Ser padre en la guerra

Ser padre en la guerra

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Carlos Chanampa, Agustín Chanampa y Alejandro Cano.

Escribe: Silvina Batallanez

Cuando un hombre está listo para entrar en combate, no solo tiene una misión compuesta de toda actividad referida al ataque y la defensa, también -y especialmente- lleva consigo la responsabilidad del cuidado de los hombres que lo acompañan. Y, muy especialmente, esto sucede con los jefes, ya sea de un escuadrón, una sección, una compañía… el grupo de hombres con quien convivirá y compartirá una de las experiencias más extremas para el ser humano: la guerra.

Y ser “jefe” en una circunstancia donde el peligro acecha con cada respiración es un desafío trascendental; en medio del horror y el desamparo puede surgir lo peor del ser humano, pero también lo mejor.

Cuando sucede “lo mejor”, en el caso de un jefe, éste se convierte en un líder, una autoridad amada que genera sentimientos y pensamientos positivos en sus subalternos. Se yergue en la figura paterna ideal, ésa que es seria pero amable, marca límites y al mismo tiempo es tolerante, exige y es servicial, ordena y agradece.

Hace 35 años, entre todas las vivencias que se sucedieron en el conflicto de Malvinas, la figura del líder paternal ha sido, aunque poco difundida, una realidad constante. De hecho, hay hombres que aprendieron a ser padres antes de serlo y, sorprendentemente, durante la guerra.

Uno de estos casos es el de Carlos Alberto Chanampa, Teniente Primero del GAAERT4 durante el conflicto con Gran Bretaña y jefe de la Batería de Tiro A de dicha unidad. Con solo 27 años condujo a sus soldados y personal de cuadros de las Baterías A y B durante los terribles combates de Darwin y Pradera del Ganso. Con escasos recursos, en medio de una realidad huérfana de logística, tuvo que improvisar todo tipo de estrategia; con solo tres cañones contrarrestó el avance de las  súper preparadas tropas inglesas que avanzaban sin cese ni compasión. Con proyectiles limitados, sin un observador adelantado y abandonado a su suerte por el desconocimiento del terreno por los superiores que le encomendaron una tarea casi suicida, decide no rendirse.

En medio de un terreno abierto expuesto a ser blanco fácil y directo del ataque conjunto de las fuerzas británicas, lejos de quejarse piensa cómo puede hacer para salvar la apremiante situación. Apela, sin saber, a lo que el genio de la física Albert Einsten supo decir: “Creatividad es ver lo que todos los demás han visto y pensar lo que nadie ha considerado”. Decide hacer cálculos complejos y precisos en medio del dramatismo y toda escasez. Pero no solo se ocupa de eso, sino que no pierde de vista la seguridad de sus hombres; los protege estando atento a cada uno de sus movimientos, necesidades y temores. Como un padre celoso del bienestar de sus hijos, pone todo el ímpetu de su carácter para que nada los aplaste en el caos y terror de la batalla; los anima a luchar por sus vidas en la euforia del combate y hace todo lo posible para apartarlos de los lugares más peligrosos. La atención a cada detalle se basa en su entrega y abnegación. Y, quizás por eso, el ex soldado Alejandro Cano -quien en 1982 con solo 1 años fuera su radio operador- hoy, con el pecho henchido de orgullo le recuerda a Agustín (el hijo de sangre de Chanampa) que lo considera su hermano más chico, porque durante la guerra, aquel jefe, aquel líder, se convirtió en su papá, pues fue su guía y protector.

Emocionado por lo que los “hombres, los soldados” de su padre sienten por aquel joven de 27 que se portó como un cabeza de familia experto antes de concebir un hijo y conformar una familia, luego de la reciente ceremonia de aniversario del Bautismo de Fuego del Grupo de Artillería Aerotransportada 4, le regaló a su papá que es también el “padre de los cañones” lo siguiente:

“¿Te habías olvidado de lo que se sentía al lado de esos cañones? Creo que no… Recuerdo que cuando yo era más chico y me tapaba los oídos cuando se hacía esta representación del combate en Malvinas y vos me decías que con municiones de verdad suenan el doble de fuertes. Aunque nunca lo escuché de esa forma, no dudo que haya sido así, pues cada vez que hablamos y estoy de tu lado izquierdo me pedís que hable más fuerte porque no me escuchás bien.

Nunca pensé que hubieses accedido a tirar de nuevo cuando te vi ahí a vos y a los demás veteranos en los 6 cañones que había. Me olvidé del asfalto, de la gente alrededor y mi cabeza los llevó a Malvinas; los veía con el cañón enterrado en el blando suelo malvinero y en mi cabeza estaban todos los detalles que me contaste del combate. Los veía ahí, haciéndole saber a los piratas con quien se habían metido. Después, lo único que atiné a hacer fue darte un abrazo y dejar caer el lagrimón que me estaba aguantando”.

En el día del padre y en esta historia de cuidado, responsabilidad, entrega, coraje, improvisación, cobijo… en fin: amor, no hay dicho más oportuno que el del Tte. Roberto Estévez, quien no pudo ser papá porque murió mientras le ponía el casco a uno de sus soldados en un gesto de protección amorosa digna de un padre: “Las palabras convencen, pero los ejemplos arrastran”.

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