«De Theodora a Teodoro», la Declaración de la Academia del Plata

La tarea de una institución como la nuestra ha de ser entonces la de alertar contra la pérdida de los valores y los principios y el intento de divorciar a la inteligencia de la realidad.

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Escriben:
Guillermo Lousteau Heguy – Secretario
Gerardo Palacios Hardy – Presidente

I

La ofensa pública planificada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para ser infringida a los cristianos desde el escenario del Teatro Colón, ha servido para que se pueda medir la malicia de ese proceder, pero también la de algunos clanes que se han sentido en la obligación de justificarlo, si no de enaltecerlo.

Georg Friedrich Händel o Haendel (1685-1759), contemporáneo de Bach, fue un prolífico y notable compositor de la época barroca, que se hizo especialmente célebre por sus oratorios, dramas sacros divididos por lo general en tres actos o partes. De éstos el más famoso es El Mesías, tal vez por su Aleluya, compuesto para coro mixto y orquesta e inserto al final de la segunda parte, pieza que, el día del estreno del oratorio en Londres, hizo poner de pie al rey Jorge

II.

Menos conocido –pero no por ello de menor belleza- es otro oratorio suyo compuesto en 1749 y estrenado también en Londres en 1750, al que Haendel llamó Theodora porque relata el martirio sufrido por una mujer con ese nombre, víctima de las crueles persecuciones y matanzas de cristianos dispuestas por el emperador Diocleciano (245-316). Esta última fue la obra musical que, como obvia añagaza, presentó hace unos días el Teatro Colón. Y el adjetivo se explica, porque una persona medianamente avisada debía sospechar que algo se ocultaba detrás de los términos melifluos empleados en el programa, tales como que “esta versión se construye intentando transformar las restricciones a las que nos somete la pandemia en potencia expresiva […] Dejando testimonio de la fuerza transformadora que tienen el arte y la imaginación en tiempos oscuros.” Nada más extraño al sentido de la obra, a lo que se sumaba la inclusión de una ‘actriz invitada’ (sic) entre los cinco cantantes solistas (soprano, mezzosoprano, tenor, contratenor y bajo), únicos previstos por el compositor, como así también la supresión del coro, lo cual, tratándose de un oratorio de Haendel, debe tomarse como una suerte de herejía musical.

No hubo que esperar mucho para descubrir qué se traían oculto los funcionarios del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires responsables del bodrio, porque al espectador – apenas llegado –  lo recibía esta frase proyectada en el escenario: Nuestros dioses son queer porque son los que queremos que sean. De ahí en más, la bellísima música de Haendel se veía continuamente interrumpida para dar entrada a la “actriz invitada”, cuya actuación consistía en discursos de alabanza a la sexualidad desviada, blasfemias contra Dios y la Virgen María y agravios a  la Iglesia católica, tomados de escritos de una tal Marcella Althaus-Reid (1952-2009), quien gustaba presentarse en vida como “teóloga indecente”.

II

Hasta aquí los hechos, presentados del modo más escueto y objetivo posible y que, por lo demás, generaron una amplísima repulsa de personas e instituciones, de las cuales muy pocas, como era de esperar, lograron un poco de atención mediática. Entre ellas la Conferencia Episcopal, que dio a conocer un documento discreto y mesurado reclamando respeto y que, sin embargo, produjo la reacción mencionada en el primer párrafo de esta Declaración.

Los grupos aludidos, integrados por los de sobra conocidos patrones de la cultura, acusaron a los obispos de incurrir en un acto de censura por objetar, con base en meras diferencias estéticas o intelectuales, el derecho de los artistas a utilizar incluso la blasfemia como parte de sus obras, según ellos reconocido por las sociedades plurales y democráticas. 

En primer lugar, quienes acusan de censurar no tienen empacho alguno en hacerlo respecto de quienes protestan por haber sido agredidos en su fe, creencias y devociones. Son los mismos que ejercen a diario una suerte de poder de policía del pensamiento, prohibiendo el uso de palabras para definir o calificar, por ejemplo,  ciertos modos obscenos de vida. Pero defienden y justifican que se insulte en público a la Madre de Dios que veneran millones de personas. Menuda hipocresía.

En segundo, valerse de la representación de una joya del arte musical para injertar en ella los parlamentos gravemente ofensivos de una “actriz invitada” que, para colmo, no guardan relación alguna con la obra, nada tiene de acto cultural o artístico. Se trata, antes bien, de un acto de real malicia, tanto respecto del compositor, cuyo legado resulta invadido y traicionado, cuanto de los espectadores a quienes se les dio gato por liebre y los contribuyentes que con sus impuestos sostienen al Teatro Colón.

El diario Clarín, que a nadie se le ocurriría calificar de ultramontano u oscurantista, reconoció al hacer la crítica que “el discurso de AlthausReid termina superponiéndose al de Händel y su libretista Thomas Morell, y echando más sombras que luces sobre la obra en la que se basa, una de las más amadas por Händel”. Por su parte, el periodista Pablo Gianera escribió en La Nación: “Nada más fácil que jugar al disidente con la protección estatal (“con la nuestra”), tan fácil como la ofensa religiosa. […] Como sea, esto lacera no sólo la fe, sino también la autonomía artística, puesto que somete la obra al servilismo de la propaganda. Este vasallaje reproduce inesperadamente la trama de la obra de Händel. A Theodora se la quiere forzar a profesar algo en lo que no cree. Así también aquí mismo, en el Colón: la obra es violentada para decir algo que no dice ni puede decir, y como no puede decirlo hay que imponerlo desde afuera.”

Vale también preguntarse qué habrían dicho estos “curiosos defensores de las libertades” – así los llama Gianera- si la “actriz invitada”, en  lugar de agraviar a los católicos, se hubiera despachado contra la religión judía o islámica. O si el ministro que hace pocos días amenazó a un humorista lo hubiera hecho subido a un escenario y con el Va Pensiero como música de fondo.

Lo ocurrido en el Teatro Colón y, sobre todo, la defensa que de ello han hecho grupos minúsculos en nombre del arte y la cultura, revelan el estado deplorable en que uno y otra se encuentran hoy en nuestra patria. Y también en el mundo. Pero ello se debe, en importante medida, a la decadencia de unas supuestas élites carentes de grandeza, en las que los pueblos se ven obligados a reflejarse.

La tarea de una institución como la nuestra ha de ser entonces la de alertar contra la pérdida de los valores y los principios y el intento de divorciar a la inteligencia de la realidad. En definitiva se trata de defender el bien, la verdad y la belleza en la guerra que les han impuesto la maldad, la mentira, la ignorancia y las ideologías, tantas veces alentadas desde el mismo Estado, para hacer de nuestras vidas un deambular en la fealdad de lo sucio. Para lo cual es necesario reafirmarse en nuestra identidad cultural, nacional y religiosa y ser inasequibles al miedo de parecer distintos a lo que la propaganda exhibe como modelo.

Por lo demás, recordemos que es muy fácil agraviar, ridiculizar y hasta insultar a la Iglesia Católica y al cristianismo. Por eso su historia está jalonada de mártires, como Santa Theodora. Aunque conviene tener presente la advertencia que -¡vaya sinonimia!- el calvinista Teodoro de Beza (1519-1605) hizo al Rey de Navarra: Sire, la Iglesia de Dios es ciertamente un yunque para recibir golpes y no para darlos, pero un yunque que ha desgastado muchos martillos.   Y así lo hará contra esta impiedad moderna.


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