El juego de las lágrimas… en torno a los Héroes de Malvinas

El juego de las lágrimas… en torno a los Héroes de Malvinas

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Escribe: Silvina Batallanez

Hay un dicho que declama: “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”. Lo que a primera vista parece una causa noble puede esconder en realidad senderos espinosos. Para el espectador distraído o indolente ver a una Madre de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco y la imagen de su hijo en el pecho emocionada hasta las lágrimas en suelo malvinense y hablando de pobres chicos y el derecho de las madres de estos a saber donde están enterrados, puede resultar conmovedor. Pero a un observador atento enseguida se le despierta la pregunta (la misma que se hicieron  los kelpers): ¿Qué hace esa mujer ahí/aquí? ¿qué tienen que ver los desaparecidos con la Guerra de Malvinas? Tras ese manto de neblina que a ojos del público en general suena a un justo reclamo de justicia embarcado en un asunto altruista, las verdaderas intenciones (aún cuando fueran sinceras), se mostraron, por lo menos, confusas.

EL JUEGO DE LAS EXPECTATIVAS Y LA FRUSTRACIÓN

A las 21.30 del sábado 18 de marzo arribó en aeroparque un avión procedente de Río Gallegos. A bordo venían quienes antes de esa escala abordaron en Malvinas. Entre ellos, 14 pertenecientes a la Comisión por la Memoria de la provincia de Buenos Aires (CPM), integrada  por el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel; Nora Cortiñas, referente de la Línea Fundadora de las Madres de Plaza de Mayo; Ernesto Alonso, ex combatiente, y el padre Pepe  José María Di Paola. El lema principal de la visita fue: “Identificación de los 123 NN. Memoria, verdad, justicia y soberanía”. Ya es de público conocimiento que cuando los pasajeros comenzaron a salir al hall del aeroparque, a las cámaras de la tv pública que los esperaba, se le sumó una multitud de aproximadamente 200 personas. Ante tan numerosa recepción, Pérez Esquivel sonrió y empezó a saludar seguro de que lo fueron a recibir a él. Y así fue, pero no con la intención de darle la bienvenida ni adular su actuación en las islas. Por lo mismo, grande fue su sorpresa cuando descubrió que se desplegaban carteles con los nombres y rostros de algunos de los 123 “soldados argentinos solo conocidos por Dios” al son de una efusiva afirmación: “No son N.N., tienen nombre y apellido”.

La recepción de aeroparque fue el broche de oro a una estadía isleña en donde todo indicó que el oportunismo obsecuente a la repetición del slogan “Memoria, Verdad y Justicia” no fue precisamente “oportuno”. La desconfianza afilada que tienen los isleños para con los argentinos, esta vez se convirtió en un sexto sentido coherente que percibió las verdaderas intenciones fuera de lugar del grupo del CMP.  Entre todos los visitantes continentales que coincidieron en aquellos días, los únicos mal tratados fueron ellos. Se hizo evidente que la desubicación no solo embargó de molestia a la mayor parte de los familiares de caídos y veteranos de guerra; los kelpers, casi intuitivamente se dieron cuenta que los pañuelos blancos y las fotos de los desaparecidos no tenían nada que hacer en el lugar que ellos (historia aparte) consideran su territorio.

DEMASIADA DICTADURA DEL VICTIMISMO

Todo lo que es “demasiado” oculta alguna carencia. El final de viaje fue el espejo de una aventura signada por un comportamiento donde la escasez, paradójicamente, se presentó en abundancia. Un juego perverso de oscilación frenética signado entre una gran falta de percepción de la realidad y un temerario ventajismo. La primera característica, si la miramos con buenos ojos, podríamos pensarla apelando a que una buena intención, a veces, no tiene en cuenta ciertos detalles sensibles. Sin embargo, esa “aparente” intencionalidad bondadosa no parece casual cuando la época de la visita coincide con el cuestionamiento sobre la veracidad de las organizaciones de DD.HH. y, por el otro, en vísperas del  aniversario de los 35 años de la guerra en el Atlántico Sur. Digamos que tanta coincidencia se convierte en mucha casualidad.

La percepción del yo ajeno es el primer acto básico de amor en cualquier ser humano; implica reconocer que hay un otro, y que por eso tiene necesidades y deseos que no siempre coinciden con los propios. Pero, como todos sabemos, existe la arrogancia, esa falencia de carácter que pregona una jactancia altisonante en aquellos que creen que la historia de un pueblo les pertenece y por tal se atribuyen los derechos a decidir y hacer por los demás sin necesidad de preguntar a nadie y en nombre de todos (y todas, sic). Esta especie de síndrome mesiánico al que nos tienen acostumbrados ciertos sectores que promulgan derechos e igualdades al entablar una vanguardia de acciones que nadie les pide es ni más ni menos que una agresión.

Y lo es por simple omisión acerca de todos los aspectos que hacen al tema Malvinas. Viniendo tal acción de personas grandes y con reconocida trayectoria en el ámbito social más vulnerable, la falta de tacto para lanzarse sobre un tema tan delicado es, sin más, una intrusión avasallante. Porque sencillamente 35 años de historia de un dolor inconmensurable no pueden pasar desapercibidos para quienes fundan su razón de ser en los derechos humanos y la paz.

No obstante, el Nobel de la Paz parece estar lejos de trabajar por la paz en el sentido más estricto de la palabra. Porque la paz carece de confusión y diatriba, elementos lingüísticos que utilizó luego del escrache para volver a ubicarse tras su imagen de anciano bondadoso víctima de un “atropello”.

“Creo que son posiciones distintas porque la mayoría de los familiares sí dieron su consentimiento y su ADN para la identificación de los soldados caídos en Malvinas. Ahora hay un grupo que no quiere saber nada. ¿Qué es lo que explica el nivel de beligerancia? Por ahí el dolor de los hechos horrorosos con muertos en el medio hace que la gente no reaccione de manera racional. Lo que vi es un alto grado de agresividad, de insultos, como si nosotros fuéramos el enemigo, cuando nosotros fuimos a honrar a los caídos”, expresó en una entrevista radial el representante de la Comisión provincial. Esta apelación a la semántica de la víctima desprevenida es lo más parecido a un caso digno de ateneo para profesionales de la salud mental durante el estudio de las diferentes expresiones de psicopatía. Habla de “mayoría” eludiendo a través de una palabra de resonancia grandilocuente lo más importante: el consentimiento de todos, o al menos la participación de todos, habida cuenta de que el proceso de identificación de los restos ha comenzado sin que se haya terminado de entrevistar a todos los familiares de los soldados, además de la turbiedad con que se encararon las visitas a las familias. Y desliza, como si nada, con absoluta impunidad profética que la supuesta agresividad y beligerancia responde al dolor. No solo estigmatiza a los familiares de los muertos que dijo que fue a honrar, sino que subestima el sufrimiento en una ecuación de permisiva malicia y absoluta ignorancia sobre todo el proceso que implicó la construcción del cementerio de Darwin así como el duelo que lo acompañó. La comprensión de los deudos sobre lo que significa morir en una guerra convencional y el concepto de heroísmo que sostiene la memoria de los caídos a Esquivel y compañía les resulta insustancial. Tanto es así, que en un dejo de delirio patriótico a la borrada con el codo de la palabra héroe para imprimirle “víctima”, propusieron la exageración del doble heroísmo, lo cual implica (por supuesto) una insistencia sobre la idea de enmarcar a la guerra del 82 como un capítulo que atañe solo a las ambiciones del gobierno militar y no a los deseos de la población argentina.

“Por ahí el nombre puede ser otro y no NN si es ese el punto”, ensayó un padre Pepe perdido en el tema como si se tratara de una cuestión de retórica superficial. “Y remarcamos siempre esto: estos muchachos son héroes y dijimos doblemente héroes porque en una dictadura genocida donde hubo tantos muertos, dieron su vida por una causa mayor en medio de una dictadura genocida. Para nosotros son doblemente héroes”. O sea, de la doble N que significa en castellano “no es nadie” saltamos bipolarmente al concepto de doble héroe, porque lo más importante sería que fueron víctimas de la dictadura de entonces. La usurpación inglesa y la defensa de esto, quedaría como una anécdota o una simple excusa para que se iniciara el juego de los déspotas.

EL JUEGO LIMPIO DE LA VICTIMIZACIÓN

Quienes tratamos a diario con niños tenemos muy presente cómo algunos sucesos señalan dónde es necesario trabajar para enseñarles a no mentir, a no eludir responsabilidades, a no buscar excusas o utilizar determinados acontecimientos y comparaciones para evitar hacerse responsables de lo que ellos mismos provocan. Porque no se trata de culpar ni condenar sino de ser protagonista, responsable.

Y lo que sucedió en los día posteriores a la recepción en aeroparque fue lo que suele hacer el pibe caprichoso y agresor;  la puesta en marcha de una reactiva defensa que pretende eludir todo tipo de compromiso sobre la actuación de los días previos en las islas. Lejos de intentar un acercamiento a los familiares que le reclamaron a Esquivel y cía. que sus muertos no son N.N., que no intervinieran donde nadie los llamó y en un tema que en 35 años esquivaron por completo, se dedicaron a difundir con más fuerza lo que empezaron con su viaje. El victimismo desplegó todas sus alas; se comportaron como niños que molestan a otros y cuando les dicen “basta” o les devuelven un golpe en legítima defensa se van chillando acusando que fueron objetos de un ataque injusto. A través de comunicados de prensa, notas en diarios, entrevistas radiales y televisivas, “ellos” se instalaron como las víctimas de una agresión injustificable y desmedida. A ese tirar la piedra y esconder la mano ciertos comunicadores complacientes con lo políticamente correcto (estamos hablando nada más y nada menos que un Premio Nobel de la Paz, una Madre de Plaza de Mayo, un famoso excombatiente y el sacerdote de los pobres y desprotegidos) le dieron espacio, no para dialogar o cruzar miradas con los familiares y veteranos que los recibieron en aeroparque sino para que expongan su congoja por lo que consideraron y acusan como un atropello.

La conversión de roles se hizo evidente: los victimarios se convirtieron en víctimas y viceversa. El negocio redundante de la “víctima” vuelve al ruedo. En el programa “Juego Limpio”, el periodista Nelson Castro empezó su entrevista al Padre Pepe con una aglomeración de lugares comunes que avaló el confuso discurso del sacerdote dejando en evidencia el poco conocimiento que tenía sobre la profunda y larga historia en torno a Malvinas después de la guerra: “¿Le sorprendió el escrache al que fue sometido Pérez Esquivel (creo que usted se salvó) por parte de familiares de los soldados de las víctimas de Malvinas?”.

“Sometido” y “se salvó” no son parte de una pregunta objetiva sino la expresión tácita de una confirmación: una agresión sufrida por el Nobel argentino de la que el sacerdote habría salido ileso. En una misma pregunta afirmativa, los soldados fueron desvalorizados rotundamente al lugar de pobres chicos impotentes y carentes de libertad. La enunciación “víctimas” aseveró la idea que propician los organismos de DD.HH. en la cual los soldados fueron títeres de la dictadura militar, lo que indicaría que la guerra de Malvinas fue otro escenario de la represión, tortura y desaparición de jóvenes argentinos y no una Gesta por la defensa de nuestro territorio.

En el programa de radio “¿Y ahora quién podrá ayudarnos?”, el periodista Ernesto Tenembaum inicia la entrevista a Pérez Esquivel con esa particular astucia lingüística basada en la relativización y desenfoque de cualquier tema, como cuando dijo que el consumo de pornografía infantil “es una fantasía espantosa, pero el tipo (el que consume) no cometió ningún delito; no le hizo mal a nadie”. Así alegó que en aeroparque vio unas cincuenta personas (había más de 100). Pero lo peor fue la tonalidad burlesca con la que arremetió: “era gente que me da la impresión que era de un sector de los excombatientes más vinculados a una visión bastante patriotera o nacionalista en el sentido más elemental de lo que fue la guerra de Malvinas, a tal punto que en algún momento decían: nuestros hijos no fueron víctimas de ninguna dictadura sino de los ingleses. Ese era uno de los contenidos del reproche”. Todo el párrafo es una magnífica muestra de la desestimación a la que fue bajado el reclamo genuino de los familiares directos (madres, padres, esposas, hermanos e hijos) de quienes dejaron su vida en Malvinas. “Patriotas” lanzado en un “patrioterismo” es un inteligente enlace de incriminación que remite a un acto de patotas.  De hecho, más adelante mencionó “patoteros” a los veteranos que le dijeron a Alonso lo que ellos conocen muy bien: que fue un cobarde y que ahora, con esto de jugar con los camaradas muertos, un traidor. Habla de “un sector” porque no sabe o no quiere saber que el único que pertenece a “un sector” de excombatientes era uno de los miembros de la comitiva en representación del CECIM -centro de veteranos excluido del resto de las organizaciones  en las que se convoca la mayoría de los hombres que estuvieron en la guerra-, por su afición a la mentira, la caracterización indigna del veterano como un pobre chico y la insistencia en generar y mantener una grieta insalvable entre soldados y oficiales. Como si fuera poco, tergiversa el sentido del reclamo en donde toda persona en su sano cabal sabe que los soldados muertos en Malvinas perecieron en el combate contra el inglés, o sea, ni siquiera fueron víctimas de los ingleses sino “el hombre que cayó en el combate enfrentando al enemigo, junto al enemigo, con el enemigo”, tanto que en muchos casos mirándolo a los ojos con toda la dignidad que eso conlleva.

TODOS LOS GATOS EN UNA MISMA BOLSA

“Pensé en los chicos caídos acá, en los padres de esos chicos. Pensé en muchos como nuestros hijos y nuestras hijas tratados por estos militares genocidas argentinos. También fueron arrojados al mar, al río en tumbas desconocidas. Y también esos padres, esas madres no saben cuáles son las tumbas de sus hijos”, había dicho Nora Cortiñas en la puerta de una iglesia isleña entre lágrimas y vestida con su uniforme de Madre de Plaza de Mayo: el pañuelo blanco y la foto de su hijo colgada al pecho. Si uno no cediera al filtro del respeto, caeríamos en la tentación de señalar de manera vulgar a esta señora. Sin embargo, no se puede dejar de decir que es dueña de un “poco o nulo conocimiento sobre el tema” o “una irreverente oportunista busca pantalla”. Porque sin más, apoyada en el manto de impunidad que ejerce su pañuelo blanco, en nombre de la memoria de su propio hijo ultrajó la de los caídos en Malvinas quitándoles así el supremo valor de sus existencias: haber sacrificado activamente sus vidas en defensa de la libertad y dignidad de su pueblo para convertirlos en sujetos pasivos de tortura, muerte y desaparición por la ambición caprichosa de un puñado de generales. De repente, desde un asolador simplismo de la historia sobre aquella época, la señora Cortiñas nos anoticia de que los muchachos de Malvinas fueron arrojados al mar. Un error en el habla lo comente cualquiera, pero alguien que habla en Malvinas sobre Malvinas no puede decir a la ligera tremenda barbaridad, sobre todo cuando lo que hubo en el 82 fue un impresionante “arrojo” embebido de coraje como el de los pilotos que asombraron al mundo con sus proezas, muchos de ellos que “cayeron” peleando (no tirados) en el mar. La combinación de palabras en un asunto tan crucial es un acto de irresponsabilidad cuando se mezcla los hijos desaparecidos con los combatientes muertos en Malvinas. La supuesta comunión en dolor de una madre (Plaza de Mayo) con las madres de los soldados de Malvinas a las que nunca se acercaron, no es solo una falta grave de respeto sino un acto de irresponsabilidad pública para con la historia y la población argentina entera. Solo se vuelve de semejante blasfemia pidiendo disculpas de manera pública.

Las sonrisas del coraje (Muro de Facebook de Silvina Batallanez).

NOSOTROS Y TODO EN NOMBRE DE NOSOTROS

“Nosotros seguimos diciendo No en nuestro nombre esta guerra. Esta guerra no querida que llevó a a estas muertes a estos jóvenes que no se imaginaron nunca quedar acá, en esta tierra (…). Que no nos olvidamos y que seguimos exigiendo que se abran los archivos y saber las madres de los soldados muertos, acá de los conscriptos, saber cómo fueron muertos y dónde están sus muertos”, dijo, sin un atisbo de vergüenza la emblemática luchadora de los DD.HH. La soberbia explícita es tal que se arroga el derecho de atribuirse un conflicto bélico a “su” nombre, al de “ellas”, las Madres de Plaza de Mayo. La puerilidad separatista entre soldados y oficiales también se hizo presente al hablar de “las madres de los conscriptos”, como si hubieran sido los únicos que murieron y entre los restos sin identificar no hubieran militares de carrera o, tal vez, en el odio acérrimo hacia los militares supongan (o decreten) deliberadamente que tales hombres no tendrían ni derecho a tener una madre. La senilidad del rencor apabulla.

En este sentido, el CECIM al que pertenece Alonso resaltó en un comunicado: “La legitimidad por la identidad de los caídos en Malvinas es una larga lucha que desde nuestro centro encaramos convencidos que nos asiste el derecho a la verdad; los caídos no identificados fueron con nombre, apellido y eran ciudadanos argentinos con dni, por eso es que con nombre los queremos… la prédica en las lápidas de “soldado sólo conocido por dios” constituye solo una prédica de carácter religiosa, así como a muchos satisface a otros entre los que nos encontramos porque queremos que sus tumbas sean realmente nominadas donde cada deudo tenga la certeza de que el cuerpo del caído está ahí, le puedan poner una flor, y manifestar su dolor… Nos preocupa que se pretenda confundir, prejuzgar sin conocimiento, que se omita deliberadamente sobre la existencia de un acuerdo entre estados sobre la identidad de las personas en el marco del derecho…” (sic). Es decir, todo gira alrededor de ellos; tan grande es la soberbia que acusan de “prejuzgar sin conocimiento” a La Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur que se ocupa desde siempre de los muertos en la guerra al punto de que son ellos los únicos reconocidos y autorizados tanto por el gobierno isleño y las autoridades de Gran Bretaña sobre todo lo que acontece al tema. La rapiña de carancho en nombre de la Memoria, la Verdad, la Justicia y ahora la Soberanía se parece demasiado a ese perverso juego de amor, jóvenes idealistas, soldados rehenes, mentiras y muerte que supo mostrar la exitosa película “El juego de la lágrimas”.

Mientras tanto, los soldados que fueron torturados (porque es cierto que los vejámenes existieron aunque están lejos de haber sido parte de la generalidad como se intenta mostrar desde que terminó la guerra) se sienten orgullosos de haber participado de la gesta, incluso a pesar de haber tenido la desgracia de quedar bajo el mando de un pésimo jefe, que los hubo, aunque fueron los menos.

Victor Hugo Cañoli, uno de los tantos soldados poetas que nos legó la guerra del 82, es uno de los que sufrió la tortura de un desquiciado. Ejemplo de hombría, amor por su país y resiliencia frente al dolor, dice al respecto: “Fui a Malvinas por convicción. Quería ir. Teniendo todo para no ir, hice todo para ir. De allí también aquella indignación por la desgracia que me tocara en suerte: un pervertido (con varios, por que era eso: un demente). Habiendo tomado las decisiones que tomé, habiendo actuado como lo hice con tal amor y convicción, me hubiese gustado tener suerte y estar a cargo de un militar que honrara su investidura y liderazgo. Mucho padecí allá y acá. Dios sabe. Un verdadero ###! que deshonró al Ejército del cual orgulloso formé parte; un honor. ¿Puedo juzgar a la masa por este individuo? No. La dictadura es otro tema. Yo serví a mi Patria, mi pueblo, mi gente, mi tierra según los designios de Dios… Se puede decir que caí en manos de una lacra y desde ese lugar puedo expresar que fui su víctima. Quiso destruirme y no pudo. Pudo haber arruinado la vida. Pero Dios me llevó a una posición superior a la que tenía (soy mas que vencedor), soy aún más completo y mejor que aquel joven soldado de 20 años. Puedo andar libremente y en paz. No soy víctima de la dictadura aunque ella actuó con inoperancia, desidia y sobrada improvisación; eso ya lo sabemos. Pero ella fue víctima de sí misma”.

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