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Escribe: Enrique Stell
Coronel VGM (R) y Preso Político Argentino.

Cuando aterrizamos estaba oscureciendo, ya era casi de noche, se veía muy poco y nos condujeron a un corral para animales, pequeño y alambrado. En el medio había unos tachos de 200 litros con hierros en su parte superior. Sentí angustia, pensé automáticamente en los campos de concentración de los vietnamitas, similares a los que a nosotros nos habían entrenado. No fui el único que pensó lo mismo. Caminaba observando todo y al patear los tachos me di cuenta que nunca podían meternos dentro porque eran de cemento. Los toqué y quedé más tranquilo.


Este artículo viene de:

Prisioneros de Guerra… por propia voluntad (Parte I)


Al rato ingresamos por una puerta lateral al frigorífico en desuso. Sobre la derecha se visualizaba una inmensa cruz hecha con cintas plásticas blancas sin cartel alguno, pero atrás de las cintas había un proyectil del tamaño de medio cuerpo humano, era enorme y de color gris. Alguien dijo que era un proyectil argentino que ingresó en el edificio sin explotar. Todo el tiempo que estuvimos detenidos allí, alrededor de 15 días, el proyectil continuó en ese lugar.

Exfrigorífico.

Seguimos caminando y llegamos a un espacio grande donde nos ubicaron en 4 columnas, dos contra las paredes, dos en el centro, espalda contra espalda, y nos dijeron que ese sería el lugar que cada uno iba a ocupar durante los días siguientes. Ese salón se convirtió en el lugar del Campo de Prisioneros donde estábamos sectorizados los oficiales subalternos.

Mi lugar estaba muy cerca de la puerta de entrada, era el segundo del lado de la pared. Tenía el agua a solo 5 metros, la que había que descargar de unos bidones metálicos de 20 litros. Lamentablemente tenía los “sanitarios de combate” a 7 metros. Era un asco.

Tachos de cemento con hierros en su parte superior.

Al igual que en todo lugar donde hay personas detenidas, la limpieza recaía en los detenidos; la coordinación de estas actividades y otras, las efectuaba una persona que hacía de enlace con los detentores conforme establece el artículo 44 del Tercer Convenio de Ginebra de 1949.

Artículo 44 – Trato debido a los oficiales. Los oficiales y los prisioneros de estatuto equivalente serán tratados con las consideraciones debidas a su graduación y su edad. Para garantizar el servicio en los campamentos de oficiales, se designará a soldados prisioneros de guerra de las mismas fuerzas armadas y, siempre que sea posible, que hablen el mismo idioma, en número suficiente, habida cuenta de la graduación de los oficiales y de los prisioneros de estatuto equivalente; no se les obligará a realizar ningún otro trabajo. Se facilitará, de todos modos, la gestión de los alimentos por los oficiales mismos.

En el Campo de Prisioneros de Guerra organizamos nuestro propio Judenrat [Consejos de gobierno judíos establecido en los guetos durante la Segunda Guerra Mundial]. El Presidente era el Mayor Roberto Berazay [Jefe de la Compañía de Policía Militar 181 en Malvinas] y el equipo de trabajo estaba compuesto por un oficial subalterno que hablaba muy bien el inglés, dos o tres suboficiales y varios soldados. Ellos, en coordinación con los ingleses, cocinaban para los 593 prisioneros y para los ingleses, preparaban y administraban las duchas, buscaban el agua, acompañaban al personal que tuviese una necesidad puntual para hablar con las autoridades del campo y, lo más importante, se ocupaban de la desagradable tarea de limpiar las letrinas.

El Jefe del Campo era un Oficial inglés que se paseaba muy de vez en cuando con una cámara de fotos terciada, nos miraba, tenía un trato agradable, estaba siempre dispuesto a responder pero nunca preguntaba. El encargado era un Sargento Ayudante que se ocupaba de todo, muy dinámico, siempre pronto a encontrar soluciones. Muy correctos los dos.

La guardia era un capítulo aparte. Consistía en soldados que tenían el fusil terciado y estaban en las entradas y salidas del campo controlando los desplazamientos y disciplina durante las 24 horas. Había turnos de servicio con relevos. También se relevaba a la unidad que proporcionaba a los guardias.

Siempre tuvimos un trato más que cordial con ellos al punto que llegamos a jugar al póquer con los más osados. Pero cierto día vinieron los guardias galeses y tuvieron muy mal trato con nosotros, estaban resentidos porque habían perdido la mitad de su personal en los combates y no podían superarlo. De todos modos, en general, no hubo quejas.

Eran pocas las noticias que recibíamos de Argentina, no obstante nos enteramos que nuestra moneda se había devaluado. Dispuesto a hacer valer los pocos pesos que tenía, me puse a conversar con un guardia y le dije que si me conseguía comida, le regalaba unos billetes argentinos para que los tuviera de souvenir. Fue la primera y única vez que “soborné” a un inglés, quien cumplió y, en un rincón del exfrigorífico, me entregó los comestibles que consiguió para el trueque. Luego, con el debido disimulo los comimos entre varios.

Cierto día, ingresaron dos personas vestidas de civil con saco y corbata, las que se identificaron como pertenecientes al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Conversamos con ellos y posteriormente llenamos la Tarjeta de Captura de manera que ésta sea puesta en conocimiento de la Agencia Central de Prisioneros de Guerra conforme establece el Artículo 123 del Tercer Convenio de Ginebra del 12 de agosto de 1949. En el escrito, informamos sobre nuestra detención, la dirección postal que teníamos y nuestro estado de salud.

Durante el año 2012, quien fue el Jefe de la Delegación Argentina del CICR nos expresó en una entrevista que “en las visitas, registrábamos los datos de los prisioneros y, por supuesto, también verificábamos su estado de salud y las condiciones en que se encontraban, desde un punto de vista humanitario”.

Modelo de Tarjeta de Captura establecido en el Tercer Convenio de Ginebra del 12 de agosto de 1949.

Luego de este hecho, todos nos sentimos más seguros, porque si bien los ingleses nos trataban como verdaderos profesionales, tuvimos la duda sobre nuestro futuro a juzgar por las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, Vietnam y otros conflictos armados internacionales donde los prisioneros de guerra tenían destinos inciertos. A partir de ese momento, sabíamos perfectamente que la “potencia detenedora” iba a tener que ocuparse de cumplir con los 143 artículos que forman parte del Tercer Convenio de Ginebra.

A la derecha se observa una foto reciente y cercana de los edificios existentes en Bahía Ajax. El Chinook que nos transportó aterrizó sobre el descampado que se observa después del alambrado.

Mientras estuvimos ocupando el exfrigorífico de Bahía Ajax, nos bañamos dos veces en una típica ducha de campaña. Cuatro grandes palos soportaban una lata enorme donde se ponía el agua caliente que era calentada a las llamas del fuego en las cercanías. Con un eje rudimentario y una cuerda, se hacía caer el agua en dos oportunidades, una para mojarse, luego había que enjabonarse y la segunda vez que se vertía el agua había que enjuagarse. Eso era todo.

Las letrinas eran 3 tachos de 100 litros apoyados sobre el piso a los que se les había agregado un poco de agua. Estaban a la vista de todos. Nos quejamos y accedieron a poner lonas laterales y en el frente, de manera que existiese un poco más de privacidad.

Dormíamos en el piso de cemento del exfrigorífico, no había colchones. En mi caso, logré conservar mi colchoneta inflable italiana marca Pirelli, de color rojo a cuadros negros y que aún conservo como recuerdo.

La higiene del campo de prisioneros era muy mala. Tal vez esa fue la razón por la que al tiempo nos llevaron a un buque donde continuamos detenidos. Si hubiésemos permanecido en esas condiciones, las enfermedades contagiosas se habrían propagado.

Todos los días salíamos al exterior al llamado “corralito”, allí tomábamos aire, fumábamos y charlábamos con quienes no veíamos en el interior del frigorífico. Hacíamos bromas, recordábamos escenas de la guerra y por supuesto que hablábamos de lo que íbamos a hacer cuando regresáramos al continente. Era una suerte de juego intelectual que ayudaba a sobrellevar la situación.

En ese contexto de esparcimiento, un día “el quico” Jándula pensó hacerle una broma al Vicecomodoro Esteban Luis Correa, una persona de edad con algunos problemas cardíacos menores, quien en ese momento era el más antiguo del Campo de Prisioneros de Guerra. Le contó a Rico que quería decirle al vicecomodoro que pensábamos escapar, porque la primera obligación de todo soldado hecho prisionero era “evasión y escape”. Rico le aconsejó que no lo hiciera porque iba a generar problemas. Jándula no desistió. Se aproximó a Correa y le explicó el plan de escape. La cara del Vicecomodoro se transformaba mientras lo escuchaba. Jándula le dijo que los ingleses nos estaban dando muy poco de comer porque nos querían debilitar para luego torturarnos, sacarnos información y matarnos, que las condiciones de alojamiento iban a generar innumerables problemas de salud y finalmente le pidió que fingiera un infarto a su señal, de manera que se pusiera en ejecución el plan de escape. El Vicecomodoro dijo “ustedes están locos, ¿Con qué armas se van a escapar?”, a lo cual Jándula, con total firmeza y seriedad le dijo: “Tenemos un fusil, una pistola y un cuchillo de paracaidista”, a la sazón el mío. Correa volvió a repetir: “Ustedes están locos, nos van a matar a todos, voy a darle la novedad al general Menéndez cuando llegue, les prohíbo que lo hagan”.

Por supuesto que intentar escaparse era una locura. El frigorífico estaba en una depresión del terreno y en las alturas había puestos de guardia y un helipuerto donde siempre había gente desplazándose. Estábamos rodeados en los 360 grados, había puestos de guardia perimétricos al edificio, no había posibilidad alguna de escapar y donde no había guardia armada, estaba el mar de la Bahía de San Carlos con sus aguas heladas. Además, si alguien lograse escapar, ¿después qué?, era una de las 200 islas dentro un archipiélago de 11.718 km2 en medio del Océano Atlántico [Esta superficie es la equivalente a la mitad de la provincia de Tucumán].

Cuando terminó el tiempo de esparcimiento, Jándula se ubicó en la salida y cuando pasó Correa, le bajó la cabeza con energía, indicándole que ese era el momento convenido. Correa y los que lo rodeaban no lo podían creer y siguieron caminando por la salida en dirección a la puerta de entrada del exfrigorífico conversando entre ellos, con las caras desencajadas.

Media hora más tarde un oficial superior, de muy mal modo increpó descortésmente a Rico por lo que pretendían hacer sus comandos. En realidad, Jándula no le dependía porque era de la 601 pero Rico, que lo quería mucho, lo defendió a capa y espada haciendo suya la idea de escaparse. El tono de voz aumentó y se fueron a las manos, se empujaron y cuando estaban por trompearse los separaron a los cuasi gritos para no llamar la atención de los guardias. Así terminó esta historia un tanto graciosa, sádica y también trágica, porque puso de manifiesto una vez más que no había voluntad de combatir en los altos mandos argentinos.

Continuará…

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