Lo que yo pude “sacarle” a Ceferino Reato

Lo que yo pude “sacarle” a Ceferino Reato

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“Para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera; cada desaparición puede ser entendida como el enmascaramiento, el disimulo de una muerte”. En rigor, si se buscó enmascarar o disimular la muerte del enemigo es porque se pretendió alejar lo mismo del conocimiento y la complicidad de la ciudadanía.

Llega cierto momento en que es imposible no preguntarse si el periodista Ceferino Reato – como cualquier otro mortal – tiene alma o algo que se le parezca, tal es el desapasionamiento con que sus palabras ilustran la época más difícil de nuestra historia reciente. Autor del libro “Disposición Final – La confesión de Videla sobre los desaparecidos” y eje de una polémica en torno al tema, el también escritor del mentado título “Operación Traviata” se debate en medio de la tormenta con un equilibrio admirable. Sus afirmaciones generan incomodidad y reproches tanto en la izquierda como en la derecha.

     En rigor, el mismo Reato ha tomado por objetivo “sólo informar” al público interesado, lo cual – como él mismo ha dicho – le impide tomar partido por tal o cual bando. Y eso es, no obstante, lo que a muchos “les molesta”. Nada inquieta tanto al sofista como nuestra prescindencia de creer en sofismas. En este sentido, los colegas-militantes de izquierda están enojados con Reato por dos cosas: primero, porque no tienen esperanzas de sumarlo a sus “filas”; segundo, porque tampoco pueden enrolarlo en la derecha. ¡Están desesperados! ¡No hay libreto que encaje!
     Es que en este sentido, Ceferino Reato, ya tiene una posición tomada, y la apunta claramente en su último libro: “El periodista indaga y busca la verdad para comunicarla al público; sabe que siempre será una verdad relativa y que la objetividad no será alcanzada, pero se esfuerza en llegar lo más cerca posible. Milita a favor de su profesión y no a favor de los ideales y los intereses de un político, por loables que puedan ser”.
     “Me remito a lo que dicen los mismos protagonistas”, apunta mi entrevistado, y remata: “en los setenta aquí hubo una guerra. Lo dice Videla y lo dice Firmenich”. A renglón seguido le cierra la puerta, empero, al que vaya a entusiasmarse demasiado con sus palabras: “Que haya habido una guerra, no quiere decir que sean legítimas las violaciones a los derechos humanos”, mientras que por otro lado señala que “indudablemente son peores los crímenes que haya cometido el Estado a los cometidos por la guerrilla”.
     Ceferino Reato se desenvuelve con una literatura más bien semántica y racional antes que retórica, acaso para no opacar con propio colorido el valor testimonial de la gran herramienta de investigación que nos ofrece. Por primera vez – después de tantos años y después de tanta discusión – es el mismo Videla quien nos ofrece “su” relato de los años 70. “Disposición Final”, más allá del espasmo que pueda ocasionar el rigor testimonial, engloba una buena noticia para los argentinos. “Tengo un peso en el alma”, confesaría el ex presidente, toda vez que accedió a entrevistarse con Reato tanto para asumir sus responsabilidades como asimismo para “desresponsabilizar” a la ciudadanía argentina en lo que respecta a la figura del desaparecido, varias veces utilizada por el oficialismo para fijar un sentimiento de culpa en las personas o “clases sociales” que habrían sido complacientes con los métodos de los militares.
     Jorge Videla, aunque sin permitirse la humanización de un lenguaje estrictamente soldadesco, desliga a los argentinos de las medidas adoptadas por la Última Dictadura: “Para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera; cada desaparición puede ser entendida como el enmascaramiento, el disimulo de una muerte”. En rigor, si se buscó enmascarar o disimular la muerte del enemigo es porque se pretendió alejar lo mismo del conocimiento y la complicidad de la ciudadanía.
     ¿Acaso la obra, como suele ocurrir, es susceptible de “humanizar” una figura por todos lados y por todos los medios demonizada en extremo? Ésta puede ser una pregunta que preocupe a los que obtienen rédito de tamaña demonización, ya que el lector con afán investigativo o bien simple curiosidad obtendrá de sus páginas un argumento más que servirá para completar un juicio certero al respecto de los hechos. Casualmente, los mismos que “recelan” del testimonio de Videla son los mismos que hacen “oído sordo” a testimonios como los de Firmenich (en que reconoce que hubo una guerra y que ellos no “eran jóvenes idealistas sino soldados al servicio de una causa”), o como el de los mismos protagonistas de la renombrada Noche de los Lápices, y que convierte en simple mito la literatura que a muchos les llenó los bolsillos. Prescindir del contexto histórico al momento de encarar una discusión sobre los 70 es el recurso inefable de aquellos que se favorecen con el distanciamiento y los rencores entre los argentinos. En definitiva, que hable Videla no va a cambiar lo que haya hecho.
     En otro sentido, muchos han sido los que han reaccionado por el hecho de que se diera “micrófono” al ex General Videla. Efectivamente, tienen razón, toda la razón del mundo. Tienen razón en no haber sido “ellos” quienes lo entrevistaran. ¿Qué trabajo podrían habernos ofrecido? Por otro lado, flaco favor nos hubiera hecho el periodismo argentino de no habernos legado el testimonio del mismísimo Videla, descarnado, sincero, aterrador o como se quiera, pero testimonio al fin. En fin, es mucho menos “grave” ser un periodista que entrevista a un ex dictador preso que ser un periodista ex guerrillero cuyos crímenes nunca han recibido el tratamiento de justicia alguna. Ceferino Reato arroja un as de luz donde otros más bien prefieren el predominio de la oscuridad.
     Incómodo tanto para  “anti-Videlas” como para “videlistas”, rigurosamente documental y por de más de sobrio (al respecto de un tema que encrespa hasta al más desprevenido), “Disposición Final” retoma el hilo de los setenta con la impronta y el prestigio de un exhaustivo trabajo de investigación. Es lícita, por supuesto, la discusión de si debiera haberse entrevistado o no a Videla… pero, en definitiva – para preocupación de algunos –, tarde o temprano alguien lo tenía que hacer. Menos mal que ese alguien es el señor Ceferino Reato.
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