Se caen las «mascarillas»: después de las «vacunas», los niños se enferman más que antes

Así lo registró un estudio llevado a cabo por el Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires. Estamos frente de "un porcentaje de positividad en cuadros virales respiratorios que no hemos tenido nunca".

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Escribe: David Rey

Es hora de irse sacando las caretas. Es que, la verdad, es un asco estornudar con una puesta, ¿no? En rigor, ya no es un misterio que todo el mundo se enferma más que antes o, bien, que todos han pasado recientemente por alguna afección por el estilo… Tampoco es raro encontrarse con alguien que se queja por haberse engripado dos veces en menos de un mes, y claro que son moneda corriente los mensajes de audio de WhatsApp de alguien que habla con la voz “tomada”. Pues… ¿qué ha cambiado?

Gente que nunca se enfermaba… ahora siempre tiene algo. Pero allá ellos (que se jodan), el problema son los niños, es decir, aquellas personas que de ningún modo pudieron obstar las decisiones de los adultos. En rigor, un estudio del Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires -que comprende pacientes tanto de Capital Federal como parte de la provincia homónima- determinó -según publicó El Tiempo Argentino– que “del 1 de enero al 30 de junio, el 94,3% de las 456 muestras analizadas para técnicas de cuadros respiratorios de 406 pacientes menores a 18 años fueron positivas para algún virus”.

El estudio en cuestión se bautizó como «Vigilancia de virus respiratorios y evaluación de la utilidad de un método de diagnóstico sindrómico rápido (Panel Respiratorio FilmArray) en pacientes internados pediátricos de 2 hospitales de 3 Nivel». Telam, la agencia informativa gubernamental argentina, recogió la opinión de la doctora Analía Cristófano, titular del área de Infectología Pediátrica del Hospital Italiano: «Es un porcentaje de positividad en cuadros virales respiratorios que no hemos tenido nunca antes, porque habitualmente ronda mucho menos, en un 60 o 70%». Según la médica, las estadísticas de este estudio en particular se condicen, justamente, con los informados por los hospitales pediátricos del Garrahan, Gutiérrez y Pedro de Elizalde. En todos lados está lleno de mocosos, significativamente más que antes.

Cristófano explicó que el incremento de afecciones se debe a que los niños «no han generado anticuerpos específicos a estos agentes porque no se expusieron por un gran tiempo a la gran variedad de virus, que circulan todos los años, al no tener escuela de forma presencial; hablamos de cuadros virales que producen tos, catarro, dolor de panza, diarrea. Hay muchos más virus circulando a la vez, que no es lo usual». De manera que, entonces, para la médica, los niños, durante la pandemia, estuvieron guardados dentro de una sala estéril o de una burbuja súper profiláctica, donde las sobras en la basura no se pudrían, donde el perro o el gato no hacían sus necesidades y donde mágicamente uno podía vivir sin traspirar o generar cualquier clase de desechos bacteriológicos. Ahora que “se terminó” la pandemia, y que repentinamente los llevamos de excursión a la punta del Himalaya… resulta que están todos con afecciones respiratorias.

En fin… claro que le van a buscar la quinta pata al gato antes que aceptar el “macanón” que se mandaron. Pero el “macanón”, a decir verdad, no es la obscena entelequia de pretender hacernos creer que durante dos años los niños estuvieron dentro de una sala de aislamiento (al estilo de las que vimos en “Dr. House”) sino la caradurez (hijaputez) con la que aún quieren esquivar la responsabilidad que bien les corresponde por haberles transmitido, nada menos que a los niños -los adultos, que se arreglen por torpes- todo ese miedo y toda esa confusión con la que estuvieron sometidos todo este último tiempo. Todavía no está fehacientemente demostrado que los virus “se contagien”; pero el terror que ustedes les contagiaron a los niños es algo que no precisa demostrarse. Sabrá Dios cómo articular la forma para perdonarlos.

“Una mente sana es un cuerpo sano” dijo alguien por ahí. Y lo cierto es que una mente cuya evolución se ve truncada por el miedo y el absurdo no ha precisamente de sostenerse en un cuerpo saludable. Millones de niños que no pudieron ser malcriados por el cariño de sus abuelos, millones de niños que comenzaron a mirar todo con desconfianza, millones de niños que absorbieron la impúdica realidad de estar rodeados de imbéciles adultos con barbijo y frotándose las manos con alcohol cada dos segundos…

Pero no todo pasa por la psicología, claro. Por si algo le faltaba a este cóctel de imbecilidad compartida entre médicos, políticos, periodistas y adultos en general, llegó la sacrosanta “vaccine” para asegurarse que no quedaran cabos sueltos, y millones y millones de niños fueron inoculados contra un resfriado trivial en función de un virus indemostrable (no descubierto, no aislado, no fotografiado, no existente) en el marco de una pandemia falsaria, política.

Ahora los niños se enferman más que antes (los adultos también, claro… pero que se jodan por boludos. Claro que era más fácil aferrarse al credo televisivo que sentarse a pensar por uno mismo. Los entiendo. Las farmacéuticas que exprimirán sus magros sueldos para curarse de lo que no tendrían que haberse enfermado, los entienden mejor que yo, desde ya). ¿Qué no había antes de 2021 -la pandemia- que lo hubo sobrada y compulsivamente después de los primeros meses de ese año? ¿Qué les empezaron a dar a los niños, además de más terror y confusión televisivos, antes de finalizar el año pasado? ¿Se puede ser tan imbécil de creer que porque el niño fue a un parque a respirar como un ser humano se enfermó y no porque lo inocularon con algo experimental?

En fin, la doctora Cristófano nos da a entender que es peor la cura que la enfermedad. Claro. No se puede retirar a los niños de su hábitat natural, puesto que sencillamente se los priva de la mejor infección del mundo, la que los hará reírse y los hará llorar, la que les dolerá y les redundará en variados placeres, la que les golpeará en la frente y exactamente la misma que los llevará a ser mejores personas, la que los indignará y la que los hará sentirse orgullosos, justamente esa misma que les hará revolver las tripas de asco hasta vomitar pero también aquella que, cuando grandes, les hará soñar con la alegría de volver a aplastar los labios contra la frente fiera y arrugada de un abuelo, todo sea por repetir en el corazón la alegría de poder besar con todo el amor del mundo. No se puede privar a los niños de la VIDA, y ellos lo hicieron.

Esto les sacaron a los niños y, encima, los grafenaron. Ahora nos dicen… que se enferman porque la ventana quedó abierta… Ya no sirven de mucho las caretas o mascarillas, por más circo que quieran dar. Que Dios los perdone.


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