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Escribe: Silvina Batallánez

EL ABANICO, LAS VENTANAS Y LA COCA COLA

Hazañas silenciosas y huellas de pólvora y dulzura en postales de un día y de un país que se quiso olvidar

¿Puede un evento conmemorativo desandar una historia violenta hasta encontrar ese brillo de luz que se hace evidente cuando atraviesa agujeros, hendiduras y grietas?

La poca atención social y el olvido generalizado hicieron de un acontecimiento sucedido hace casi tres décadas – y conmemorado por un puñado de personas cada año-, un suceso atemporal que, si se mira bien, puede convertirse en un faro de relevante magnitud social. Después de todo, de los pequeños gestos surgen los grandes cambios y enseñanzas. Si bien los recordatorios y homenajes son valiosos como noticia cuando coinciden en su efeméride, existen “hechos” que trascienden una fecha en particular. En eso pensé hace unos días cuando me encontré bajando fotos de mi viejo teléfono y vi una imagen que me llevó a recordar el acto de homenaje de hace dos años a los caídos durante el ataque al Regimiento de Infantería Mecanizada III General Manuel Belgrano en la localidad de La Tablada el 23 y 24 de enero de 1989.

Como en una contradicción que roza lo imposible -en una ironía del destino-, algunas actitudes sucedidas entre los concurrentes al recordatorio, se convirtieron en hazañas silenciosas, de una sencillez conmovedora que se polarizaron con las espectaculares imágenes de la barbarie que muestra Crónica TV cada  año en esa fecha.

Aquel día encontré un predio donde el olvido, el abandono y la suciedad parecían sugerir ser la representación de la confusión, indiferencia, desgano y cleptocracia que han reinado en Argentina en las últimas décadas, cada vez, con mayor intensidad. Esos detalles, parecían escalones de un camino desquiciante hacia la desmemoria, la mentira y la injusticia, en nombre de la memoria, la verdad y la justicia. Pero, a contramano de éstas características, acontecieron sucesos efímeros, postales eternas que son y serán ofrenda a las voces silenciadas por el hito violento de hace 28 años.

La previa en el país del no me acuerdo

Cuando comenté que iba a participar del acto de homenaje a “los héroes de La Tablada”, con gesto de extrañeza algunos amigos coincidieron en preguntar: “¿Qué cosa?”, “¿Y para qué?”. No me sorprendió; por todos lados existen indicios de que nuestro país ha perdido la capacidad de reverenciar la vida cotidiana a través de los actos heroicos de personas que se jugaron todo por todos.  Subestimación, ignorancia y apatía son regla general y naturalizada. Para quienes se muestran interesados en la historia y en la cultura, la acentuación en solo una parte de los hechos dolorosos y sangrientos de la década del 70 y principios de los 80, empañaron la relevancia histórica y moral de sucesos tan importantes como la gesta de Malvinas y la Batalla de La Tablada, enterrando así en una memoria quebrada, los ejemplos positivos de esas experiencias. Las acciones valiosas fueron exiliadas al “país del no me acuerdo” provocando gran dolor en los protagonistas. En el resto de la sociedad se erigió una amnesia colectiva que nos inmoviliza en el desgano, la ansiedad, la desconfianza y el miedo. La negación a  reconocer que, justamente en esos ejemplos de vida que se opusieron al resentimiento, el odio, la división, la relativización de lo que está mal, la mentira, la cobardía, el engaño, el desorden y la suciedad, reside el progreso de nuestro país, es la cadena más pesada con la que fuimos atados al mástil de un barco sin rumbo definido.

Mugre, olvido, anacronismo y limpieza

Los primeros en llegar a la entrada del Regimiento sobre la Av. Crovara, nos encontramos con un lugar en grave estado de abandono. La suciedad de años abrazaba los cercos y paredones de lo que otrora fuera un espacio donde el orden convivía en armonía con la higiene, austeridad, belleza edilicia y paisajística. A través de las ruinas “que supimos conseguir”, en la tendencia cada vez mayor a la estigmatización de todo lo asociado a lo marcial, el fantasma de esos gestos de humanidad básica para la convivencia digna, asomaba borroso el espanto que brota del olvido. Asimismo, como una burla anacrónica, en uno de los paredones,  un mural hacía alusión a la frase: “Memoria, Verdad y Justicia”, apelando en su gráfica a caricaturas grotescas del generalato de los últimos gobiernos de facto. El  mensaje era claro: insertar el copamiento terrorista de civiles armados como un suceso macabro militarista contra el Estado y la democracia. El dibujo, puesto en ése lugar, parecía  otro golpe a la memoria de las víctimas silenciadas, simplemente, por usar uniforme.

En un acto de osteopatía histórica, un grupo de personas se dispuso a enderezar esa torcida columna que, en nombre de la memoria, generó un alzheimer socio cultural que respondió al claro objetivo de desestimar antes los ojos de la sociedad, el valor  de las FF.AA en la constitución de un país soberano. Con escobas, guantes y bolsas de residuo en mano, la tarea de limpiar el lugar acompañó el nuevo gráfico que dejaría atrás un pasado representado en la balanza de una justicia mal usada grabando los nombres de aquellos que perdieron la vida en defensa de la democracia.

El buen milico

Mientras participaba de la jornada, recordé el festejo de uno de mis cumpleaños al que vino un amigo militar. Los demás invitados no lo conocían, no sabían a que se dedicaba. En cierto momento, en medio de una animada y risueña conversación, hizo un comentario sobre una de sus misiones con la ONU en Haití. Apareció un hueco de silencio; algunos rostros mostraron ojos y bocas de asombro y suspicacia. No faltó quien, un rato después, me susurrara en un rincón cosas como: “que buena onda resultó el milico”, “mirá que simpático el soldier”, “no me lo imagino en uniforme; es bastante humano”, “parece buena gente”. Y entonces comprendí lo que nos había pasado como sociedad; lo que se había moldeado en, por lo menos,  tres generaciones de jóvenes.

En sus conciencias, un militar era otra especie, un sub-humano; algo así como un clon de Star Wars: una máquina de matar obediente, sin criterio, sin familia, sin humanidad. Para cualquiera que amara la paz, las cosas buenas y bellas de la vida, resultaba  inconcebible que un uniformado fuera un hombre de carne y hueso, y mucho menos, con sentimientos y pensamientos (propios). La perversión en el juicio era tal, que el solo hecho de pertenecer a una fuerza simbolizaba un deshonor, un fracaso de vida. El relato estaba tatuado a fuego en la médula cultural: militar era sinónimo de represor, torturador y asesino, y ahí se terminaba el asunto.

Entonces pensé en cuánta gente, al dejarse arrastrar por el prejuicio  de ver en un uniforme al diablo mismo, se pierde la oportunidad de la amistad e intercambio con buenos hombres. Vi cuántos muros se erigen y cuántos abismos se abren lacerando así todos los encuentros sociales. Y lo tuve presente gracias a la primera persona que encontramos en la puerta del maltrecho Regimiento. Había participado de la defensa en la batalla de La Tablada. Vestido y equipado como para un día de picnic, nos recibió cual anfitrión a sus invitados en la puerta de casa;  se puso a disposición para lo que necesitáramos. Con esa actitud generosa y positiva dibujó un living comedor simbólico a través de una festejada ronda de mate. El ofrecimiento de agua o jugo al que más tarde se sumarían galletitas y facturas de los que iban llegando, no cesó durante toda la mañana en que duró la pintada de murales, así como el acto principal bajo un sol fulminante. Mientras se llevaban a cabo los discursos de conmemoración, la entrega de diplomas a los veteranos y familiares de los caídos, se lo podía ver yendo de un lado a otro ofreciendo un vaso de agua o gaseosa a todos los participantes (decenas de personas), en un claro obsequio que había salido de su propio bolsillo. Pero no fue solo eso; en más de una oportunidad expresó con absoluta libertad que no sentía rencor y que no estaba de acuerdo con aquellos que propician el odio hacia los terroristas y sus defensores explícitos o implícitos, que lo único que le importaba era que se reconociera el valor y la humanidad de las personas, entre ellos sus amigos y compañeros, que no solo perdieron la vida sino la oportunidad de ser vistos ante la sociedad en su justa dimensión.

Otro veterano que yacía en una silla de ruedas inmovilizado desde el cuello hacia abajo, abrazó con su mirada brillante, atenta, llena de vida a cada uno de los que se acercaban a saludarlo. En su primera salida pública después de varios años encerrado por su convalecencia física, agradeció la presencia de los que estábamos ahí. En referencia a la escasa y nula difusión del evento entre la población general y desde los medios de comunicación masivos en particular, remarcó la importancia de “esos pocos” como “mucho”: “no importa el tamaño del homenaje o la cantidad de gente, lo importante es que haya alguien que pueda ver lo que se demostró acá. La sola intención es algo muy grande para los que vivimos esos días, especialmente para quienes murieron. Lo más pequeño del mundo puede ser algo inmenso. Muchas gracias por acercarse y compartir éste día tan importante para nosotros”.

Reconocimiento: un acto de amor

A contramano de la idea que se tiene sobre aquellos que defienden las Fuerzas Armadas y de Seguridad, el  discurso del Licenciado Sebastián Miranda (uno de los participantes en la organización del homenaje y autor del libro Los Secretos de La Tablada) desbordó en ecuanimidad, emoción, agradecimiento y, muy especialmente, en el acento sobre la palabra Amor: “El principal objetivo de quienes organizamos este encuentro es recordar a los caídos, acompañar a las familias, aunque no nos haya pasado a nosotros en particular; no perdimos un padre, no perdimos un hijo, pero nos imaginamos el enorme dolor que eso significa. Y en esta sociedad ingrata, amnésica, encima del dolor que padecieron, también tienen que sufrir el del olvido. Estamos acá para que se sientan acompañados…” Un punto importante fue el pedido por la recuperación del predio (aunque sea una parte) para que se convierta en un espacio de “recuerdo” en el marco de la realización de actividades culturales que beneficien a toda la sociedad. El foco apuntaba a un aspecto esencial: “No queremos una Argentina basada en el odio y el resentimiento. Creo que siempre tenemos que apostar a la vida, y así como nos gustaría que el regimiento fuera recuperado para recordar a los caídos y veteranos, quisiéramos que la mayor parte  sea un espacio público, una plaza donde los chicos puedan jugar, donde los argentinos dejemos de hablar de muerte y empecemos a hablar de vida que es lo que estamos necesitando hacer de una vez por todas… nosotros no queremos ni peronismo, ni antiperonismo, ni izquierda ni derecha, queremos Argentina.” La mención de algunos actos heroicos acompañada cual mantra con la afirmación: “fue un acto de amor” fue un detalle trascendental en una convocatoria como ésa. Por ejemplo: “El sargento Esquivel ve a un conscripto herido ¿qué hace? Deja el arma a un costado y va a auxiliarlo. Los cobardes atacantes aprovechan que deja el arma para matarlo en ese momento. El último acto en la vida de Esquivel fue un acto de amor; fue dar la vida como le corresponde a un superior con un subordinado”.

El acento en la construcción también se escuchó en las palabras de Silvia Ibarzábal, Vice-Presidente de Afavita: “Nosotros, los aquí reunidos, víctimas de los psicópatas y de los mercenarios (…), no estamos alimentados de odio. Nosotros… sus deudos, reclamamos un gesto de grandeza para construir un país sin olvidos pero con una mirada superadora sobre el pasado”.

Asimismo las palabras de la Dra. María Victoria Villarruel de CELTYV, acompañaron éste abrazo simbólico: “Difícilmente podamos pensar en un país para todos cuando la sangre de algunos es ocultada para garantizar la impunidad de otros… A todos esos hombres anónimos que el 23 de enero de 1989 se alistaron para defender esta unidad, el sistema democrático y la tranquilidad de los argentinos, la eterna gratitud de quienes tenemos memoria y respetamos la ley y la Constitución Nacional. Y a esos 11 héroes que el terrorismo arrancó, que su sacrificio no sea en vano y sigan inspirando nuestros días en ésta lucha diaria por el reconocimiento de los DD.HH. Para las víctimas civiles y no combatientes de terrorismo…”

Los niños

La curiosidad, el asombro, la inocencia y el entusiasmo infantil suelen ser arcilla fresca para moldear un cuenco receptor de mensajes trascendentales. En los niños y  jóvenes laten los nuevos impulsos y todo aquello que espera ser descubierto. En la mañana del feroz avasallamiento, los adolescentes que estaban haciendo el servicio militar obligatorio fueron sumergidos en el pavor del terror, de ése “monstruo grande que pisa fuerte” de sus peores pesadillas infantiles. La vida adulta que recién asomaba era amenazada por el capricho de un mercenario internacional como Enrique Gorriarán Merlo. Aunque el resguardo de los conscriptos fuera una de las prioridades de los militares de carrera, en el infierno desatado no pudieron evitar que la parca se llevara a algunos de ellos en ropa de dormir y  desarmados.

Esos muchachos recién salidos del seno familiar -en el servicio-, estaban haciendo por primera vez lo que seguramente habrán garabateado  hasta poco tiempo antes en sus fantasías sobre juegos de guerra. Al ser sorprendidos (la mayoría de ellos estaba durmiendo), no tuvieron la oportunidad de defenderse o poner en práctica lo aprendido.

Como impregnados de ése hálito cercenado aquel día, durante el homenaje, los niños presentes escuchaban con atención los discursos, y con reverencia natural se mantuvieron firmes (algunos, en un gesto mágico que derritió corazones nostálgicos) hicieron la venia, acompañando así a los únicos dos militares activos presentes mientras sonaba el Himno Nacional y la emblemática melodía “Toque de Silencio”. Una vez finalizado el acto, cuando un grupo se aventuró a ingresar  al predio abandonado y vigilado por una empresa privada, los hermanitos Martín y Guillermo -por alguna misteriosa razón de la curiosidad inocente-, se dedicaron a contar ventanas. En medio de una conversación sobre la importancia del lugar, donde el lamento y la indignación  por las condiciones catastróficas eran protagonistas, uno de ellos eleva su voz aguda; con una sonrisa enorme convocó al bálsamo de una pausa memorable en un minuto eterno que prosiguió al silencio generado en el anuncio de Martín: “hay 69 ventanas con los vidrios sanos, enteras”.

Los rostros se relajaron; en todos apareció una sonrisa fresca, y entonces supimos que el murmullo de la esperanza se hizo presente a través de ese hilito de voz infantil. La importancia no estaba en lo destruido sino en lo que seguía en pie. El tesoro poético encontrado por dos niños entre las ruinas, encendieron una vela para achicar la oscuridad del odio, el dolor y el olvido.

El abanico

Los sucesos felices e infelices que nos marcan jamás se olvidan. Pueden pasar años, décadas y lo que nos toca en la fibra más íntima del alma sigue viviendo como si acabara de ocurrir.

Bajo el sol abrazador de una mañana calurosa de enero, algunas mujeres  participantes del homenaje pusieron en acción sus abanicos. Una de ellas estaba parada sobre un cordón de la entrada. Tres hombres estaban debajo del cordón; uno da un paso hacia arriba ubicándose a su lado; los otros dos le preguntan: “¿qué hacés?”, y responde: “hace mucho calor”. Entre risas uno le dice irónicamente: “¡ah! Y a medio centímetro de donde estamos, sobre el cordón vas a encontrar sombra, ja ja..”. Las risas de los tres no se hizo esperar, tampoco la de la mujer que empezó a abanicarlo y que le dio pie para que propinara  una sensata respuesta a sus compañeros: “bueno, acá tengo ventilador”. Los invitó a ponerse alrededor de ella y que participaran de la leve pero necesaria y refrescante brisa. Entonces les contó: “Ese día me clavé a la tele con mucha angustia, con la impotencia de no poder hacer algo por ayudarlos. Si hubiera vivido cerca, me habría  acercado, aunque sea, a ofrecer una botella de agua. Me acuerdo del calor que hacía y entonces al mirar el fuego, el humo, pensaba en lo insoportable que debía ser el aire. Se me ocurre que mi abanico no es gran cosa ahora, pero siento que de alguna manera, en este momento, estoy dándoles un poco de lo que me hubiera gustado dar aquella vez”. Los tres hombres se quedaron tiesos, en silencio por un rato. Se miraron, la miraron. Cuando volvieron en sí uno de ellos le respondió: “gracias, no tiene idea de lo que eso significa para nosotros. Muchas gracias señora”. El que no habló pasó una de sus manos bajo los lentes de sol y el otro dijo: “me vino a la cabeza esos pocos momentos de viento fresco que cada tanto aparecían en medio de aquel infierno. Muchas gracias”.

Coca Cola

Es de público conocimiento que el primer vehículo que entró derribando la entrada fue un camión de Coca Cola, el cual le había sido arrebatado a punta de pistola a su conductor esa misma madrugada. Si uno deja andar la imaginación se pueden asociar muchísimas cosas a ese detalle, por ejemplo, que unos guerrilleros “anti imperialistas” – hombres y mujeres que levantaban la bandera en defensa de los trabajadores y contra las grandes empresas-, habían amenazado, privado de su libertad y robado, justamente, a un laburante madrugador, su medio de vida.  Como si fuera poco, que usaran el transporte de la bebida capitalista por excelencia para un ataque a un cuartel militar, aparece como una escena alocada de una película de Buñuel o del humor ácido de Tarantino.

Y durante ése homenaje, la gaseosa -cual alegoría de su mensaje publicitario en un spot llamado “Encuentro”-, tuvo un papel preponderante. Algunos llevaron heladeras con botellas de bebidas; muchas de ellas eran cola. El calor sofocante invitó a que el acto de compartir algo refrescante se convirtiera en un gesto de humanidad básica: el cuidado por el otro. Ningún vendedor ambulante hubiera podido lograr un buen negocio ése día. La fraternidad estaba de fiesta.

Y al finalizar la jornada apareció “la imagen”: dos botellas de coca cola casi vacías yacían erguidas sobre el cordón donde estuviera parada la mujer del abanico (parecía una obra de niños que en la infinita imaginación de sus juegos, pueden convertir a una botella en un tren, un edificio, un camión o un soldado). No había nada tirado; todo rastro de suciedad de los participantes había sido retirado por ellos mismos. Esas dos botellas, bien “paraditas”, era lo único que quedaba como posando para una foto cual síntesis de un día inolvidable. Habían servido a la reunión de un grupo de personas que buscaban reparar y limpiar las heridas de una historia destrozada.

Recordé entonces lo que me dijera un pedagogo alemán sobre la bebida más famosa del mundo – quien trabaja con niños y jóvenes en situaciones de catástrofes-: “en ciertos momentos sirve de shock de reanimación, infunde motivación anímica a quien acaba de atravesar el desgaste de una situación violenta y traumática”. Esas botellas eran, ni más ni menos, indicadoras de la dulzura y frescura  que hubieran querido poder disfrutar los hombres que vivieron aquel ataque después de dos días de incendio; alivio que quizás algunos de los sobrevivientes disfrutaron y que, los ahora presentes, gozamos al reunirnos en su recuerdo. Porque lo importante de la vida pasa por las cosas simples, ésas que les fueron arrebatadas para siempre a los que defendieron aquel lugar, éste país.

Fue así como en algo superfluo di piedra libre a  un mensaje fundamental: una ofrenda en el encuentro y un brindis en su memoria; eso parecían susurrar aquellas dos botellas en la entrada del cuartel.

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