pipe, granadas Antitanque Energa (1), granadas PDEF (2), minas antipersonales y antitanque, mechas lenta y rápida. Todo eso significaba un polvorín cargado de 20 mil kg. en un avión de transporte. Tan lleno estaba que solo había un pequeño corredor sobre el lateral izquierdo para desplazarse desde la rampa trasera hasta la puerta de entrada a la cabina de los pilotos.

Los pasajeros éramos cuatro, dos oficiales y dos suboficiales sumado a la tripulación del avión. Miré ese paisaje y me dije a mi mismo: “Si nos atacan en el viaje, estamos literalmente pulverizados, sin la más mínima opción de nada”.

El avión volaba a una velocidad de aproximadamente 300 km. por hora, a 10 metros sobre el nivel del mar. Podía desarrollar mayor velocidad pero los viajes a esa altura sobre el agua exigían los motores y disminuía la velocidad.


Este artículo viene de:

Diario de Malvinas: “Así empezó la guerra para mí”


Por las pequeñas ventanillas del Hércules se veía el agua, estaba muy cerca. El desplazamiento de “la chancha” – así le decíamos cariñosamente al Hércules C 130 – salpicaba con agua salada las pequeñas ventanillas del avión. Había mucho ruido, vibraba todo y para hablar entre nosotros había que hacerlo a los gritos.

La luna llena se reflejaba en el Océano Atlántico. Nadie decía ni siquiera una palabra. Entiendo que no había miedo sino la absoluta conciencia de que ante el menor problema dejábamos de existir y nos desintegrábamos. Un Hércules lleno de explosivos es algo que al estallar difícilmente deje rastros de su existencia previa.

“Entiendo que no había miedo sino la absoluta conciencia de que ante el menor problema dejábamos de existir y nos desintegrábamos. Un Hércules lleno de explosivos es algo que al estallar difícilmente deje rastros de su existencia previa”.

Luego de aburrirme de observar el monótono y desolador panorama me fui hacia la rampa trasera del avión, me recosté y, pese al ruido del avión, me dormí, consciente de cuál podría ser mi destino pero convencido de la imposibilidad de modificar la realidad. Me parece recordar que miré el escapulario que llevaba conmigo y balbuceé una oración.  

De repente me despertó el Capitán de la Serna para decirme que tenía que mirar por la ventanilla para ver si venía un avión de combate enemigo. Le respondí que no tenía sentido. Estábamos en una aeronave de transporte sin capacidad de defensa alguna y,  pese a estar lleno de armas y explosivos, la situación no nos permitía hacer fuego ni siquiera con una cerbatana. Insistió con que era una orden del piloto. A regañadientes cumplí la orden hasta que me cansé y me dormí nuevamente.

Cuando estuve en Comodoro Rivadavia me fui al centro fijo donde trabajaba un amigo mío, el Teniente Primero Bernardo Ortiz de la Tierro, y le pedí que me mostrara los radiogramas que venían de las islas. Era todo secreto, pero al ser Comunicaciones (al igual que él) teníamos autorización implícita para acceder a información clasificada. Leí el último mensaje que, el 28 de mayo, había enviado Menéndez a Galtieri. En síntesis, la situación era comprometida y el futuro era desolador.

En el viaje me pregunté varias veces para qué nos mandaban a la guerra si el final estaba cerca, qué sentido tenía arriesgar o sacrificar vidas humanas cuando el fin era conocido. Me acordaba de las enseñanzas de un profesor de historia militar del Colegio, que nos decía que para hacer la guerra hay que tener una causa justa y la posibilidad cierta de ganar, de lo contrario no valía la pena ni siquiera intentarlo. Por lo que había escrito Menéndez en el mensaje militar no había muchas posibilidades de vencer.

Las caras de mis tres compañeros de viaje reflejaban seriedad y preocupación. Lamento no acordarme de los nombres de los dos suboficiales. Tal vez el hecho traumático y 35 años de distancia han contribuido a que no los recuerde. Tampoco pude saberlo al investigar los manifiestos de vuelo existentes en los archivos, porque para mi sorpresa figuramos todos los integrantes de la Compañía de Comandos 602 en el manifiesto del Hércules que voló el día 27 de mayo, cuando en realidad cuatro comandos viajamos el día 28. No  existe constancia de nuestro traslado, por lo menos en la documentación a la que tuve acceso.

“Por lo que había escrito Menéndez en el mensaje militar no había muchas posibilidades de vencer”.

Luego de haber volado por espacio de 2 horas y siendo aproximadamente las 23 hs. del 28 de mayo, llegamos a las islas. Ya con el Hércules en la pista de la Base Aérea Militar Malvinas, pero sin detener totalmente los motores del avión porque volvía inmediatamente al continente, se bajó la rampa y comenzó la descarga de los materiales y equipos del avión.

El espectáculo era feo. No había luces, solo dos reflectores del avión alumbraban la zona trasera. La razón por la que no se quería iluminar la zona era porque había que tratar de que no se percibieran los movimientos ni la presencia del avión o, por lo menos, que estos fueran mínimos. Los soldados que hacían la tarea mostraban un semblante propio de aquellas personas que hacen lo que hacen porque no tienen otra opción, sin convencimiento alguno ni alegría; bajaban los bultos y paquetes y los subían con muy poco cuidado en la caja de los camiones sin saber que eran elementos peligrosos. Eran personas con rostros tristes.


Este artículo continúa en: 

Diario de Malvinas: sobre las edades de los jóvenes soldados


(1) Es una granada lanzada desde un fusil FAL, propulsada por un cartucho lleno de pólvora pero sin proyectil de metal.
(2) Proyectil Doble Efecto Fragmentario.

Compartir