Editorial para Viviana Villagi

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¿PARA QUIÉN ESCRIBO YO?
ESCRIBIR ES LINDO. Ella, también lo debe saber. Es una necesidad ardiente cuya explicación roza lo desbordadamente irrazonable; nadie se muere por no escribir. No tiene explicación. Escribir es… digamos… testimoniar. Fíjense una cosa: ¿qué separa la prehistoria de la historia? Precisamente: el escribir. Desde que el hombre aprendió a testimoniar una suerte de primitiva contabilidad sobre placas de piedras, es desde donde el hombre comenzó a CONTAR LA HISTORIA. A eso mismo nos remontamos cuando queremos conocer, justamente, la vida del hombre. Antes que eso, el hombre solamente dejaba huellas.
Escribir es lindo, queda claro (aunque no se sepa por qué). Pero más lindo aún es escribir para alguien. Equivalente a cambiar la botella al mar por la flecha de Cupido. Debo, entonces, esta editorial a Viviana Villagi, en adelante, la destinataria de mis flechazos ardiendo fuego y la responsable directa de esta locura rabiosa que es escribir.
Viviana Villagi se tomó su tiempo hace unos días para enviarme un mensaje cuyo asunto es el siguiente: “estoy atrapada por tu blog”. A continuación, sus palabras resumen una dulce caricia para mi estima, un invalorable reconocimiento para tanto esfuerzo que muchas veces pareció difuminarse sin mayor trascendencia, “como una cortina de polvo en las últimas luces del día” (el entrecomillado se debe a que la frase la sustraigo de un poema que supe escribir en mi adolescencia. Con lectores como Viviana, vale la pena “jugarse” con estas desvergüenzas semánticas).
Esta mujer, con alma de adolescente, modales de señorita y sueños de niña, es en realidad una mujer de acero. Y eso que generalmente uno está acostumbrado a escuchar la frase “es un hombre de acero”; bueno, las cosas están cambiando en este mundo. Viviana Villagi tenía 12 años cuando una noche el estampido del destino la arrebató del mundo de los sueños y la soltó en la horrible realidad; era una niña aún cuando una bomba estalló en la puerta de su casa ocasionando los destrozos que ocasionalmente vemos en las películas. Vivía con su familia (como ella dice en su mensaje, “mis dos hermanos y mami y papi”) en pleno centro del barrio de Caballito, en Capital Federal.
     Corría el año 1972. La madrugada se resarcía, hasta entonces, con total normalidad. Pero en la calle Ángel M. Jiménez (44) y Avenida  Rivadavia también vivía un Capitán de Navío que eventualmente había de ser el objetivo de un grupo de imbéciles terroristas. El departamento del Capitán estaba en el sexto piso, así que imagínense la potencia de la bomba diseñada para alcanzar dicha altura. El departamento donde vivía Viviana con su familia estaba en planta baja, así que imagínense las consecuencias que esa gente debió pagar sin tener nada que ver con esa lucha enferma que enorgullecía (y enorgullece) a los “jóvenes idealistas” de entonces.
Nunca el Estado se hizo cargo de los daños, ni mucho menos el consorcio del edificio. Lo que diferencia a Viviana de miles de argentinos es que ella, desde niña, vio (y aprendió) cómo su padre, con tanta entereza como resignación, se hacía cargo de los indecibles destrozos en pos de restaurar la normalidad de una familia que ya nunca habría de vivir en normalidad. Por eso que Viviana me dejara bien en claro que ella aceptaba que yo hiciera pública una respuesta a su mensaje siempre y cuando en ningún momento estas palabras denotaran un reclamo de ella porque se la reconozca como víctima. Viviana es, pues, una mujer de acero, no una víctima. Ella se hace cargo de su destino, lo asume, lo digiere, y marcha hacia adelante. Resulta extraña la actitud de esta mujer en tiempos donde mucha gente se pelea y hasta se torna repugnante por recibir la intitulación de “víctima”. Víctima de esto y víctima de aquello. Mientras que muchos lloriquean en todos lados con tal de ser tenidos como víctimas, Viviana se aleja de eso porque su educación y moral la hacen responsable de sí misma y por tanto… con los tiempos que corren… no puede perder tiempo lloriqueando tras una cámara de televisión. Es preciso henchirse de la valentía de mirar hacia delante.
“En el año 1977 cursaba el secundario en el Colegio Santa Rosa de Caballito; en 5to. año nos  propusieron ir lógicamente a Bariloche o a Misionar a Santiago del Estero en el Obispado de Añatuya. Yo, por supuesto, con mi temprana vocación por los más necesitados, elegí ir de Misión. Estuvimos con la Madre Superiora Pía un mes en Weisburg, un pueblito perdido en la periferia de Santiago, misionando con sus pobladores y todas volvimos sanas y salvas, o sea, que eso de que si estabas en trabajo social «los milicos te secuestraban y liquidaban» forma parte del imaginario colectivo que tan bien se encargaron de  sembrar”.
El entrecomillado se remite a una cita textual del mensaje que me enviara Viviana a mi mail. Es ilustrativo, pues, que una mujer, golpeada cuando niña por la enfermedad mental de los terroristas, reúna en sus entrañas “la temprana vocación por los más necesitados”. Yo no fui a Bariloche; sinceramente, la economía de mi familia no podía tolerar semejante gasto, pero me tocó observar la enorme “insolidaridad” de los que sí habrían de viajar. Recuerdo que a mis compañeros les sugerí “que sean más reservados en sus ruidosas alegrías, considerando que había mucha gente que deseaba viajar igual que ellos pero que sencillamente no podía”. Creo haberme remitido a uno de los postulados cristianos más elementales. Viviana… fue como hablarles en chino. Yo siempre mantuve que hay cosas que si no se aprenden de chicos, no se aprenden más. La solidaridad, amiga, si no viene de fábrica, si no nace con nosotros… vos lo debés saber bien… si no nace con uno, no habrá modo que se origine alguna vez. Esa misma gente incapacitada cuando joven de asumir una postura respetuosa y solidaria para con el prójimo, es EXACTAMENTE la misma gente que hoy se solidariza con los enfermos mentales que pusieron una bomba en tu casa para matar al Capitán de Navío y a toda su familia en el sexto piso. Es la gente que se horroriza por el supuesto “terrorismo de Estado” del que hablan los medios y ni se les mueve un pelo ante la indiscutible situación de terrorismo que vivió el país en plena democracia.
Quiero decirte una cosa más, Viviana… y discúlpame que me extienda… Que hayas elegido ir a Misionar por los más necesitados en vez de ir de fiesta a Bariloche, es, por lejos, la cosa más hermosa que yo haya leído alguna vez. Que con 18 años elijas ayudar al pobre en vez de bailar en una discoteca, te instituye – a mi juicio – no sólo muy por encima de las actuales vicisitudes, sino que además le ocasiona a mi alma la tranquilidad más plena por el hecho de saber que existen personas como vos. Me pone contento y me satisface que me escribas porque “estás atrapada por el blog”, pero me enorgullece hasta la médula el nivel de persona y el nivel de mujer que accede a mis escritos. Hasta el periodista que haya obtenido el Putlizer envidiará (lo digo con total seguridad) el nivel moral e intelectual de mis lectores.
«Lo que me maravilla es este aire fresco que entra por la ventana  (como se dijo en el Concilio Vaticano II respecto a las reformas de la Iglesia) que viene de la mano de gente tan jovencita, como vos, como Victoria, y con tanto coraje, valor y sobretodo Amor por la verdad, me viene  a rescatar del absurdo cotidiano. Soy abogada hace 26 años y nunca he tenido la dicha de escuchar respecto a nuestra historia tanta sensatez, y repito de la mano de gente tan jovencita, es como si fuesen Ángeles, que han venido a sembrar la verdad».
Es un placer escribir para gente como vos. Es un placer dejar de tirar botellas al mar, auxilios sin ecos, socorros desventurados… por la flecha que se mete en un corazón profundamente humano y cristiano. Escribo para gente como vos. Para gente reacia a las distintas formas del resentimiento; para gente abierta a la posibilidad de nacer cada día a pesar de las injustas bofetadas del destino. Escribo para los que escuchan, no para los que oyen. Escribo para los que piensan, no para los que repiten. Escribo para los que sienten, no para los que resienten. Escribo para el futuro, no para el pasado. ¡Escribo para Viviana Villagi!
¡Ya no grito más…! ¡Tengo quien me escuche y quien lea mis escritos! ¡No más botella al mar! ¡Ya no grito más…! ¡Pero sigo gritando! ¡No grito por desesperación sino porque di con la esperanza! ¡Gracias por la luz, Viviana! ¡Gracias por el consuelo y gracias por la lucha! ¡No escribo para el hombre, escribo para el alma de los hombres! ¡Sigo gritando, Viviana…! ¡Sigo gritando para que todo el mundo sepa que no estás sola! ¡No, no estás sola…! ¡No!
Con gente como vos, ¡nadie está solo en este mundo! ¡No estamos solos!
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