Museo Malvinas: el elefante blanco de la memoria

Museo Malvinas: el elefante blanco de la memoria

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Escribe: Silvina Batallanez

SIN OLVIDO, PARA QUE SE OLVIDE, así debería ser el cartel de entrada al Museo de Malvinas e islas del Atlántico Sur ubicado en el espacio Memoria, Verdad y Justicia (ex Esma). Un sitio ubicado al fondo del predio que, entre otras características de visible ataque (consciente o no) a la soberanía, mantiene desde su inauguración, la enorme bandera mal izada. Para muchos, en esta cultura apática y relativista puede ser un detalle sin importancia. Sin embargo, hay detalles simbólicos que expresan cuestiones relevantes de fondo, como es el caso que describo a continuación.

Al fondo a la izquierda

2 de abril de 2017. Se cumplen 35 años del desembarco y recuperación de las Islas Malvinas. Es por ley día del Veterano de Malvinas. Justo cayó un domingo; en cientos de plazas y establecimientos alrededor del país, la conmemoración de aquel triunfo efímero pero al mismo tiempo eterno e irrenunciable se hizo presente durante casi todo el día luego de de las predecesoras vigilias que, cada año, como los festejos de Navidad y Año Nuevo, reúnen a veteranos, familiares de caídos y argentinos que no olvidan la importancia de la gesta del 82. Tampoco la olvidaron las comunidades latinoamericanas (peruanas, bolivianas y paraguayas), quienes en el cenotafio de la Plaza San Martín de Retiro, en Buenos Aires, se presentaron a hacer una ofrenda floral a nuestros caídos cerca del mediodía.

Y como no podía ser de otra manera, “en el día de Malvinas” empezó a llover. El clima invitaba a refugiarse en casa o un lugar cálido y acogedor. Pero, como era “el día de…” decidí probar suerte con el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Como establecimiento federal y nacional, di por sentado que “algo”, “alguito” tendrían que hacer.  Me dirigí entonces hacia ese “internado” en el fondo del Espacio para la Memoria, la Verdad y la Justicia o la ex ESMA. Lo que decía mi intuición encarnó en una realidad cual globo pinchado. Emblema de un destino anunciado, a pocos pasos de llegar al museo, empieza a llover. El hermoso aroma a tierra mojada se disipa en la tristeza de un predio que exhala terror; pero ya no es el horror que se cuela en el pensamiento por lo que haya sucedido allí durante el gobierno de facto, sino la insistencia de la perpetuación en el dolor, en poner más hielo al frío, en presentar platos grandes y vacíos al hambre y en esa fascinación melancólica por poner y mover el dedo en la llaga como única posibilidad de recordación. Niños de entre 4 y 7 años caminando bajo la lluvia con sus padres absortos, con el ceño fruncido, preguntaban con ojitos llenos de una exasperante angustia de la que eran incapaces de manejar: “¿y los quemaban mucho?”, “debe picar y arder el cigarrillo en el culo”, “me da miedo, mamá, eso de los submarinos”, “estaban despiertos o dormidos cuando caían al río?”, “¿acá venían a estudiar para torturar gente?”. Este es el arquetipo que reina en todo el espacio: memoria de lo malo mirado con un solo ojo; historia de una tragedia nacional que convoca a la amnesia sobre el cómo se gestó tal desdicha; memoria egoísta que genera -cuando no indiferencia- ignorancia inoportuna en las jóvenes generaciones bien intencionadas.

La mezcla del horror. Sus hijos no murieron en Malvinas, pero ellas tienen una sala dedicada.

Unos minutos después de mi desesperada entrada escapando de tanto niño arrojado a escuchar detalles irresponsables para los que su alma infantil aún no está preparada, ingreso al edificio del Museo; veo a una de las empleadas que estaba acomodando los puf en un sector diseñado para actividades con niños. Le pregunto si estaba preparando algo por el 2 de abril. Me responde que no. Insisto: “¿nada de nada? Hoy es 2 de abril”. Me mira como si le estuviera hablando de un tema irrelevante y contesta: “a las 15 hay un taller de revistas de la época de la guerra donde se analizará cómo fueron tratadas las noticias antes, durante y después de la guerra”.  Le agradezco y, al hacer un recorrido por la inmensidad de la planta baja, el vacío espacial me desespera. En una de las paredes frente a la gigantografía de una imagen del paisaje de las Islas encuentro unos trabajos (dibujos y colash) sobre el 24 de marzo hechos por niños. Y me hago la primer pregunta: ¿qué tiene que ver esto con Malvinas? Voy hacia los sanitarios de la planta baja y las mesas con sillas supuestamente destinadas para trabajo con chicos y jóvenes están repletas de “muchachos” del gremio ATE, con sus remeras y banderitas verdes. Me pregunto por segunda vez: ¿Qué tiene que ver esto con Malvinas? Deslizo una ojeada más antes de subir y me sorprende ver el auditorio Orlando Pascua apagado; doy media vuelta, y una pared llena de dibujos y colash con mafaldas que protestan contra los uniformados rodeados de palabras en caligrafía infantil como “represión”, “dictadura militar”, “policía”, “Memoria, verdad y justicia”, “nunca más”  me empujan a la tercer pregunta: ¿Qué tiene que ver esto con Malvinas?

Hago un recorrido por el Museo en mi décima segunda visita (lo conozco casi como si fuera mi casa); encaro a otra joven empleada y me responde con una sonrisa amable: “a las 15 hay un taller de revistas y a las 17 una visita guiada. Si no quiere recorrer dos veces el museo la invito a que visite el maravilloso predio de al lado donde puede ver toda la historia a través de la memoria de nuestro país y después vuelve a la visita guiada”. Entre los 7 empleados aglomerados en la recepción haciendo acto de presencia, como para justificar un sueldo, una de las chicas le dice a otra: “¿Viste? Mirá toda la gente que viene hoy; nunca viene nadie y en estas fechas viene todo el mundo”. Tuve que respirar hondo para no increparla con lo obvio: HOY ES 2 DE ABRIL; es el Museo Nacional de Malvinas e Islas del Atlántico Sur (o sea, el oficial, el del Estado). Trabajás en el edificio más grande y moderno – a nivel de los mejores museos de Europa y EE.UU.-,  y es el más promocionado entre las escuelas y medios de comunicación del país pues depende del Ministerio de Cultura de la Nación. Su construcción tuvo un costo altísimo y su manutención también; tanto este edificio como el resto del predio son mantenidos por los bolsillos de todos (y todas) como gustaba decir en su discurso de “inclusión” a la inauguradora de este Elefante Blanco.

Elefante blanco

Entrada del elefante blanco de los Derechos Humanos​ en nombre de Malvinas.

“Un elefante blanco” es una acertada  descripción – metáfora que describe aquellos edificios que tienen un elevado costo de construcción y un mantenimiento aún mayor en proporción a los beneficios que pueden aportar. En algunos casos describe también a aquellos activos que proporcionan beneficios a unos pero ocasionan problemas y disgustos a otros. El Museo Malvinas Argentinas e islas del Atlántico Sur responde a tal exposición. No se han escatimado recursos para instalaciones audiovisuales de primer nivel. El contenido, en cuanto a los aspectos geográficos así como la flora, fauna y hasta la historia de las Islas desde su descubrimiento hasta los años 70 es -matices más, matices menos que los historiadores sabrán evaluar y discutir- bastante rica y atractiva. Pero, notablemente, cuando se llega al 2 de abril de 1982, el volumen de información disminuye de manera asombrosa. No solo es la cantidad de material alusivo al conflicto, sino la calidad y las formas de mostrar uno de los acontecimientos más relevantes de la historia del país.

Aislar la guerra

Hacer una descripción exhaustiva de cada rincón llevaría varias páginas. Sin embargo hay algunos “rincones” que son buenos representantes de la idea central con que fue concebido este modernísimo y bello edificio gestado por el gobierno kirchnerista e ideólogos del CECIM (asociación de ex combatientes a quien la gran mayoría de veteranos de Malvinas desprecia por sus actitudes ventajistas, especialmente, durante los gobiernos del matrimonio de Santa Cruz).

Y “la idea” es poner a la guerra como un episodio aislado, descontextualizado y deshistorizado en donde prime la interpretación de una fórmula dicotómica muy fácil de aceptar por este país acostumbrado a las separaciones polares: una confrontación entre una democracia (la inglesa) y una dictadura (la argentina). La excusa británica de que gracias a ellos obtuvimos la democracia, o sea, que fueron los salvadores de Argentina, danza tras del velo blanco de los pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo, protagonistas esenciales de este espacio de historia recortada a gusto y piacere.

Tras dos mantos de neblina.

Unos escalones antes de llegar al segundo piso un hombre joven le dice a su esposa y  tres hijos: “Esto es un lugar en contra de los militares, es un museo para las Madres de Plaza de Mayo, no es de Malvinas. ¿Cómo puede ser que no haya nada, que haya tan poco sobre los muchachos y todo lo del 82? Hablo con él y le digo que respire hondo antes de llegar al espacio que replica el cementerio de Darwin.

​Los muchachos… ninguno es veterano. Son sindicalistas.

Negras, así son las cortinas de entrada y salida de uno de los pocos espacios del Museo dedicado a la guerra de 1982; una especie de réplica del cementerio de Darwin. Delante de la gigantografía  del campo santo se exponen las fotos móviles de los 649 argentinos caídos en la contienda. La puesta en escena es impactante y estremecedora; la iluminación tenue resalta los entre 10 y 12 rostros en blanco y negro que aparecen y “desaparecen” en una cadencia que los rota. Como un bálsamo, los colores del paisaje malvinense abrazando el blanco de las cruces inspiran reflexión e invitan al silencio; incluso a gestos de oración. En mi por lo menos docena de visitas durante el 2016 y lo que va de este año, he visto apagar (o silenciar) celulares sin que nadie lo pida, gente (especialmente personas mayores) quitándose gorros, boinas o sombreros. También observé niños que abren sus ojos en señal de asombro, otros que bajan el tono de sus voces agudas a susurros, y hasta algunos que se llevaron instintivamente una manito al pecho o uniendo ambas en señal de plegaria. En ocasiones, aquellos que se inquietan y quieren tocar las rostros móviles como si fueran un dispositivo touch, son blanco del llamado de atención de algún adulto en un gesto de educación más que loable para tiempos donde predominan los relativismos pedagógicos y las malas costumbres.

Sin dudas, el efecto “temático” de replicar el ambiente de un cementerio se cumple, pero tristemente también la inyección de desvalorización de la gesta en la que aquellos hombres dejaron sus vidas.

Los rostros perdidos.

No son desaparecidos pero algo en la imagen nos lleva a ese pensamiento…

La instalación responde a la estética del predio del que es parte el Museo: el espacio Memoria, Verdad y Justicia. Allí los rostros de los militares, soldados conscriptos y civiles que perecieron defendiendo la soberanía, aparecen en sintonía con la presentación recordatoria de las personas desaparecidas durante las últimas dictaduras militares; memorial en el que se incluyen a quienes murieron en enfrentamientos con las fuerzas legales o bajo el fuego de sus propios camaradas (fusilados por “faltas” a la agrupación) o la impericia en el armado de armas explosivas. El  ícono del “desaparecido” que ya es una marca registrada de los DD.HH. “made in Argentina”, genera un  impacto visual implacable. A más de un visitante, con gesto iracundo durante su visita, pregunté ¿por qué el enojo? Esta proyección devastadora priva de todo sentido al máximo sacrificio (dar la  vida) de esos jóvenes hombres; los disminuye al humillante título de “pobres chicos de la guerra”, o peor aún: “víctimas de la represión militar trasladada al escenario austral”.

La hija de la lágrima.

Pero es que la contradicción y confusión parece ser una pauta discursiva sustancial. Por un lado, se arma un inmenso edificio a todo lujo con una obra de arte grandísima que representa el ARA General Belgrano (partido en tres) y al mismo tiempo -de entrada- “el Museo” advierte que no es un museo sobre la guerra “porque Malvinas es mucho más que ese acontecimiento”. Cualquiera con dos dedos de frente entiende que es una obviedad que Malvinas va más allá de la guerra, pero también que la guerra fue el acontecimiento más importante de los últimos 150 años y, por supuesto, el más reciente y con una gran herida abierta.

La inteligente argucia de quitarle importancia al conflicto bélico es una genial excusa para justificar que la escasa mención a uno de los capítulos más trascendentales de la historia argentina se debe a la intención política e ideológica de borrar todo vestigio militar que no responda a la etiqueta de “milico salvaje torturador y desaparecedor”. Así como en todo el predio se borró la historia de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada -por donde pasaron millares de alumnos y profesionales durante décadas- para darle protagonismo solo a la época oscura de finales de los 70, eliminando toda huella de virtudes y logros educativos, la mención a lo marcial se limita a un par de objetos donados por controvertidos ex combatientes como Edgardo Esteban y un uniforme de batalla “casi” nuevo, o sea muy posterior a lo que fue usado en 1982.  En la amplitud de espacio donde cabe perfectamente un avión Pucará, un Dagger, un Mirage, un helicóptero e incluso – por lo menos- la trompa de un Hércules para mostrar la relevancia histórica y heroica de los pilotos que no solo asombraron y emocionaron al enemigo sino al mundo entero, colaborando así en cambios esenciales en el curso de la aviación militar, solo aparece -aunque no menos importante- el avión de Fitzgerald. Al museo que paga sueldos a un equipo de investigación sobre Malvinas se les escapó la oportunidad de aprovechar la valiente iniciativa del piloto civil en la década del 60 para mencionar que esa misma máquina fue volada por uno de los pilotos de combate más conocidos de la guerra de Malvinas: el Comodoro Pablo Carballo, y desde allí atraer las miradas de tantos niños que visitan el lugar y que enloquecen de alegría cuando ven las peripecias que hicieron nuestros hombres en la batalla aérea.

Pero Carballo, como todos los pilotos, era un oficial. La susceptibilidad latente en el predio indica que mencionar a los aviadores militares sería levantar el avispero de que “seguramente” alguno de ellos haya sido parte de los “vuelos de la muerte”. Por eso, hablar de “Hércules”, lejos de hablar del papel positivamente indispensable de estos gigantes durante la contienda, llevaría directamente a personas tiradas al río, y mencionar los enfrentamientos de Georgias implicaría, en esta mirada negativa, traer al “ángel de la muerte” en vez de hablar de Astiz y su comportamiento ligado estrictamente al papel de la Armada ( y los  hermosos relatos de heroísmo y otros valores que empoderan el alma y conciencia juvenil) en las batallas de las islas del Atlántico Sur.

Vilipendian a “todos” los militares transmitiendo así la idea de que son un elemento social grotesco y malvado; el mensaje pedagógico indica que los militares de carrera son genocidas y los conscriptos esclavos arrojados al averno del capricho de los primeros. En este marco, la Guerra de Malvinas sería un terreno más de “represión, tortura y desaparición” y no un ámbito donde uniformados de carrera, uniformados por el servicio militar obligatorio y voluntarios vivieron -en medio de la miseria bélica- algunos de los episodios más loables de valores morales. Compromiso, apuesta a la vida, esperanza, fraternidad, compañerismo y cuidado por el subalterno hasta dar la vida como fue el caso del Teniente Primero Roberto Estévez, quien muere mientras le pone un casco a uno de sus soldados permanecen en abandono y olvido. Tal emblema de coraje, caballerosidad,  sacrificio, fortaleza y sensibilidad en la figura de un joven, a casi tres años de la inauguración del Museo (que se supone un lugar para el pensamiento y educación), brilla por su ausencia. En el museo, el derecho al conocimiento es un campo minado.

Sin un ápice de vergüenza. El cinismo para con un difunto en su máximo esplendor.​

Matar al muerto.

Una muestra  precisa del marco en el que está instalado el Museo es la cartelería que se encuentra al lado del umbral de salida del “pequeño cementerio o memorial”.  Todo el texto, empezando por la volanta (MEMORIA) y el título (SIN OLVIDO) son sugestivos en coherencia con la estética de las fotos: los protagonistas de Guerra de Malvinas pasarían a ser parte de un sombrío plan de exterminio de jóvenes valiosos, pero también -entre ellos-, estarían sus más feroces victimarios.

A años luz de pronunciar algunos de los tantos gestos de heroicidad de quienes descansan en Darwin (como mencioné anteriormente), se eligió hacer una referencia mordaz y cruel sobre – ni más ni menos- el primer caído en Malvinas: el Capitán de Fragata Pedro Edgardo Giachino. El énfasis en el terrorismo de Estado es tal que amputa el respeto básico, atávico e inherente al hombre: el respeto a los difuntos. De esta manera, no solo se falta al dicho de respeto básico que expresa: “No hables sino bien del muerto”, sino que se utiliza su “memoria” para exaltar una campaña de tintes ideológicos en la cual se plantea la historia de los años 70 como una cadena de sucesos violentos en donde las FF.AA. fueron los malos, los culpables y responsables de absolutamente todo. Así, en la entrada del cenotafio, donde la lógica del festejo a los hombres que hicieron el máximo sacrificio indica que deberían ser honrados, encontramos la creatividad del cinismo en su máxima expresión:

“En Malvinas combatieron militares con trayectorias variadas. Muchos de ellos, forjados bajo la Doctrina de Seguridad Nacional, estaban mejor preparados para la represión de la población civil que para la guerra”.

El caso emblemático es el de Pedro Edgardo Giachino, quien participó de la persecución de los trabajadores del cordón industrial de la zona Zárate-Campana, y se postuló para integrar el grupo de tareas de la ESMA. Por testimonios de sobrevivientes sabemos que esto le fue concedido.

Giachino murió el 2 de abril de 1982 en el asalto a la casa del  gobernador de Malvinas. Los relatos de ese hecho lo convirtieron en héroe nacional y sus acciones anteriores quedaron tras un manto de neblina.

Hoy hay muchas escuelas y espacios que aún llevan su nombre.

Los tribunales no juzgan a los muertos, pero los pueblos deben conocer las historias de quienes integran el panteón nacional”.

Lo que resulta más grave a la propagación de la idea social y cultural recortada sobre la síntesis de una época, es que se aboga por sentimientos tan negativos, carentes de motivación y desmoralizantes como son la queja y el resentimiento. La gravedad es máxima si entendemos que al museo asisten miles de niños y adolescentes de todas partes del país con sus escuelas, así como con sus familias de paseo de fin de semana. Se inocula tristeza, angustia, confusión, incomprensión, impotencia y odio.  En este contexto, se les enseña sutilmente que la búsqueda de justicia solo es posible a través de la señalización de culpables y una simplificación arbitraria de buenos y malos. Es una educación basada en un victimismo crónico donde lo único que puede surgir es una cultura de insatisfacción y queja permanente. Tal “bajada de línea” resulta letal en la formación del alma infantil y juvenil. Los sumerge en el descreimiento, el enojo y finalmente en la apatía entre otros muchos sentimientos negativos y depresivos. En un acto de infame egoísmo social, de búsqueda de un pensamiento hegemónico, en ese “tanto hablar” de “desapariciones”  desaparecen (valga la redundancia) las posibilidades de formación hacia la amplitud de pensamiento, de juicio y razonamiento propio,  y de entusiasmo -que llevan en sí mismo esperanza y alegría- hacia un futuro en miras de construcción. En vez de resaltar los aspectos positivos que surgen en circunstancias tan atroces y límites para el hombre como es la guerra -oportunidad insoslayable para invitar a ver que la vida, aún en los peores momentos, enciende valores pujantes de altruismo y soluciones- se rebuzna en un trillado colash de imágenes inconexas entre sí, pero al mismo tiempo, conectadas forzosamente por el hilo conductor del ataque a Galtieri y cía, quitando toda responsabilidad social y aprendizaje real sobre las circunstancias de aquella época.

Así recuerdan la heroica Gesta de Malvinas en el Museo… Malvinas.

Un viaje sin rumbo

La gestión del actual director Federico Lorenz ha llevado a cabo algunos cambios. A pesar de ser simpatizante del kirchnerismo, realizó algunas modificaciones sustanciales que eran demasiado obvias. Ahora ya no hay tanto Néstor y Cristina, Chávez, Morales, Correa, Paka Paka y Eternauta, pero subsiste una bandera de Nicaragua y sigue más que ausente la bandera de Perú, país que tanta participación tuvo a nuestro favor durante el 82.

Porque lo que persiste es la insistencia en reducir la Causa Malvinas a un capricho y/o deseo de perpetuación de poder de la Junta Militar que gobernaba en 1982. Es un monumento que erige la fabricación simbólica maltrecha de la historia; un cuadro pérfido, a veces malicioso y especulador, otras con un tinte de ignorancia que solo convence de que es un lugar “maravilloso” a desprevenidos bien intencionados o indiferentes acerca de la historia de Malvinas y la Argentina en general. La trama pujante del golpe y contragolpe a la dictadura militar utilizando a Malvinas late en la confusión extenuante del contenido caótico donde el discurso del relativismo conduce la mirada sobre lo que es la historia o cómo debería ser mostrada. Al respecto, su director ha dicho: “No creemos ni en el monopolio de la palabra ni de la verdad. Si pensamos que trabajamos en un espacio que queremos abrir a que las distintas experiencias circulen. Esto no se puede hacer sin la participación de los protagonistas de aquellos años, y tampoco sin la presencia y participación de los destinatarios de nuestro trabajo, que son los visitantes. Y que verán las cosas de otra manera que nosotros, seguramente. Nuestra lógica nunca será la de ‘un clavo saca otro clavo’, sino la de la complementariedad. Por eso mismo, nunca hablaríamos de la existencia de una Historia. Creemos en la historia como una formidable herramienta crítica para revisar el pasado y hacer las cosas mejor, pero las miradas sobre el pasado cambian como las generaciones, y nuestro deber como Museo es abrir ese pasado, dejarlo disponible para los argentinos que aún no nacen”. Y, sin embargo, el museo de no es otra cosa que la representación más clara del monopolio de la palabra y la verdad que un sector de la sociedad se arroga como única, indispensable e irrefutable.  Una muestra clarísima es la sala llamada “Las tres Plazas” donde encontramos una inmensa fotografía de una Madre de Plaza de Mayo con un cartel que exclama: “Las Malvinas son argentinas y los desaparecidos también”. A partir de esa proclama, el video que se proyecta martilla ojos y mentes con el relato lleno de lugares comunes: los soldados que fueron a combatir a Malvinas tienen la misma categoría de víctimas que aquellas personas que sufrieron persecución, cárcel, tortura, muerte y desaparición. El predominio de las imágenes (tanto en el video como en las fotografías expuestas en esa sala) son las de momentos de represión policial en calles y plazas.

Y, por supuesto, el mensaje final es que gracias a la derrota en la “aventura bélica” se logró la democracia y la lucha de las Madres de Plaza de Mayo se hizo visible.

Las distintas experiencias no circulan. Existe una extensa bibliografía sobre Malvinas que está ausente en la pequeña biblioteca a la que le sobre espacio. Los videos y pequeños documentales abogan por seguir sangrando por la herida. El espacio que habla sobre la prensa de la época es una instalación aborrecible de televisores sintonizados en programas de la época que solo se concentran en la crítica del exitismo preponderante que se queda en eso, como si no hubiera algo que aprender de tal cualidad. Donde supuestamente se recuerda al crucero Gral. Belgrano solo hay un masacote inentendible con dos pequeñas vidrieras. En una de ellas, una revista “Gente” con la foto de un niño indica en su titular que los chocolates mandados por miles de estudiantes nunca llegaron. Y ahí queda la “historia” de todas las voces de la “complementariedad” de la que se habla desde la dirección; en ningún lado se habla de los chocolates y cartas que sí llegaron y lo que eso, hasta el día de hoy, significa para quienes las tuvieron en sus manos. La tristeza y el resentimiento colman el aire de un edificio que espectacularmente está muy mal aprovechado.

Con un equipo de trabajo enorme (el Museo tiene por momentos más empleados que visitantes) en donde se destaca un área de investigación, es notable que la carencia de información y actuación de actores directos siga vigente. La mención al “poco tiempo” de vida del museo, a la participación colectiva en su construcción y a la búsqueda de “todas las voces” suena a ignorancia o a evasión sobre el tema. Lo primero se tornaría grave si tenemos en cuenta que su director es un historiador y que posee un área de investigación con integrantes formados o en formación en Historia argentina. Lo segundo quizás sea lo más preciso; una evasión que responde a la premisa del discurso desmalvinizador donde la estigmatización del militar es clave. Es la representación de la propuesta del filósofo francés Alain Rouquié, quien supo decir en una entrevista hecha por Osvaldo Soriano en 1983: “Quienes pretendan evitar que los militares vuelvan al poder tienen que dedicarse a desmalvinizar la vida argentina. Esto es muy importante: desmalvinizar, porque para los militares las Malvinas serán siempre la oportunidad de recordar su existencia […]”.

En el Museo de Malvinas, hoy… no recuerdan a Malvinas.

El odio hacia el militar es tal que el Museo Malvinas y la Causa argentina por excelencia (la cual excede todo partido político e ideología) están, paradójicamente, secuestrados en el predio de la Esma. Malvinas y su historia son ni más ni menos que un rehén de una venganza atroz que utilizan la cultura (Ministerio de Cultura) y los Derechos Humanos (Ministerio de Derechos Humanos) no “para explorar ideas ni ampliar posibilidades” como expresó Daniela Pelegrinelli, quien trabaja en el ámbito pedagógico del Museo, sino para imprimir en las jóvenes generaciones una operación conceptual donde la coincidencia cronológica del conflicto bélico con el proceso militar es utilizada para construir un relato hegemónico sobre la historia argentina, especialmente de los años 70.

La crucifixión.

Es una pena que el odio se alce por sobre las hermosas posibilidades que ofrece para la educación un suceso crucial en la historia del país como fue la Gesta de Malvinas. La lamentación, la acusación y la queja son los clavos de crucificción contra la construcción de una conciencia emprendedora y fortalecida en sentimientos positivos donde la confianza en los propios recursos  es la esperanza para el crecimiento tanto personal como a nivel país deben sembrarse en jóvenes y niños. En este sentido, el museo es un arma pedagógica de doble filo que, no solo atenta contra la gran mayoría de los protagonistas principales del conflicto de 1982 (incluyendo a los  familiares y los deudos), sino que es una herramienta de condena social hacia el estímulo de la ignorancia. Esta se lleva a cabo cuando el foco en el pesimismo hace que los chicos pierdan el interés y la curiosidad; se vuelven apáticos y esquivos o militantes de causas con verdades a medias donde los slogans son los reyes de todas sus discusiones vacías y llenas de una bronca que no saben de donde surge.

Tal como dijera en su muro de facebook el  director en mayo del 2016 “Pues si el verdadero cementerio es la memoria, como escribió Rodolfo Walsh sobre la muerte de su hija, la patria se le parece bastante. Allí los guardo, los acuno y los celebro”.  Es que el Museo es una tumba donde se entierra vivos todos los tesoros que -como el 2 de abril pasado- fueron festejados en plazas, sociedades de fomento, escuelas, regimientos y otros sitios (incluidos los medios de comunicación), menos en el Pantriste Museo Nacional de Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

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