La estrella del soldado

La estrella del soldado

Compartir


Escribe: Silvina Batallanez

“Cuando cae la tarde y se pone el sol
Todas las montañas cambian de color.
Una estrella solitaria brilla para mí…

… Su luz frente a mí aleja el temor
Cuando miro su luz me siento ya mayor”.

El verdadero amor no tiene tiempo ni espacio, ni siquiera depende de la presencia física y, quizás por eso, ciertas ausencias son tan dolorosas mientras estamos en este mundo material tangible y visible. Ese tipo de amor que atraviesa todas las fronteras de la existencia universal, incluida la muerte, en muchos casos se da entre hermanos; es un lazo invisible y poderoso que es imposible explicarlo con palabras; simplemente se siente. Un ejemplo de ese amor es el de María Fernanda Araujo con su hermano mayor el soldado Elbio Eduardo Araujo, quien muriera en 1982 durante la guerra de Malvinas cuando ella era una niña.

Hace pocas semanas, diez familias fueron informadas por la Secretaría de Derechos Humanos sobre los resultados de las identificaciones de tumbas en el Cementerio de Darwin, entre ellas, María Fernanda, actual titular de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Además de la identificación de los restos mortales de su hermano, recibió pertenencias como una estampita religiosa, textos de una Biblia y su licencia de conducir.

“Es una noticia de gran alegría. Hoy tengo más cerca a mi hermano… tengo la sensación de estar corriendo… Me sale de adentro la nena de nueve años que lo dejó de ver en 1982 porque yo hacía eso: corría a sus brazos y él me abrazaba”, dijo Mafe (como la llaman sus conocidos) a la prensa regada en lágrimas en la puerta del Archivo Nacional de la Memoria, en el predio de la ex Esma.

Es que Eduardo no solo era más grande que ella, era GRANDE para su vida; era la luz de sus ojos, su guía y su maestro. Su existencia representaba al Hombre protector, amoroso y generoso que todo lo puede sin importar las tormentas y oscuridades de la vida. Era el soldado guardián de sus sueños, esperanzas y deseos de conocer la vida que iba amaneciendo en esa pequeña inquieta llena de rulitos.

Pero un día se fue a defender su Patria (la palabra remite al significado: la casa de nuestros padres) y ya no volvió. No regresaron los brazos para los abrazos, las manos para las caricias y los juegos, los ojos para hablar de las alegrías y las tristezas sin necesidad de palabras, y tampoco los labios para besar y decir cosas lindas, para retarla ante alguna travesura, aconsejarla y cantarle. Sin embargo, ella nunca dejó de sentirlo, de percibirlo en las cosas bellas de la vida como cuando aparece una mariposa, ese animalito frágil y lleno de color de quien las culturas más antiguas del mundo coinciden en expresar que son mensajeros de seres queridos que habitan el mundo invisible a nuestros ojos humanos y que en cada aleteo nos traen un regalo a nuestra alma.

Y siempre aparece Eduardo, de alguna u otra manera; quizás en la fortaleza que a ella y a su madre las caracterizan. Tal vez en las elecciones y rumbos que decidió tomar en su vida como tener dos maravillosos hijos que la acompañan en todo. Y, seguramente, en la inspiración que la empuja a ayudar a otros. Esa “ausencia” a lo largo de los años se ha transformado en una “presencia” que la llevó a rodearse de mucha gente que la admira, abraza y agradece.

En este hilo conductor de personas que de una u otra manera colaboran con ella y su familia en la manutención de la llama encendida de todos los hombres jóvenes que, como el soldado Araujo, entregaron su vida por lo que creían justo, hace unos días recibió una conmovedora carta de quien fuera el encargado de buscar y darles sepultura a quienes quedaron en los campos de batalla tras la finalización de la guerra: Geoffrey Cardozo, un excapitán británico durante el conflicto bélico entre Argentina y el Reino Unido.

Estimada María Fernanda,

Desde el momento que supe que Eduardo había sido localizado en el cementerio de Darwin, he querido escribirle; nada más que unas pocas palabras de mí, como simple soldado y ser humano, a usted, su hermana amorosa.

Quería contactarle personalmente porque este mensaje viene de mi corazón y está dirigido a su corazón; un gran corazón que, aunque pesado en este momento, espero, pueda encontrar un pequeño lugar para guardar mis palabras para siempre.

Intento, con dificultad, imaginar cómo debe ser haber perdido a un hermano. Yo tengo una hermana a la que amo profundamente, más de lo que las palabras pueden transmitir; mi mundo se destrozaría si la perdiera. Por lo tanto, ponerme en su posición no es demasiado difícil. Hice exactamente eso hace muchos años cuando estaba parado al lado de Eduardo en las laderas occidentales azotadas por el viento del Monte Longdon en el frío glacial. Estaba solo. Nunca he estado tan solo; tan solitario. Pensé en su madre, porque cada niño tiene una mamá. Pensé en mi madre. No sabía que usted existía, pero pensé que era muy probable que Eduardo, como yo, tuviese hermanos y personas que lo amaran. Lo envolví, lo cubrí para que no sufriera daños y llamé a un capellán y un gaitero para que se unieran a nosotros – su hermano y yo. El gaitero tocó un lamento – lento, melancólico – el capellán bendijo Eduardo y yo dije una simple oración en su idioma. Unos meses más tarde volví para recogerlo y lo llevé al cementerio de Darwin y lo dejé descansar en la tumba B.3.16. Yo no sabía quién era Eduardo, no sabía su nombre, pero lo amaba porque sabía que tenía una mamá, un padre y otras personas que lo amaban. Y, a medida que pasaba el tiempo, y mi propio hijo se convirtió en un joven fuerte y llegó a la edad de 19 años, amaba a Eduardo aún más; él y todos sus amigos.

Usted ha sido una torre de fortaleza para tantos parientes, brindándoles guía, asistencia y amor. Espero tanto que la mayoría de ellos ahora o pronto sabrán dónde se encuentran sus seres queridos.

Vivo con la esperanza de poder algún día conocer a usted, a su madre y a su familia; nada llenaría mi corazón con una alegría tan profunda y tranquila.

Un gran abrazo acompañado del beso el más sincero jamás dado por una persona a otra sin conocerla.

Geoffrey

Compartir