Caso perdido

166

Escribe: David Rey

Lo suelo ver seguido, siempre borracho o no sé qué. Hace poco les pregunté a los de la estación de servicio:

«¿La aspira o la toma?».

El muchacho me dijo:

«La aspira, pero yo vi que también la toma… Y sí, algo la debe tomar».

El caso es que lo vi pasar varias veces con un bidón con nafta. El loco… «alegre» de la vida.

Aunque parezca sumamente increíble y descabellado, el loco se droga con nafta. Yo digo que solamente la aspira, otros me dicen… la toma.

Hoy, empero, apareció increíblemente sobrio (dentro de lo que es estar «sobrio» en tales circunstancias). Me vino a pedir un cigarrillo. Yo estaba mirando si iba a llover o no.

Y como le di un cigarrillo (tras apretar su mano pegajosa… porque eso sí, el «caballerismo» les nace de algún lado y siempre te tienden la mano), enseguida vio la posibilidad de «manguear» algo más. Quería plata.

«¿Vos sos el que pasa por acá con un bidón de nafta?», le pregunté.

«Sí… lo que pasa es que vos no sabés todos los quilombos que tengo», me dijo, y no sé qué otra jerigonza me quiso explicar.

Claro, lo que él no sabe es que yo soy periodista y sé mejor que él que él es un caso perdido y que prácticamente tuvo que ver cómo asesinaron a su hermano enfrente suyo. A los tiros, como se resuelve todo por aquí.

Y, bueno, los periodistas somos expertos en abocarnos a casos perdidos. No sería periodismo de otro modo.

«Mirá», le digo, «esa alcantarilla está tapada con mugre, y los vecinos se viven quejando. Los hijos de puta tiran toda la mugre a la calle, se tapa el desagüe… y después se quejan. Te doy cien pesos si ponés toda esa porquería en una bolsa y la tirás al tacho de la basura», y se lo señalé, como quien define un destino.

Me pidió un rastrillo. Le traje una escoba y bolsas de consorcio, que no joda.

Y la verdad que me sorprendió. No quedó como el césped del Gigante de Arroyito… pero el loco dejó la alcantarilla totalmente destapada.

Con algo de satisfacción le di los cien pesos prometidos (laburó… 15 minutos, a lo sumo).

A la media hora… pasó con un cajón de cervezas que, envidiablemente, llevaba al hombro.

Me saludó y todo.

Al menos no era un bidón de nafta… o una Brahma.

Isenbeck… buen gusto.

Compartir