Federico Lorenz, “Anita” y el Museo Malvinas

Federico Lorenz, “Anita” y el Museo Malvinas

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Escribe: Sebastián Miranda, con la colaboración de Silvina Batallanez

Recientemente el director del MUSEO MALVINAS E ISLAS DEL ATLÁNTICO SUR UBICADO EN EL PREDIO MEMORIA VERDAD Y JUSTICIA (EX ESMA), FEDERICO LORENZ, publicó un libro titulado “Cenizas que te rodearon al caer. Vidas y muertes de Ana María González, la montonera que mató al jefe de la Policía Federal”, donde cuenta la historia de ANA MARÍA GONZÁLEZ, la mujer que asesinó al General Cesáreo Cardozo, Jefe de la Policía Federal Argentina. Alias “Lucía”, era el nombre de guerra de la joven de 20 años integrante de Montoneros quien, aprovechando la amistad que tenía con “Chela”, hija del General Cardozo, colocó una bomba debajo de la cama del militar; al explotar terminó con la vida del Jefe de la PFA e hirió a su esposa y a su hija.

“Bonita, alegre, brillante, buena mina, impecable, solidaria, simpática, descollante por su lindura, comprometida, chica preciosa, seductora y virginal, heroína de la organización, frágil, hermosa e integrante, huérfana emocional, niña bonita, audaz, hermosa, voz dulce, sonriente, chuiquita” son algunas de las formas que el autor usa o cita constantemente para llamar a “Anita”, en contrapartida con el “general represor de la dictadura”. El trabajo de F. Lorenz es un claro ejemplo de la cuidadosa selección y utilización del lenguaje. Quien usó la relación de confianza con la familia para matar es, durante todo el relato, “Anita”; en contrapartida, Cesáreo Cardozo es “el general golpista”. No dice F. Lorenz que fue justamente el General C. Cardozo el que intentó, durante el poco tiempo que estuvo a cargo de la PFA, moralizar la lucha contra la subversión, encargándole la tarea al Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín. De esta forma, el asesinato del General C. Cardozo constituyó -en una simplificación manipuladora y tendenciosa digna de la mejor propaganda- la “voladura de un general golpista”.

Pero la selección del lenguaje no queda ahí. Afirma que “la democracia vigente se fundó mediante el arrasamiento a sangre y fuego no sólo de las organizaciones armadas sino de las conquistas populares”. Para el historiador, que debe velar por la memoria, la verdad y la justicia, organizaciones como el ERP y Montoneros luchaban por la democracia, olvidando los miles de documentos en los que afirmaban que el propósito de la guerra que le declararon al Estado y al pueblo argentino era el establecimiento de una dictadura marxista. Pero hay más; cuestiona el uso del término “terroristas” para referirse a los integrantes de los grupos subversivos que llevaron a la Argentina al borde de la desintegración, por eso afirma: “Resulta difícil, históricamente, caracterizar los atentados montoneros como actos terroristas”. El uso de la palabra terroristas es producto de “la herencia de la estigmatización de la política durante la dictadura militar que se ensaña con las distintas formas de militancia de izquierda”. Se equivoca o hace uso del olvido en forma intencional al afirmar que Montoneros cesó la guerra contra el gobierno al llegar Perón a su tercera presidencia y la reinició como consecuencia del accionar de la Triple A. Montoneros nunca interrumpió, desde su fundación en 1970, la violencia para tomar el poder y fue el propio Perón y su sucesora los que ordenaron “aniquilar a la subversión”.

Museo Malvinas: el elefante blanco de la memoria

La apelación a la victimización es otro de los recursos usados. De esta forma, “Anita”, que era “solidaria, hermosa y frágil”, por cuestiones de sensibilidad social militaba en una Unidad Básica de Combate de San Isidro. Entonces, por las mismas razones, después de la “voladura del general golpista”, la familia de “Anita” y sus compañeros sufrieron la persecución de las “fuerzas represivas” (otra expresión simplista que niega u oculta no solo el objetivo primario de tales fuerzas sino el significado de la palabra “represión” para instaurarla solapadamente en un marco de malicia caprichosa militar), y ella debió dejar a sus amigos, a su novio y personas cercanas, aislándose. Por eso, “tuvo que cortar sus vínculos no solamente con su familia, sino con los espacios de militancia en los que había crecido y se había hecho amigos y parejas; en síntesis, el mundo en el que había armado su vida”. Así como, perpetrado el asesinato, la victimaria es transformada en víctima, y los condenables secuestros de sus compañeros y amigos ocurren durante “días e inviernos fríos y lluviosos” en medio de una “ciudad hostil y peligrosa” dominada por el “miedo”, del cual, como es lógico, las organizaciones como Montoneros no tenían responsabilidad alguna. Para crear una atmósfera nostálgica, lúgubre y trágica para victimizar a “Anita” no faltan las citas poéticas y literarias al comenzar los capítulos. Para el ojo NO atento, los intentos por recrear el ambiente y la historia de “Anita” consiguen dejar una sensación de simpatía por el personaje que, en definitiva, para el autor fue víctima de las circunstancias.

Ana María González murió a causa de las heridas que sufrió en un enfrentamiento con efectivos del Ejército Argentino que realizaban un control en San Justo. El auto en el que viajaba junto a su novio, también montonero, al llegar a una “pinza” abrió fuego contra los integrantes de la patrulla, matando al Soldado Guillermo Dimitri. Los Soldados respondieron el ataque y “Anita”, herida, fue trasladada a una casa operativa y murió al no ser llevada al hospital por temor a ser capturada, entonces, para la interpretación de F. Lorenz, “el dispositivo estatal terrorista hizo que no pudiera acudir a un hospital”. El cadáver fue incinerado por los montoneros para evitar que cayera en manos de las Fuerzas de Seguridad, por eso el capítulo comienza con los versos de Juan Gelman, también montonero: “En realidad quería hablar de las cenizas que te rodearon al caer/ Quería hablar de las toneladas de olvido depositados sobre tu corazón”. Queda nuevamente la impresión de querer convencernos de que quien fuera victimaria fue en realidad una víctima, como una especie de garantismo llevado al pasado en el que el que asesina fríamente es, en realidad, producto de una sociedad injusta que la obliga a actuar de una manera determinada.

Tras los pasos de Enrique Stel

Todo aspecto de las Fuerzas Armadas y de Seguridad es rechazado, pero está prácticamente ausente la crítica al accionar de los grupos terroristas, de los llamados “militantes” que se convierten entonces en objeto de la “represión estatal”. Volvemos nuevamente al relato de los “jóvenes idealistas” y “luchadores sociales” que campeó durante el kirchnerismo aunque, en este caso, con un lenguaje algo más cuidado, refinado y sutil.

Después de todos estos razonamientos, el autor explica el propósito del libro que no es otro que “montar guardia para evitar que cada tanto aparezcan negadores y relativistas. Por eso, este libro busca la condena, mediante la evidencia, de las fuerzas que Ana María González enfrentó: la racionalidad y el salvajismo desplegados en el marco de un plan sistemático que tuvo por objetivo reestructurar social y económicamente nuestro país. Uno de quienes lo pergeñaron fue el general que Anita mató”. A las claras que de esta afirmación queda explicado porque “Anita” fue una víctima de la persecución de las “fuerzas represivas” y parece quedar justificada la “voladura del general golpista”, como también el “ajusticiamiento”, para suavizar las palabras y el crimen del General Pedro Eugenio Aramburu. La historia y el relato de las organizaciones armadas tienen, entonces, en F. Lorenz a un celoso guardián que “velará para que no aparezcan negadores y relativistas…” .

Estas selecciones cuidadosas del lenguaje y apelaciones constantes a la victimización se trasladan, como lo hemos podido comprobar personalmente, al MUSEO MALVINAS donde todo aire a lo castrense es denostado. El Capitán de Fragata Pedro Giachino fue un “represor”, se equipara la gesta y causa nacional de Malvinas al Proceso y los actos heroicos durante la guerra se reducen solamente a los protagonizados Soldados que pudieron realizarlos a pesar de ser, primero, estaqueados y, luego, abandonados en combate por sus Oficiales. Esto también explica por qué la mayor parte de esta estructura que costó millones de pesos y que está casi vacía de elementos, a tal punto de ser un verdadero “Elefante Blanco de la Memoria”, como acertadamente la denominó Silvina Batallanez, dedica la mayor parte del tiempo de las guías y el escaso material exhibido a las Madres de Plaza de Mayo y la cuestión de las violaciones a los DD.HH., las referencias al Proceso y no a explicar el fundamento de los derechos argentinos, la historia de Malvinas o los innumerables actos de heroísmo que ocurrieron durante la guerra. Se tiene la sensación, al participar de las visitas guiadas, que los encargados se esfuerzan por mostrar lo negativo, como si lo invitaran a una casa de un familiar y el anfitrión exhibiera con orgullo el tacho de basura en lugar de sus mejores galas. De más está decir que de esta forma el Museo es completamente funcional a los usurpadores al contribuir a la desmalvinización siguiendo la tónica del CECIM (dirigido por Edgardo Esteban, autor de “Iluminados por el Fuego”, y por Ernesto Alonso, muy criticados por sus ex compañeros por sus actitudes durante el conflicto). No nos extraña entonces que la gesta de Malvinas sea utilizada como ariete para seguir menoscabando la imagen de las Fuerzas Armadas, tratando de unir Malvinas al Proceso.

Desde la cárcel, Nani denuncia la imposibilidad de acceder a una defensa jurídica

La causa de Malvinas, en la que la guerra de 1982 es una parte de su historia, es mucho más que el Proceso de Reorganización Nacional que con sus acciones injustificables rechazamos. Ponerlos a la par, intentar rebajar a sus protagonistas, negar u ocultar los actos de heroísmo protagonizados por Oficiales y Suboficiales, encarcelar a personajes emblemáticos sin fundamento alguno – los casos más notorios son los de los Coroneles Horacio Losito, Enrique  Stel y el Teniente Coronel Emilio Nani, por solo nombrar algunos – a quienes se batieron contra el invasor es parte de la estrategia británica encarnada por el CELS y Amnesty Internacional, entre otras organizaciones con financiamiento inglés, para evitar el resurgimiento de las Fuerzas Armadas Argentinas y más aún de la proyección de la Defensa Nacional, pero también de cosas muy profundas: el amor y orgullo por la Patria, su Historia, el sentido del deber, la entrega y el sacrificio por el amigo y por el camarada, valores y hechos sobre los cuales la Argentina se construyó y se hizo grande. Y esto es lo que el director del Museo Malvinas, los integrantes del CECIM, cuyas máximas autoridades no se distinguieron justamente por sus actos de coraje sino todo lo contrario, no parecen comprender. Con sus acciones son mucho más eficaces para la destrucción de los valores nacionales (pero elementalmente humanos de dignidad, verdad y justicia) que la Task Force. La izquierda local, que tanto pregona contra el imperialismo, sigue siendo funcional a la potencia que ocupa una parte de nuestro territorio y se proyecta peligrosamente sobre la Patagonia y la Antártida. El Museo Malvinas, su director, su relato encarnado en “Anita” y los británicos imperialistas se fusionan de esta forma en una herramienta para seguir consolidando la usurpación (que va mucho más allá de un “pedazo de tierra”) ya no con las armas sino a través de la tergiversación de la Historia y la manipulación del lenguaje.

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