Transcripción:
Muchas mujeres pobres sueñan con su príncipe azul. Pero muchos jóvenes ricos sueñan con el Cielo: quizá por esto elijan ordenarse como sacerdotes y quizá éste sea el caso del Padre Carlos Mugica Echagüe. Pertenecía a la élite porteña, tan antiperonista que incluso estuvo entre los que festejó el derrocamiento de Perón. Tras estudiar abogacía, sintió el llamado de Dios, y sus primeros pasos como cura lo llevaron a deslumbrarse con la realidad de los “sectores populares”. Sin abandonar nunca los privilegios de su clase (vacacionaba en París), su afición por los pobres lo llevó a enrolarse decididamente en el peronismo y en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Fue un hombre de Dios llamado a desafiar siempre al sistema.
Un cura excéntrico, de apariencia cinematográfica, tan desobediente con la jerarquía eclesiástica como apasionado al momento de interpretar la realidad. Para él, la violencia era el plato de comida que faltaba en las casas de los pobres. Tal era la gracia con que transmitía, que bajo su encantamiento se configuraría la facción armada que con la boca del fusil pretendería llevar la justicia social a todo el continente: Montoneros. No sólo fue amigo de Firmenich sino además el cura que lo casó. Pero para el Padre Mugica había algo más importante que el plato de comida y la lucha armada: el general Juan Domingo Perón.
Cuando Perón regresó, Mugica llamó a deponer las armas y a empuñar los arados. Ahora el desafío pasaba por apagar el fuego que él mismo había encendido. Pero ya era muy tarde: puede un cura cambiar su pensamiento, pero no pueden los asesinos cambiar los métodos con que se formaron. Su divorcio con Montoneros se dio en un marco de mutuos reproches. El Padre no sólo se sentía amenazado, sino que, además, terminó por confesarse con el Padre Julio Meinvielle: “Deseo morir en el seno de la Iglesia”, le dijo. Un año más tarde, un 11 de mayo de 1974, fallecería acribillado a balazos luego de celebrar misa en la Parroquia de San Francisco Solano, en Villa Luro.
Cuando los zurdos recuerden al Padre Mugica, sabemos que están usando una figura que desprecian internamente. Como buena parte de los terroristas, también Mugica conoció el Mayo Francés y tuvo su paso por Cuba, aunque volvió decepcionado. Su asesinato, en democracia, es ilustrativo del fragor de una época sin sentido. Sin lugar a dudas, los asesinos del Padre Mugica fueron exactamente los mismos que salieron del fragor criminal que él mismo alentó. Claro que a Dios se puede llegar por los más diversos caminos, pero una vez que se llega, el camino, entonces, es uno solo. Si en vida el Padre Mugica representó una provocación permanente, después de muerto su recuerdo apareja un último desafío y -esta vez sí- un mandato de Dios: la unión verdadera de todos los argentinos.
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