Esto ocurre en un aborto. ¿Seguro que no es un crimen?

Esto ocurre en un aborto. ¿Seguro que no es un crimen?

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David ReyEscribe: David Rey

Laura escuchó perfectamente la conversación entre la paciente y la doctora. Al parecer, era cosa de sacarse el problema de encima, y listo, borrón y cuenta nueva. Resulta que la mujer, de 30 años y tres hijos, había tenido una relación extramatrimonial, y por lo mismo había quedado embarazada de un problema.

La noche era fría y hasta el momento nada parecía interrumpir la normalidad de aquella jornada de trabajo. Como siempre, la paciente había ingresado para hacerse un legrado uterino, o raspaje endometrial, o curataje cervicouterino, o cualquier otro eufemismo que sirviera para disfrazar lo que no era más un aborto hecho y derecho. Como siempre.

Cuando Laura pretendió excusarse de ese procedimiento, la doctora le dirigió una mirada dura e inapelable.

«Así nunca vas a crecer en la vida», le dijo.

A pro-life campaigner holds up a model of a 12-week-old embryo during a protest outside the Marie Stopes clinic in Belfast October 18, 2012. The first private clinic offering abortions opened in Northern Ireland on Thursday, making access to abortion much easier for women in both Northern Ireland and the Republic of Ireland. REUTERS/Cathal McNaughton (NORTHERN IRELAND - Tags: HEALTH SOCIETY RELIGION)

De todos modos no podía confiar en “esta blandita”, y la cambió de puesto. La sacó de su lugar de instrumentadora quirúrgica y la puso de enfermera, al lado del anestesista. Desde allí, entonces, observó el transcurso de la “cirugía”.

Por lo general, cuando se ejecuta un aborto el feto es literalmente despedazado o desmembrado dentro del mismo vientre materno, por lo que su alumbramiento se produce – por más impresionante que resulte – por partes. Suena por demás de horrible, lo sé, y en la jerga clínica esto se llama “raspado endometrial” (cosa que legalmente se lleva a cabo cuando el feto muere por causas naturales).

Sin embargo, cuando el tamaño del feto es más bien pequeño, si es posible y para reducir los riesgos propios del desmembramiento, se intenta retirarlo completo.

Ya la anestesia había dormido a la mujer, y comenzaba el procedimiento.

Muchos habremos escuchado alguna vez que “esa semillita” alojada dentro del vientre materno “no califica” para ser llamada “vida” o “bebé”. Es un argumento más apresurado que pragmático, y precisamente pensado para exculpar a los responsables respecto de lo que a todas luces no es más que un homicidio horrendo. Discutir sobre cuándo comienza la vida es tan ocioso como el cuento del huevo o la gallina; lo que se busca es menguar la culpa de los responsables.

Esa “semillita”, entonces, luego termina siendo un cuerpecito de más de 10 centímetros (todos alguna vez fuimos así) y que, durante un aborto, es sinceramente despedazado. En otras palabras, ni el criminal más salvaje del mundo hace algo así.

abortoSi bien existe un debate clínico respecto de cuándo el feto es “consciente” y capaz de sentir dolor (se presupone un estado de inconsciencia mientras se está rodeado de líquido amniótico), la conexión que existe entre la madre y el bebé a través del cordón umbilical es capaz de transmitir desde emociones hasta estados de angustia o estrés. Valerse de este criterio, sin embargo, para excusar el crimen del aborto es equivalente a un asesino que “droga” a su víctima para luego matarla y despedazarla. Que su víctima no esté “consciente” no resta gravedad al crimen en sí, desde ya.

Pasados cuarenta minutos, más o menos, el feto fue retirado del vientre materno. En realidad, por más impresionante que sea decirlo, la mayor parte del feto fue la que sacaron… A todas luces, sin embargo, se trataba de un humaniode ensangrentado de unos 15 centímetros, y que la doctora depositó sobre una bandeja metálica a la par de la madre.

Anestesista, instrumentadora y tocoginecóloga actuaron con su suma “profesionalidad”, sin inmutarse un segundo, mientras la última se dispuso a proseguir escarbando para retirar lo que quedaba del feto dentro del útero: alguna manito y las piernitas. A Laura, sin embargo, algo la instó a detenerse en el feto; cierta incomodidad, cierta angustia la obligó a hacerse cargo de lo que estaba ocurriendo. Y fue entonces que ocurrió algo que nunca más en su vida podrá olvidar.

Sobre el mismo charco de sangre en que yacía presuntamente inerte, el feto de pronto se estremeció (como si la gélida bandeja le hubiera dado un escalofrío) y, tras experimentar un par de sacudidas y a pesar de ser un feto de sólo cuatro meses… el bebé comenzó a llorar. Fue, en realidad, como un quejido ronco, seco… y que enseguida se afinó lo suficiente como si fuera un grito ahogado, lejano, de alguien que muere, precisamente, de dolor, de un bebé indefenso que muere del peor dolor del mundo.

ce968d1e-e79e-419e-a660-075dc2852717Al oírlo, el anestesista soltó un “¡foh…!”, como si el grito de la criatura le hubiera resultado molesto, impertinente. Laura, aterrada, se echó dos pasos para atrás… y clavó los ojos en la doctora, que recién cuando el llanto se convirtió en un gritito que parecía no apagarse más, tomó cartas en el asunto. Entre tantos “tibiecitos”, hacía falta que un “profesional” pusiera punto final al drama.

En efecto, la doctora, dejó un piecito al lado del bebé y en vez de seguir escarbando en busca del resto, tomó un bisturí y, para terminar con la agonía del feto… procedió a degollarlo. Exacto. Así tal cual como lo leen: mientras el bebé lloraba, la doctora le cortó la garganta.

Laura se quedaría, entonces, con esa imagen terrible y desgarradora. El feto, el humanoide, el bebé de 15 centímetros que moría en el río de su propia sangre, sin tener siquiera el derecho de llorar su dolor, su muerte, su olvido.

La miró nuevamente a la doctora… como si le preguntará “por qué”.

La doctora, que se percató del espanto de Laura y que pareció oír sus pensamientos, trató inútilmente de tranquilizarla:

«Es para no traumatizar a la madre», le dijo, como excusándose del crimen que acababa de redondear.

14725495_1099031550194303_8624165190770044959_nLaura es una persona que, a fuerza del dolor del que fue testigo, recuperó el sentido común que tanta prensa enferma consiguió desdibujar en lo que respecta a la práctica del aborto. Y me contó esta historia con la esperanza de que haya muchas personas que no necesiten atestiguar algo tan horrendo para recién entonces darse cuenta de lo que verdaderamente hay en torno al aborto.

Hoy el aborto forma parte de los “reclamos sociales” de las más diversas expresiones políticas, e incluso es tema de debate (como si hubiera mucho por debatir respecto de un asesinato) nada menos que en el Congreso de la Nación. Desde ya, es una problemática que amerita una solución profunda, y que comienza nada menos que por formular los necesarios canales de contención para la ciudadanía como asimismo optimizar la pauta educativa y cultural de la misma, cosa que… bueno… precisamente es algo que a nuestros políticos sí que les interesa, y mucho… Les interesa que todo siga exactamente así para seguir ellos ocupando sus bancas legislativas.

El bebé de esta historia no tiene nombre. No llegó a tenerlo, a escucharlo. Su llanto no sólo que fue salvajemente mitigado, sino que asimismo le fueron cercenados absolutamente todos los derechos que le corresponde como ser humano.

Pero su voz, la que apenas pudo ser un ronquido de dolor, hace mucho que, en verdad, ha sido callada, incluso bastante antes de su propia concepción. El gran logro de los grupos “aborteros” no es tanto el aborto en sí como haber hecho lo propio por rebajar el listón cultural y moral de una sociedad y, por ende, relativizar la gravedad del crimen en sí al punto de que hoy se discuta su instrumentación en base a bazofias argumentales (“el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo”, por caso).

El bebé de esta historia no llegó a tener nombre y sus derechos fueron terriblemente aniquilidos. Pero hay muchas personas que, así como desprecian la vida que existe en “una semillita”, lógicamente también desprecian las cuestiones que hacen al transcurso de la vida misma. Acaso son incapaces de ver que al cercenar los derechos que corresponde a una persona por nacer incluso los derechos de todas las personas quedan en peligro.

Un derecho no es lo que uno reclama para sí sino la facultad que uno reconoce en el otro. ¿Qué derechos podrían existir, entonces, dentro de una sociedad enceguecida que no reconoce ni respeta siquiera el derecho a nacer de una persona?

El aborto, entonces, no sólo es un crimen contra la persona por nacer sino, además, contra toda la sociedad en su conjunto y que, por lo tanto, califica como de lesa humanidad y encuadra perfectamente dentro del término “genocidio” en virtud de que es la misma raza humana la que, con su implementación, desanda el triste derrotero de su propio exterminio moral, cívico, social y físico.

Si no los quieren parir, si no los quieren tener… al menos déjenlos nacer. Sobran las familias que estarán dispuestas a darles un nombre, un hogar, una formación y a hacer valer sus derechos como ser humano. Privarles de todas estas cosas no hace más que agravar la magnitud del homicidio en sí.