Feroz represalia contra una hija “recuperada” por no aceptar indemnizaciones y cargos...

Feroz represalia contra una hija “recuperada” por no aceptar indemnizaciones y cargos políticos

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A Bárbara María de Guadalupe Ricchiuti le extrajeron sangre por la fuerza para emparentarla a una familia de desaparecidos. Sus dos padres, ancianos ya, están encarcelados ilegalmente en Ezeiza en calidad de Presos Políticos. ENTREVISTA a Elida Hermann, la madre. 


David ReyEscribe: David Rey

La jueza Arroyo Salgado le preguntó a Bárbara María de Guadalupe cuál sería el nuevo nombre con que reiniciaría su vida de hija “recuperada”. Para entonces ya le habían volado el apellido y, tras una noche del infierno, extraído por la fuerza una muestra de sangre. Dinero, mención en los principales medios y hasta cargos políticos le esperaban a Bárbara si dejaba de ser Bárbara.

Pero la mujer, de 39 años y una beba (a la que no la dejaron amamantar la noche en que todo un Tribunal se metió en su casa para ultrajarla), ya tenía bien en claro cuál era su nombre. En efecto, pudo la (in)justicia arrebatarle el apellido, pero ni cerca estuvo de mancillarle el honor: así como sus padres la eligieron a ella la noche que la encontraron abandonada, ella pues decidió elegir a sus padres putativos en medio del abandono judicial al que eran sometidos. No hubo tormenta capaz de nublar lo que ella eligió con su corazón:

<<Yo soy Bárbara… siempre fue mi nombre y siempre lo va a ser>>, le dijo a la jueza.

Fue una decisión valiente, y por lo tanto arriesgada. Y, en consecuencia, trajo represalias: sus dos papás, los que ella eligió, fueron de inmediato puestos en prisión en cárcel común, bajo el cargo de ocultamiento de identidad de una menor. Más allá de las infinitas molestias que le ocasionan apellidarse de otra forma, Bárbara hoy dedica sus fines de semana no justamente a llevar su beba al parque sino a someterse ella misma a los densos sopores del Complejo Penitenciario Federal de Ezeiza, donde tiene encerrados a sus padres en calidad de Presos Políticos: la señora Elida Hermann y el Suboficial Mayor Luis José Ricchiuti.

Ella, la madre, condenada a 8 años de prisión. Él, el padre, condenado a 14. Se los acusa de ocultamiento y retención de una menor de 10 años y por adulteración de documento público. La Justicia pretende que ellos “deberían saber el origen” de Bárbara.

Luis Ricchiuti recientemente ha dado a conocer el fundamento por el cual el juez de la causa, del TOF 5 de San Martín, les ha negado la libertad restringida “en razón de que habíamos fijado lugar de residencia el domicilio de nuestra hija Bárbara María de Guadalupe”. Más allá del mismo consentimiento de Bárbara, el juez ha entendido que lo mismo no hace más que “afianzar los lazos familiares” entre los padres y la hija.

“El afianzamiento de los lazos familiares”, reza el descargo del juez, “como razón para conceder los egresos transitorios queda descartado, ya que en el caso no existe tal vínculo entre el condenado y Bárbara (…). En consecuencia sólo resta analizar [sic] si las salidas pueden ser autorizadas para afianzar los lazos sociales. Y en este aspecto habré de pronunciarme por la negativa, pues más allá del consentimiento prestado por aquélla [Bárbara], hallándose involucrados delitos de lesa humanidad debo velar por los intereses de la sociedad, los cuales priman por sobre los deseos particulares de Bárbara (…). Tolerar en el marco de un proceso judicial que las salidas transitorias (…) se lleven a cabo en el domicilio de la persona apropiada sería un contrasentido”.

Sin título-1Elida Hermann, la madre, hace tres años que está presa, lapso en el cual fue abuela por segunda vez. Pero la mujer no quiere que sus nietas la visiten en “ese lugar” al que no termina de acostumbrarse. Elida padece múltiples dolencias ya sea tanto por la misma edad como por la vida dentro de esas cuatro “paredes grises” donde escasea la ventilación, la luz del sol y donde incluso hay rejas en el cielo. Entre sus enfermedades destacan EPOC severo, asma y secuelas de Mal de Hodgking, además de que en un principio le fue negada la atención hospitalaria correspondiente. “Si querían venganza”, confiesa resignada en exclusiva para DAVIDREY.COM.AR, “aquí me tienen”. Un embargo de dos millones de pesos y la suspensión de los haberes jubilatorios completan, entre varios pesares más, el escarnio al que es sometido este longevo matrimonio de prisioneros.

La señora cometió “el doble pecado” de haberse casado con un militar y de haber educado una hija que, lejos de salir a poner bombas y matar sin corazón (como hacían muchos de los hijos de las señoras que hoy la condenan por “apropiación”), hoy recorre cuanto pasillo exista porque se respeten los derechos de sus padres. Una carta al Papa Francisco figura entre los tantos desesperados pedidos de auxilio que no han sido respondidos. Por otro lado, ni la “nueva” familia le fue concesiva: a Juliana, una supuesta hermana de sangre que le legó todo este trastorno y con quien habría de iniciar una relación afectiva, Bárbara le suplicó que no fuera querellante contra sus padres. Fue la última vez que se vieron.

Hace poco, tras una seria recaída en la salud e infinitas solicitudes, debieron derivar a Elida al Hospital Militar. Fue “gracias” a eso y al tiempo que debió permanecer allí que pudo volver a ver a su nieta y conocer a la recién nacida. “El almanaque pasa para todos”, dice, “y para mí está pasando y estoy encerrada. Eso es lo que me duele, me duele…”. Y agrega: “Mis nietas no saben adonde estoy, porque te aseguro que el último lugar que yo quisiera que ellas pisaran sería éste. Aquí, no las quiero. Yo no me pude adaptar <<jamás>> a este ambiente, al lenguaje…”. 

“Qué te puedo comentar de las cosas cotidianas, si todo es un desastre”, completa. “Mi marido, de estar agregado en Italia, de tener un buen pasar… venir a parar aquí. Lo único que pido, por favor, es poder irme a mi casa…”. 

Queda claro, en toda esta historia, que la vocación de los pretendidos “justicieros de la justicia” está más allá de encarcelar militares o la venganza propiamente dicha. Hay, pues, un objetivo subyacente que explica inmejorablemente los porqués de tanto ensañamiento: sin más vueltas que dar, lo que se busca no es otra cosa que atacar y trastocar nada menos que la secular estructura de la principal institución de la que es deudor el destino de todo un país: la familia. La misma familia que se construye más allá de cuestiones biológicas y precisamente la misma que, tal como lo ilustra la historia aquí descrita, es blanco de infinitas afrentas, golpes, humillaciones, además de que lo mismo es una dolorosa advertencia para todo aquél que pueda hallarse en la misma situación de Bárbara alguna vez.

En fin, la misma justicia (sin mayúscula) que casa homosexuales y permite a los travestis adoptar hijos… es la misma que niega el vínculo existente entre Bárbara y sus padres putativos, y que castiga terriblemente la supervivencia del amor… que, de todos modos, no ha podido doblegar.

Fuentes: “Te cuento la Semana” N° 112; Derecho para todos“.

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