Algunos muy simples y bien ejemplares episodios de paranoia, estupidez y absurdidad extremas que dejó la ‘pandemia’

1197

Escribe: David Rey

Materos, ante todo…

Parque Urquiza, Rosario, pasadas las diez de la mañana de otro insípido domingo más. Mientras la pequeña se columpia en una hamaca, sus aparentes padres permanecen sentados cerca de ella, tomando mate. Los dos están «embarbijados»; incluso el padre lleva puestas unas gafas oscuras, de modo que su rostro está totalmente cubierto. Parece el malo de una película de acción. Su mujer le alcanza un «verde»; el marido, antes de sujetarlo, se desprende el barbijo (le queda colgando de la otra oreja), toma la infusión, le devuelve el mate a la esposa y, cuidadosamente, se vuelve a colocar el tapabocas. Esta misma operación la repite mujer; es decir, se quita el bozal para tomarse un mate, y se lo vuelve a poner. Así, todo el tiempo. Parecen permanecer en estricto silencio… mientras la nena se divierte por su cuenta.

Un alienígena… de shopping

Shopping Alto Rosario, alguna tarde/noche de la semana pasada (igual a todas las semanas de siempre, desde entonces). Un -supuesto- señor de unos setenta años, más que menos, se detiene frente de una zapatería. Observa detenidamente la mercancía exhibida. No solo tiene puesto un barbijo, también lleva colocada en la cabeza una super máscara que le cubre todo el rostro. Es un verdadero casco futurista. ¿Se trata, pues, de un ser humano que se protege del resfriovid… o -siendo menos exagerados- de un alienígena, venido del futuro, que visita por primera vez nuestro planeta medio camuflado entre los humanos? Sigue caminando, dubitativo (quizá todo sea extraño para él), se detiene en la puerta de ingreso del local… Observa. Y prosigue su camino, misterioso, al tiempo que bambolea una bolsa naranja que lleva consigo, algo que ya compró por ahí. ¿Será para llevarlo a analizar dentro de un platillo volador, para camuflarse mejor, para exhibirlo como trofeo en el país de Alf?

Christian Garcello y las ‘desasociadas’

Christian, amigo de peripecias, no sale de su asombro. Su pequeña ciudad, Los Sunchales, es reflejo del mundo (de cómo está el mundo hoy, es decir). Conoce tres mujeres embarazadas que , casualmente, se vacunaron el mismo día y en el mismo lugar. Son esas coincidencias «cósmicas» con que quizá el Cielo nos llama para que despertemos. En efecto, las tres perdieron el embarazo al poco tiempo. «Yo soy amigo de una ellas», me dice. «Ella me contó que las otras dos, como ella, también perdieron el embarazo». Pero tiene algo más interesante todavía: «¿Y vos podés creer que esta chica… no asocia que es la vacuna? Yo la verdad… me dije ‘listo, quedate en el molde’… Porque si ellas mismas no lo asocian… Iban a los controles juntas, se vacunaron juntas, habían hecho una amistad… Las tres perdieron el embarazo después de vacunarse… y no lo asocian… habiendo un común denominador…». Parece que el Cielo va a precisar algo más que «coincidencias cósmicas».

¡En familia!

Soy un león de casa y no me interesa salir a ningún lado. Pero esta vez, se juntaba toda la «family». Tenía que ir yo también. Estaba pensando en todos los chistes que tenía almacenados en la cabeza… cuando la ultra-super tatuada y vestida como recontra-prostituta-barata «recepcionista» me impidió el ingreso al bar. No sé si tenía dos, cuatro o veinte «piercings» que le colgaban de la cara. El caso era que sin barbijo no podía ingresar al local. ¡Y resulta que encontré uno en el bolsillo, menos mal! Saqué una cosa muy fiera, toda sucia, arrugada… Enfrente de ese estrafalario ser femenino me puse esa cosa muy bacteriológicamente activa… ¿Así está bien?, le pregunté. Tras dudar, me dijo: «Pasá». Gracias, suspiré, y retiré esa cosa fea de mi cara, ¡inmediatamente! No tengo la cuenta de la cantidad de pintas que me tomé esa noche…

El pelotudo del hijo

Tipa jodona. Todo lo tomaba para el lado del tomate… y siempre con sus bromas. La vez que le quise dar un beso (hacía tanto que no la veía), se alejó de un salto. «¿Me querés contagiar?», me dijo. Y yo pensé que estaba bromeando, como siempre. «Mamá», le fue a decir el pelotudo del hijo una noche, «me dio positivo el PCR». Dos o tres noches atrás habían pasado un grato momento en familia. La vieja esa noche se rezó tres veces el Rosario; no satisfecha con eso… se mandó clonazepam como para calmar a un caballo en celo. A sus amigas de WhatsApp les había contado lo preocupada que estaba, «había un ‘positivo’ en la familia»… La mujer solía hacer chistes con que era gorda, lo cual habrá sido de poca gracia para los que la tuvieron que bajar del tercer piso. El pelotudo del hijo todavía sigue convencido de que el COVID le produjo un ACV a la madre, la que pasó toda la «plandemia» sin un solo síntoma… aunque, a pesar de los chistes, profundamente aterrorizada. No le gustaban las flores porque traen bichos, y se marchitan, como todo en la vida. Prefería el helado.

Corredor en silla de ruedas a pesar de «las bondades» de la «vacuna»

La periodista lo entrevista. Él mismo lo dice: «Después de la vacuna…». El muchacho, después de inocularse, empezó con cosquillas en los dedos, hasta que quedó en sillas de ruedas. Sindrome de Guillain-Barré, y toda la yerba. Toda la pandemia pasó sin siquiera resfriarse, se vacuna… y a los quince días queda postrado. Tipo famoso, ojo… Fue corredor de autos. «No somos antivacuna», repite la periodista, «pero después de la vacuna usted dice que tuvo estos ‘efectos adversos'». Y la misma periodista, en la misma nota, habla con el médico del campeón, el cual explica: «No hay suficiente cantidad de casos para que podamos hacer una presentación formal…», pero en definitiva da a entender que al corredor, la vacuna, lo dejó postrado. Y sigue: «Como vos decís, claro que las ventajas de vacunarse son superiores a los efectos adversos, nadie lo discute» (¿Le dirá lo mismo al paciente, en privado?). Por último, el corredor le explica a la periodista que tiene prohibido volver a vacunarse, a ponerse «la segunda». Es que corre riesgo su vida. Fiel a su sagaz estilo, la mujer de prensa, entonces, le re-pregunta: «¿Y qué piensa hacer si se hace obligatoria la vacunación?».

La mamá del Martín

Me lo encontré en la cola de un supermercado. «¿Sabías que se murió la mamá del Martín?». Uf, no, no sabía. De qué murió. «¡Y… de COVID!». Ahá… qué bárbaro. ¿Pero qué le agarró? «Y, estuvo más de un mes internada». Dónde. «En el Rosendo García». Pero cómo que se murió de COVID, qué síntomas tenía, qué le dijeron los médicos, por qué terminó internada. «¡Ah, no…! No tenía ningún síntoma. Se fue a hacer ver porque tenía infección urinaria… y ahí quedó».

The runner

Sentí la hostilidad de su mirada peor que si me insultara a viva voz. Plena pandemia de gripe y yo… descarado, sin barbijo por la calle, como si nada. Yo iba, él venía. Fueron dos segundos que me mantuvo su amonestador escrutinio. Yo volvía a casa del trabajo, él salía a correr. Estaba vestido apenas con una remera naranja flúor, pantaloncitos cortos y zapatillas deportivas (además de, claro, su salvaguardador barbijo). Había sido un día de sol, pero el ocaso traía consigo un drástico descenso de la temperatura. Menos mal que le hice caso a mi mujer, cuando me dijo temprano: «Llevate el abrigo… que te vas a enfermar». Como durante todo el invierno, ese día estaba vestido con calzoncillos largos, pantalones, remera mangas largas, un pulovercito para llevar a abajo, un pulover para llevar arriba… y campera para ir al Ártico. ¡Qué barbijo ni qué barbijo!

Doña Mercedes, qué vitalidad

97 años. La mujer tenía sus tres o cuatro mujeres para que la cuiden… pero ella las tenía como a amigas, ya que no necesitaba a nadie para que la cuiden. Apenas le aquejaba un problema para caminar, por eso que usaba un bastón. Doña Mercedes, mujer como pocas, ella misma hacía ravioles de a docenas… e invitaba a todo el mundo a comer. Mujer sabia, enciclopédica… se la pasaba leyendo todo el día. Dos años de «pandemia», y nunca tuvo nada. ¿Quién la mandó a vacunarse? No sé. ¿Para qué diablos fue a vacunarse…? Tampoco sé. Empezó con tos y fiebre. Mirta, la sobrina-nieta, le dijo al marido… cuando se la llevaban: «De esta no creo que vuelva». Y no, no volvió… Hoy la recuerdan con cariño y admiración: «¡Sabía de todo esa mujer!». Yo, que lo escucho resignado, ya sé cómo sigue esta historia. «¿Y sabés de qué murió?». Lo miro, entonces, con preocupación. De qué, le pregunto. «Y de COVID, de qué querés que muera», me dice. Lo que habrán sido esos ravioles…

Festeje, don Alberto

Don Alberto anda buscando el vino más caro, quiere celebrar. Tiene 81 pirulos y tras haber estado internado 27 días, ¡se salvó raspando! Vaya que sí. Desde un céntrico sanatorio se comunicaron con su hijo para decirle que ya no había más esperanzas y que, por tanto, lo tenían que desconectar. Se iba a morir nomás. «Esperen, lo desconecto yo», dijo el hijo, y se lo llevó para su casa, contra viento y marea. Tras dos meses de recuperación at home, el viejo ahora tiene que usar un bastón… y mejor que no se le ocurra alejarse mucho del baño, más allá de que esta es la primera vez que se anima a salir. ¿Y se había vacunado, don Alberto?, le pregunté. «¡Las dos tenía!». Le digo: Entonces a usted no lo internaron por COVID, lo internaron por la vacuna. Con ojos grandes me mira, y me dice: «No tengas la menor duda». A mí me da de pensar, entonces, que los mismos médicos lo querían mandar para el otro lado, don Alberto. «¡No tengas la menor duda! Si el mismo presidente dijo que los viejos somos un gasto… ¡Nos quieren limpiar a todos!». Ese vinito que muchas veces los viejitos agradecidos les regalan a sus médicos, esta vez se lo toma don Alberto. Se llevó un Luigi Bosca. ¡Que lo disfrute!

La ruleta rusa del gordo

Se quejaba el gordo de que no sé qué le iba a decir al patrón para que le pague más, pero también se quejaba de que desde que se le murió la madre… se le complicó todo a él, a la mujer y a los hijos: ya no tenía quién les prepare de comer. Y de qué murió, le pregunté. Y, claro, me miró como si le preguntara si el agua moja. «¡De COVID murió!», me apercibió. La pobre mujer hacía como unos tres meses que había partido… Fue, entonces, la única de la familia que se había vacunado (con una sola dosis). ¡Entonces no murió de COVID, la liquidó la vacuna!, me exacerbé con el gordo. Pero el muchacho estaba bien programado, parece. Me dijo: «Ella se tuvo que vacunar porque era ‘de riesgo’, era diabética…». Pero es la única que se vacunó y es la única que se murió, insistí. No obstante esto, con el paso de los meses, no solo que también el gordo terminó vacunado -estaba en la ‘dulce espera’ por ‘la segunda’- sino que, además, su esposa también ya lo está y, por si esto fuera poco… ¡ya anotó a su hijo de 13 años para que se inocule! Gordo, vos no estás bien de la cabeza… Pusiste a tu hijo a jugar a la ruleta rusa. «Y qué querés», me dijo, «cuando te toca te toca».


Te invito a que me ayudes a seguir haciendo PERIODISMO INDEPENDIENTE.

Podés hacerlo a través de Mercado Pago.

Clic aquí para aportar con $ 500 (pesos argentinos);

Clic aquí para aportar con $ 1000;

Clic aquí para aportar con $ 2000;

Clic aquí para aportar con $ 5000.

¿Te parece otro monto? Enviá un mensaje a info@davidrey.com.ar y te respondo con un link para realizar el pago que quieras o, bien, podés hacerlo enviando dinero a mi CVU de Mercado Pago: 0000003100047927961753 (alias: davidrey11.mp)

También podés transferir directamente a mi cuenta bancaria del Banco Galicia:

CBU: 00702333 30004016158682;

Alias: DAVIDREY11

Desde ya, ¡muchas gracias!

Compartir