Las mentiras de un montonero “arrepentido”

Las mentiras de un montonero “arrepentido”

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Héctor Leis es autor del libro “Testamento de los años 70”. Si bien su obra puede servirnos para una comprensión integral de nuestra historia reciente, sus últimas declaraciones nos revelan que cierto “vicio setentista” prevalece en sus ideas.


David Rey

Por David Rey

Héctor Ricardo Leis es una voz que necesitaba escucharse, sin duda alguna. Su testimonio arroja un manto de luz al respecto de abstrusas cuestiones del pasado que aún configuran una herida abierta en el alma del sentir nacional. Con setenta años, en silla de ruedas y radicado en Brasil (donde se nacionalizó en 1992), Leis es el autor de un “Testamento de los años 70”, donde se sincera al respecto del significativo accionar de las facciones guerrilleras de entonces. Militante montonero, según ilustra en el mismo libro, se exilió en Brasil en 1976. <<A los sesenta y nueve años me jubilé como profesor en la Universidad Federal de Santa Catarina>>, explica, quien además posee una maestría en ciencias políticas y otra en filosofía [en minúsculas en el original].

Y podríamos creer que se trata de un montonero “arrepentido”, más allá de que él mismo lo niegue porque <<esa figura corresponde a aquél que pretende ventajas personales>> (?). Ya que en diversos artículos – generalmente publicados en el matutino porteño La Nación – Leis dice proponerse “el bien común” y “no creer más en la verdad violenta del pasado”, todo parece indicarnos que su pensamiento no estriba en otra cosa que en lo manifiesto. No obstante, luego de padecer el “infortunio” de leer una columna suya titulada “Los militares tienen que romper el silencio” [La Nación, 02/09/13], motivos de sobra tengo para pensar que detrás de sus sentidas palabras prevalece cierto vicio setentista que no deberíamos dejar pasar por alto.

Qué dice, cómo piensa

En resumen, el autor dice que los militares presos tendrían que hablar, que confesar ya los crímenes que cometieron, pues en definitiva nada les va a devolver la libertad. <<Me resulta inexplicable que personas prácticamente condenadas a morir en la cárcel decidan no hablar en defensa de su dignidad>>, señala, sin explicar a qué se refiere con lo último. Seguidamente, les propone que <<den información sobre el destino de los desaparecidos y de los niños entregados en adopción>>, les reprocha vivir <<imaginariamente en ese Estado militar que colocaron por encima de la Nación… (y que) se criaron en una cultura de orgullo y superioridad que aún persiste>>. También se da lugar para una última chicana: <<No es arriesgado pensar que una minoría de militares debe continuar creyendo que está bien lo que hicieron y que si les fue mal es porque no mataron a todos los que debían>>.

Con argumentos de esta naturaleza, es más probable que nos invadan los marcianos a que Leis consiga “el bien común” que se propone. Lo único que le faltó poner (o que algún editor de La Nación consideró oportuno retirar) es que los militares presos se relamen en su maléfica felicidad y que están todos a la espera de que los venga a buscar un platillo volador.

En qué se equivoca

Sería sumergirnos en una discusión muy exhaustiva abocarnos aquí al tema de “los bebés robados”. Aunque seguramente en su “testamento” Leis explicará muy bien que los guerrilleros no sólo que falseaban su identidad (una de las hijas de Estela de Carlotto, llamada Laura, ostentaba como “nombre de guerra” el de “Rita”, por citar un solo ejemplo) de suerte que cuando, en combate, eran abatidos por los militares, mientras que era imposible identificar al caído, por otro lado tampoco era posible hacerlo con sus hijos (muchas veces utilizados a modo de escudo humano). Cierto es que hubo criaturas halladas en completo desamparo ante la muerte de sus padres, las cuales – ante la ausencia de familiares – de inmediato fueron destinadas a la Casa Cuna para finalmente ser adoptadas por distintas familias.

De aquí que sólo 78 personas figuran hoy como “recuperadas” por la organización Abuelas de Plaza de Mayo de los supuestos 500 bebés “robados” por los militares, aunque sin que haya absolutamente ningún respaldo documental que cerciore el guarismo presumido (2). Por otro lado, 227 niños han sido restituidos por las fuerzas legales a sus respectivas familias o autoridades competentes en los 70, según documenta el investigador marplatense Nicolás Márquez en su libro “La otra parte de la verdad” (3). En su editorial en La Nación, Leis insiste con que la Junta Militar instruyó un “plan sistemático de apropiación de menores”, insinuación que – como vemos – no redunda más que en otro rimbombante disparate setentista. Leis – y toda su camada “idealista” – dicen una cosa; la historia – documentada, fehaciente – nos cuenta otra.

¿Qué está esperando, entonces, el autor de “Testamento de los años 70” que confiesen los militares presos al respecto del fetiche de los bebés “robados”? El montonero presume la idea de un “pacto” o de una “sectarización” entre los soldados presos… ¿No sería más razonable pensar que ninguno quiere incurrir en la farsa de decir que ocurrió algo que sencillamente no ocurrió? En fin… ¿cómo demostraría un soldado que hubo un “plan sistemático de apropiación de menores”? ¿Acaso alguien pudo demostrarlo? Por otro lado… al respecto del destino de los desaparecidos… ¿no le parece a Leis que si alguno de los 1500 militares presos pudiera alivianar su condena (al menos para no morir lleno de moretones como el General Videla) diciendo “están en tal lado”, no lo hubiera ya hecho alguna vez? Si bien hay que reconocerle al nacionalizado brasilero que no subscribe al cada vez más decaído mito de los 30 mil, poco aporte hace a la verdad histórica pretendiendo una respuesta sobre los desaparecidos que nadie la tiene. Interesante sería que se lo pregunte a los “aparecidos” que aún figuran como desaparecidos en el listado de la CONADEP.

¿Y qué hay de la autocrítica montonera?

Leis entiende que “del lado” militar no hay autocrítica, aunque sí la hay del lado guerrillero. Seguramente en Brasil, por ejemplo, no tuvo una gran difusión el libro “Disposición Final”, en que el periodista entrerriano Ceferino Reato desarrolla una extensa entrevista al General Videla; por otra parte, debido a sus setenta años, el montonero poca cintura tendrá en materia de tecnología e internet, por lo cual tampoco habrá accedido a las muy interesantes entrevistas que la revista española Cambio 16 también realizó al ex presidente militar, quien aseguró tener “un peso en el alma” al respecto de los mentados desaparecidos. Como mucha gente más, lo que Leis no ve ni escucha… es lo que no quiere ver ni escuchar.

Al respecto de la “autocrítica” que viene del lado guerrillero… si el mismo Leis dice “no estar arrepentido” de haber sido un criminal, no pretendamos dar con mucha mayor esencia.

En fin, no es de fiarse mucho que digamos la autocrítica montonera toda vez que ninguno de ellos ha sido juzgado y condenado por los crímenes que cometieron tanto durante la democracia como durante el Proceso, sino que – regodeados en la más completa impunidad – muchos de ellos hoy se las tiran de “santitos”, luego de cobrar jugosas sumas de dinero en concepto de haber atacado nuestro Ejército y de haber pretendido implantar una dictadura totalitaria de tinte comunista.

Si bien podría considerarse valioso su “testamento” para una comprensión integral de nuestra historia reciente, es muy cómoda la postura desde la cual el señor Héctor Leis les pide a los militares que hablen. Pareciera no tener en cuenta que aquellos que hoy podrían hablar son los que se salvaron de ser asesinados por la organización terrorista que él integró; pareciera descartar de plano que mucho no hay para decir cuando, en tiempos de paz, han sido juzgados por una corte incompetente en cuestiones de tiempos de guerra; pareciera no darle “bolilla” al hecho de que hayan sido condenados por crímenes que sencillamente no cometieron.

Les pide que hablen… ¡y para qué! Si cada vez que un militar dice algo, al rato absolutamente todos los medios se dedican a deformar cualquier cosa que diga, como asimismo no tarda la Justicia en “encontrarle” una causa pendiente por la cual le suman veinte años más de condena o sencillamente los meten presos (yo mismo me encuentro, con frecuencia, con que muchas personas no aceptan ser mí entrevistadas en función de que “eso” los “complicaría”).

Conclusión

Héctor Leis es una voz que necesitaba escucharse, por supuesto. Su testimonio puede servirnos a los investigadores para llegar más al centro de la cuestión. Pero, además, es una voz que necesitaba escucharse para que sepamos que, en función de lo que dice, son ellos – los montoneros, y no los militares presos – los que todavía viven “en ese Estado imaginario” (la patria socialista) donde aquél que defendió su país es un criminal y aquél que la atacó es un héroe. En fin, es una voz que necesitaba escucharse para que los argentinos tengamos bien presente una cosa: el zorro pierde el pelo, pero no las mañas. (4), (5)

(2) Fuente: Site de Abuelas de Plaza de Mayo

(3) Editorial de Nicolás Márquez en que documenta la información aquí detallada.
(4) Leer artículo de Héctor Leis “Los militares tienen que romper el silencio”.
(5) Ver mi entrevista a Ceferino Reato sobre la confesión de Videla.

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