Escribe: David Rey
Cuando el entonces oficial de la policía bonaerense José Antonio Cácere ingresó al domicilio de las calles 94 y 126, en Berisso, para llevarse preso a un ladrón, nunca imaginó que éste iba a quedar liberado en solo un par de horas mientras que él mismo habría de terminar con una condena a cadena perpetua. En rigor, el móvil policial lo había perseguido durante quince cuadras, el muchacho conducía una moto robada. Llegado este último a la mencionada intersección, soltó el rodado y buscó refugio dentro de un aguantadero. Allí no sólo que lo aprehendieron a él, sino que, además, se encontraron con Néstor Ariel Canizzo, un conocido del hampa que descansaba sobre una cama y que contaba con pedido de captura. Eran las once y media de la mañana del 21 de octubre de 2011.
Ambos malhechores fueron trasladados a la Comisaría 3º de Berisso; allí el arrebatador recuperó enseguida la libertad dado que era menor de edad (17 años). En cuanto a Canizzo, de treinta y pico, se dispuso su traslado a la Comisaría 4ta., que sí estaba en condiciones de albergar reos. Allí compartió calabozo con Víctor Raúl Elguera Villegas, quien testimonió que Canizzo, tras ingresar en buenas condiciones -tal cual se documenta con material fotográfico, inclusive- terminó por descomponerse para, finalmente, fallecer tras caerse de la cama superior de la cucheta, 18 horas después de su apresamiento. En rigor, el informe pericial (autopsia mediante) determinó que la mala vida -Canizzo era drogadicto- junto con fallas cardíacas preexistentes ocasionó tan dramática descompostura que llevó a la extinción de su vida. Todos los policías, entonces, resultaron exentos de culpa y cargo.
Pero pasaron los años y la Asociación Miguel Bru de la ciudad de La Plata apeló el fallo de primera instancia y su perito de parte, Omar Alejandro Ledesma, encontró, tras peritar fotografías, que Canizzo, en realidad, había sido asesinado. Resumidamente, Ledesma dio con que el fallecido tenía una fractura en el hueso hioide (la nuez de Adán), los jueces de la nueva instancia judicial descartaron todos los testimonios habidos y por haber y, finalmente, procedieron a condenar a dos policías a perpetua, de los cuatro que, según el fallo, no sólo que habrían maltratado salvajemente a Canizzo durante su aprehensión sino que, además, habrían tenido la intención de darle muerte (se los imputó por homicidio doloso, pues).

El fallo se basa en los testimonios de quien fuera primeramente aprehendido (el ladrón de la moto) y un hermano de Canizzo, más allá de las grandes discordancias entre ambos. Lo que, en resumen, hicieron los jueces fue recortar las partes de los testimonios de ambos que eran útiles para condenar a los policías y hacer a un lado las contradicciones, más o menos como lo abrevió el abogado de Cácere, Fabián Améndola, en un programa de televisión. Lo curioso es que, en lugar de condenar a todos los policías actuantes (de principio a fin) como correspondería, para quedar bien con Dios y con el diablo, condenaron a solo dos. Increíble, ¿no?
Pero, más asombroso aún, es el hecho de que una pericia fotográfica haya deslegitimado nada menos que a una autopsia. Un moretón imaginario en el cuello del fallecido que no sólo que no se distingue en la fotografía que le tomaron a Canizzo cuando arribó a la segunda comisaría, sino que, de haber sido real la fractura en el hueso hioide, el hombre tendría que haber requerido de asistencia médica de inmediato. Lo que a Canizzo le hubiera generado, entonces, el deceso en dos horas… le permitió sobrevivir unas 18. Supuestamente, el muchacho estuvo con esta grave lesión todo ese tiempo sin manifestar siquiera dolor en la garganta, sin que en ningún momento se la hayan detectado y sin que la misma haya sido advertida nada menos que en la autopsia que le hicieron. Ahora, supongamos que la lesión sí existió y que la misma se produjo no durante su aprehensión sino estando ya detenido en la Comisaría 4ta., ¿por qué lo meten preso a Cácere y a otro de los uniformados que comenzaron el procedimiento?
En fin, para qué seguir con el detalle de todas las irregularidades que faltan si ya sabemos que solamente servirán para engrosar nuestra indignación e impotencia. Lo cierto es que, como bien nos tiene acostumbrado, el circo de los “derechos humanos” otra vez se salió con la suya: los delincuentes colocados en el pedestal de las víctimas-mártires consagradas y los uniformados apresados para siempre. Ahora, el caso ya pasó a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, donde José Antonio Cácere ruega a los jueces que, al menos, lean su caso. Como dijo a DAVIDREY.com.ar y a tantos medios, él no busca impunidad sino justicia. Hace seis años que lleva preso por el simple hecho de haber realizado su trabajo.
Lo que podría ser una solución definitiva, empero, se encuentra sujeta a los tiempos azarosos de la justicia de este país. Ni Dios debe saber el día y la hora en que los máximos magistrados de nuestro país “se tropiecen” con este caso, si acaso lo han de leer… y si, en definitiva, han de fallar conforme a derecho tras revisar las pruebas de Cácere y los sorprendentes absurdos que orbitan el último fallo. Mientras tanto, dos inocentes se encuentran privado de su libertad, sus familias destruidas y, como ya no sorprende a nadie en este país, los “derechos humanos” (de los delincuentes) se ríen de todos nosotros, sueltamente.
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