Ecologismo y miedo a la muerte, los paradigmas de la «nueva» religión mundial

Hoy la masa tal vez ya no sienta nada ante la idea del dios que nos daba la vida y sostenía, pero absolutamente todos temen a la gran Diosa de la Natura, la Diosa de la Vida. El globalismo necesitaba dar con un temor magno y universal, y lo encontró.

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Escribe: Nicolás Ponsiglione (*) (**)

Desde el año 2020 hasta el 2022 el mundo entero vivenció las pinceladas generales de lo que se ha dado en llamar «dictadura sanitaria», «terrorismo sanitario» o «tecnocracia médica». Con el pretexto anticientífico de la supuesta pandemia, pretexto totalmente carente de fundamentos y plagado de inconsistencias, corrupciones, intereses cruzados, propaganda, censura sistemática y mentiras descaradas, el mundo ingresó en la pesadilla de la «nueva normalidad». Un mal sueño en todo igualito al de las antiguas dictaduras o regímenes totalitarios, aunque ahora con el novedoso elemento de un genial pretexto omnicomprensivo: la salud.

En nombre de la salud se instauró un nuevo orden mundial radicalmente totalitario, una sociedad de control que anula uno por uno los derechos humanos fundamentales que siempre han caracterizado a las modernas repúblicas democráticas de occidente. Ya no vivimos en repúblicas democráticas, aunque por cierto existe una brillante excusa para este retroceso imperdonable.

A esta fase sanitaria de la dictadura mundial le sucederá a partir de 2022 en adelante la fase ecologista, medioambiental o climática, cosa que ya estamos advirtiendo de manera creciente en medios de comunicación así como en discursos políticos a todo lo largo y ancho del mundo. De hecho, forma parte de la llamada «Agenda 2030» de la ONU. Qué forma adoptará, es algo que iremos viendo en los años sucesivos. Lo que sí ya podemos advertir es que la mecánica implicada, el relato ideológico y la ingeniería social y psicológica son exactamente las mismas que en la expresión sanitaria que ya adoptó esta técnica política dictatorial.

Pensemos que ante el pretexto sanitario o el ecologista el individuo es nada. Todo, absolutamente todo, debe plegarse, adaptarse, someterse a este pretexto. Y lo hará, ciertamente; aunque siempre «por su propio bien». Hasta las cosas más impensables pueden adoptar las personas cuando son extorsionadas con cualquiera de estos dos pretextos universalistas. Esto es nada menos que la religión de masas para el siglo XXI; el feudalismo modernizado y tecnocrático exprimiendo esta cosmovisión.

Si bien la pandemia y la crisis ecológica o climática parecen dos argumentos diferentes, en esencia son una solo: la salud. Esa salud que significa vida y que deriva de una armonía o respeto por leyes que son inmutables, naturales, superiores al individuo tomado aisladamente, anteriores incluso al humano en cuanto especie. En un caso es salud del individuo, en el otro es salud del ecosistema planetario. Hablar de epidemia de cáncer o de diabetes y hablar de desastre climático es hablar de lo mismo sólo que en órdenes o escalas diferentes de una misma realidad integrada, de un mismo campo unificado. Ambas son consecuencias de la ruptura de un particular equilibrio natural intrínseco a la vida.

¿Puede alguien que no respeta su cuerpo, que lo ultraja y se intoxica sistemáticamente, luego pretender respetar el medio en que vive? ¿Puede alguien que carece de armonía con su propia naturaleza, con su cuerpo, pretender vivir en armonía con el medio ambiente? Y viceversa: ¿puede un individuo que ejecuta acciones dañinas para el medio luego pretender estar interesado en cuidar su cuerpo, alimentarse naturalmente y sostener un equilibrio interno? ¿No son dos aspectos, dos escalas de un mismo fenómeno?

El ser humano intoxicado de vicios, degradado, insensible al medio que lo rodea, antiecológico y productor de contaminación creciente, no sólo daña el equilibrio de su propio organismo: también afecta al equilibrio del organismo terrestre que damos en llamar medio ambiente. En su mal vivir afecta al equilibrio de la vida, introduciendo la degradación y la decadencia, luego la enfermedad y por último la muerte.

Es revelador entender a la salud como este delicado equilibrio de la vida en cualquiera de sus formas y escalas, yendo de la vida de una ameba, insecto, animal, planta o humano, hasta la del planeta como un todo, o incluso del sistema solar entero. La enfermedad de nuestra civilización acabó por enfermar al planeta; luego el planeta enfermo nos enfermó aún más, cerrando un círculo vicioso autodestructivo.

Esta doble expresión (macro y microcósmica) de la salud que expresa la vida en condiciones naturales u óptimas, es nada menos que el aspecto manifestado, concreto, externalizado, de la actividad creadora del Espíritu en toda la miríada de manifestaciones particulares. Es esta la gran Madre, la Diosa, la Deméter griega, la Isis egipcia, la Pachamama de la América precolombina. Ante ella no hay individuo que no se incline reverentemente en ruego de los favores y beneficios que dispensa. Sin salud no somos nada, no podremos ser nada. Es la tierra en donde anidan nuestras raíces ocultas. Quien viole las leyes de esta Diosa (las leyes de la vida inscriptas en todo organismo creado por ella misma) tarde o temprano pagará las consecuencias en carne propia, sea que se derrumbe su vitalidad o que colapse el ambiente que habita. Pero quien las respeta y vive acorde a su delicado y dinámico equilibrio, es recompensado con salud, prosperidad y bienestar. ¿No son esas las leyes a que todos —querámoslo o no— estamos supeditados?

Ahora bien, el Poder aprendió a tomar este argumento universalista de la salud (en sus dos expresiones: del medio así como del individuo) y usarlo para sus propios fines: el control y la influencia de arriba hacia abajo. En este siglo XXI usarán siempre pretextos de virus y enfermedades así como de cambio climático y calentamiento global, de pandemias y cáncer así como de catástrofes cósmicas y desastres naturales. Casi nadie temería hoy a la ira de dios, pero el miedo a la ira natural que se manifiesta tras esta ruptura del equilibrio, fácilmente recorre la espina dorsal de todo individuo moderno. Sea en escala personal o en escala planetaria, la ruptura del equilibrio trae consigo una misma amenaza: la muerte, el peor de los terrores comunes.

Debemos los seres lúcidos conocer de antemano el trasfondo de esta estratagema, que es ciertamente más vieja que la escarapela. El mismo argumento que antiguamente se utilizó con la religión, hoy ha bajado de las regiones abstractas a lo concreto. Es el mismo relato atizando temores arcaicos a una suerte de Poder universal, gigantesco y todopoderoso, sólo que ahora materializado, hecho carne.

Antes se creía que Dios nos daba vida y nos sostenía; hoy eso se limpió de aspectos metafísicos, quedando la convicción de que la Vida (en nuestros cuerpos, en el planeta) es la que nos sostiene. Hoy la masa tal vez ya no sienta nada ante la idea del dios invisible, pero absolutamente todos temen a la gran Diosa de la Natura, la Diosa de la Vida. El globalismo necesitaba dar con un temor magno y universal, y lo encontró.

Es siempre ese temor a las consecuencias de nuestros desvíos, nuestros abusos, nuestros excesos, nuestra ignorancia… nuestros «pecados», tanto individuales como colectivos. El orden inmenso nos pasa la factura: enfermedad, cambio climático, crisis energética, virus, cáncer, diabetes, depresión, fobias. Le tememos al monto inscripto en esta factura, que puede tardar en llegar pero que siempre llega. Es siempre el temor a una misma cosa, antes ubicada en el noúmeno (el Padre celestial), hoy en el fenómeno (la Madre terrena). En ambos casos significa que el ser humano está supeditado a estrictas y poderosísimas leyes, que son anteriores a él mismo, que incluso constituyen su mismísima Fuente; antaño se hacía hincapié en las leyes divinas, hoy el acento está puesto en la ley natural: ultrajarla es preparar una pandemia o bien abonar el desastre climático inminente.

El móvil de una humanidad primitiva siempre será el miedo enraizado en la ignorancia, y siempre habrá adictos al Poder buscando formas de aprovecharse de esto. A mayor ignorancia, mayor miedo: son interdependientes. El poder se ocupa de mantener ambos en un nivel óptimo, porque así se garantizan esclavos obedientes e incrementan proporcionalmente su medida de poder sobre la masa. Una masa con Conocimiento (no ignorante) es una masa carente de miedos irracionales, y una masa así es muy difícil de gobernar según el capricho de unos pocos.

Por eso el antídoto del miedo es el Conocimiento auténtico, el conocimiento de las verdades, porque ataca el terreno en donde el miedo germina y fructifica. Y el conocimiento de las verdades es siempre proveído por la ciencia en todas sus ramas (verdades naturales) así como por la espiritualidad genuina, la religión sincera o la filosofía honesta (verdades psicológicas o espirituales, es decir, no sensorias).

El móvil de una humanidad regenerada (única merecedora del término civilización) no podría ser nunca el miedo sino la certeza, la confianza y la fe que derivan del auténtico Conocimiento, del Saber. Sólo entonces el ser humano puede ser auténticamente libre.

(*) El presente artículo forma parte del libro «Disgenesia», de futura publicación.

(**) Título original: La dictadura eco-sanitaria. De una religión del Dios a una religión de la Diosa.


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