Chile: el mejor gobierno menos querido de la historia

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La subjetividad política está determinada por factores que se relacionan con el “malestar del éxito”.


Por Mauricio Rojas

La encuesta Adimark de julio no puede haber sido una lectura agradable para Sebastián Piñera y sus colaboradores. Se quiebra la curva ascendente de aprobación que él y, en especial, su gobierno venían experimentando desde hace ya algún tiempo. Se confirma así el hecho de que estamos en presencia del mejor gobierno menos querido de nuestra historia.

Para los observadores extranjeros se trata de una paradoja que no encuentra fácil explicación. Con la distancia y el desapego de quien no es parte de “la cosa chilena” les cuesta entender que un gobierno objetivamente tan exitoso sea tan poco apreciado por su gente. Ellos, claro, ven el éxito de manera comparativa, es decir, contrastando el desempeño de Chile con el de otros países. También podrían comparar con los compromisos asumidos por el gobierno y su confusión no sería menor, ya que el nivel de cumplimiento de metas, incluyendo el esfuerzo de reconstrucción, es simplemente notable.

Para penetrar en este enigma chileno, que de igual manera se manifiesta en el rechazo al “modelo” que ha fundado el progreso del país, hay que apelar no a la objetividad sino a la subjetividad, que es lo que siempre se mide en las encuestas y se expresa en las movilizaciones y también en las votaciones, por más que uno trate de buscarle una explicación “objetiva”.

La subjetividad política chilena está determinada por una serie de factores que en parte se relacionan con el actual presidente y su gobierno, pero aún más con lo que podríamos llamar “el malestar del éxito”, es decir, el frustrante éxito de un progreso que multiplica nuestras expectativas mucho más rápidamente de lo que puede satisfacerlas. Vamos por partes, empezando con Piñera y su gobierno.

SP13Sebastián Piñera fue elegido, prescindiendo del deterioro de la Concertación y su lamentable candidato, por la épica de su historia personal y por el reto que a partir de esa historia le proponía a Chile: “Despertar de la siesta”, tensar sus fuerzas y dar un salto decisivo al desarrollo, derrotando de paso a la pobreza y, sobre todo, a ese espíritu de mediocridad y resignación que nuevamente se estaba imponiendo bajo el gobierno de Michelle Bachelet. Era un gran emprendedor que invitaba al país a no aceptar más las “derrotas honrosas” y emprender la aventura inolvidable de no quedarse a las puertas del desarrollo. Por ello y para ello Piñera fue elegido presidente el 17 de enero de 2010.

Esta épica del Chile “que se levanta, crece y se agiganta” se reforzó de manera decisiva con la forma en que Piñera enfrentó el desafío del 27/F. Donde otros se hubiesen amilanado y rebajado sus ambiciones, Piñera vio un desafío más, una adversidad que ponía a prueba sus energías y capacidades de manera límite y decidió “hacerlo todo”. Así, a sus compromisos anteriores les sumó no sólo el de reconstruir Chile bajo su mandato, sino de hacerlo mejor que antes. Era, en suma, el elemento ideal para un emprendedor que crece ante los retos más duros. Así se conjugaron, de una manera afortunada, una historia personal y la de un país en un momento clave de su devenir. Para Chile, Sebastián Piñera “was the right man, in the right place, at the right time”.

Sin embargo, en este “sí, podemos” lleno de optimismo y confianza, residiría también el talón de Aquiles de Piñera y esto en dos sentidos. Por una parte, por las expectativas que creaba, que fácilmente podían generar unas demandas que exceden lo que cualquier gobierno puede satisfacer. La consecuencia de ello ha sido una marcada tendencia a la decepción y a menospreciar lo que se logra, ya que nuestra percepción de lo que es el éxito o el fracaso no se mide por lo que realmente hemos logrado, sino por lo que imaginamos que podríamos haber llegado a lograr.

Por otra parte, y aún más problemático desde el punto de vista político, está la intolerancia ante los fracasos, dificultades y errores que siempre ocurren en una gestión gubernamental o humana en general. Este es un hecho clave en la percepción de la figura del presidente y su gobierno, a los que, literalmente, se les exige todo y no se les perdona nada. Cada fracaso o paso en falso les es enrostrado sin compasión y de una manera que no guarda proporción con el conjunto de lo que sin duda es una gestión muy exitosa y aún menos con la forma en que se juzga a otros gobernantes.

Todo esto es clave para entender la desafección de una parte considerable de la ciudadanía a pesar de los éxitos del gobierno de Piñera. Pero en esta paradoja se refleja también un cambio más profundo de la sociedad chilena: el surgimiento de una gran clase media que conjuga sus crecientes aspiraciones con una impaciencia cada vez mayor por realizarlas.

De esa clase media proviene una generación joven, hija de la democracia y del progreso, que asume como insuficientes condiciones de vida antes sólo soñadas por la gran mayoría. Nunca una generación ha vivido tan bien ni ha tenido horizontes más promisorios como aquella que, al menos en parte, tan categóricamente rechaza las bases de su propio bienestar. Es con esta generación inconformista y con su incontenible deseo de un progreso aún mayor aquí y ahora, que el gobierno de Sebastián Piñera ha debido medirse. Esa ha sido la oposición real, hija no del fracaso del “modelo”, sino de su éxito. Es una oposición de futuro, aunque mal canalizada pueda terminar amenazándolo.

Fuente: El Pulso (Chile)

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