El lado «oscuro» de una pasión: por qué escriben los que escriben

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WILDE DIJO: «TODO arte es innecesario”. Gran verdad. Y gran mentira. Gran verdad porque el arte no le va a salvar la vida a nadie. Gran mentira, porque sin arte no es vida lo que es vida. Sacale la guitarra a un guitarrista; no se va a morir, pero tampoco va a vivir. Sacale la mujer ideal al poeta; no se va a morir, pero no va a saber amar. Sacale el fútbol a la gente; ningún medio registrará muerte alguna, pero… ¿en qué otro lugar ha de brillar esa pasión maravillosa que hoy sólo vemos condensada en los estadios?

Hay necesidades que no son necesidades. Escribir es una necesidad absurda. Nadie necesita escribir para poder vivir; el escribir no constituye alimento, no sirve para respirar y ya ni siquiera ayuda al hecho de soñar. Pero los que escriben no pueden vivir sin escribir. Para el escritor todo cuanto lo rodea es eso: el comienzo o la conclusión de un cuento, la esencia de una crítica, el axioma que necesita para resultar una novela. El escritor en realidad es un retratista. Es más… es un retratista improvisado, sin vuelo, sin el valor de encarar una disciplina tan compleja y colorida como la pintura. Es que… un escritor, no tiene disciplina. No la acepta. Pero no que no la acepta porque fuera rebelde o algo por el estilo (un escritor no tiene valor ni ingenio para ser rebelde); no la acepta porque la disciplina es algo completamente “impolítico”. Un escritor sueña su mundo ideal. Si ese mundo ideal fuera real, el escritor no podría serlo. ¿De qué escribiría? El que escribe tan sólo es un profesional en cuanto a absorber el sufrimiento de este mundo y retratarlo de manera tal que lo figure heroico, oscuro, justificable, sutil, mágico, imitable.

Onetti, más o menos a este respecto, sentó una diferencia con su par Vargas Llosa. El oriental recuerda que el peruano le dijo una vez que asumía el oficio de escribir como otro trabajo más; es decir, dedicaba ocho horas al día a este ejercicio, y así siempre. En cambio Onetti aceptaba que su relación con la escritura era más bien vaga, insensata, trasnochada. Por lo tanto, escribía como escriben muchos: “cuando le viene”. A todo esto, el uruguayo precisó inmejorablemente: “Vargas Llosa está casado con la escritura, por lo cual esta misma es su mujer. En cambio, para mí, la escritura es mi amante”. Pero una cosa es clara: tanto uno como el otro, para escribir las cosas que escribieron, cuánto mambo que habrán tenido dentro de sus cabezas.

Escribir es un oficio controvertido, tan razonable como esquizofrénico. Sobre todas las cosas, los escritores están muy bien vistos; tienen una prensa gratuita desde que existe la escritura. Escribir se adscribe al consciente colectivo como una actividad plenamente intelectual, de ahí la relación carnal entre un escritor y la misma intelectualidad. Estamos acostumbrados a creer que los intelectuales son gente de bien, respetables, más pensantes que el resto. En realidad, es lo que nos hicieron creer los mismos intelectuales, ya que son los que hablan por la radio, por la televisión, en los diarios, todos los libros. Naturalmente, nadie en su sano juicio va a hablar mal de sí mismo, al contrario… Más claro: cuando una persona dice “qué gran escritor es Borges”, lo que en verdad está diciendo es “qué grande que soy yo, que puedo abarcar el mundo de Borges”. Si dijera en cambio “Borges no me gusta”, lo que estaría diciendo es “soy tan, pero tan grande que hasta puedo darme el lujo de no gustar de Borges”. En resumen, siempre está hablando bien de sí mismo.

Lo que muy pocas veces o nunca se le dice a la gente es que un intelectual puede ser también un loco, un asesino, un violador, un político. No necesariamente la intelectualidad debe adscribirse sólo a razones simpáticas al juicio de las masas, pero por supuesto que ya es muy tarde para revertir esta tendencia. De la misma manera sería incansable y devastadora una empresa tendiente a despegar al escritor de todo el fuselaje intelectual del que está embestido más por buena prensa que por propio merecimiento. El oficio de un intelectual es pensar, por lo tanto no es un oficio (no se emplean las manos; no se genera nada concreto; no se produce nada real). En cambio, el de un escritor es escribir (“representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie”, según la RAE). Y sí, eso sí: escribir es un oficio, técnicamente hablando. Pero se ve que lo de “oficio” no satisfizo del todo la vanidad (inconmensurable) del escritor; como que no es muy halagador aquello de compartir status con un mecánico, o un esquilador, o un electricista, o un gasista, o un zapatero. De manera, entonces, que el escritor tuvo “el tupé” de prenderse de aquello de intelectual y así especular con un ascenso estatutario que salvaguarde su persona de las grasas, las pulgas, la corriente, los hedores de una tubería tapada y el olor a pata del resto del mundo. La escritura reniega de su origen concreto y manual para arribar a algo que es más bien nada antes que cualquier otra cosa.

Por esto mismo es que no tienen éxito las críticas de aquellos escritores buenos en tanto que hablan mal de los malos escritores. Los malos escritores serían aquellas personas que pretenden escribir como buenos escritores pero terminan haciendo cualquier bagatela; Coelho o King, por citar los más renombrados ejemplos. ¿Qué le puede reprochar uno bueno a uno malo en tanto que un mal escritor pretende ser uno bueno, y uno bueno por los siglos de los siglos ha pretendido ser de todo, desde intelectual a filósofo, desde crítico a psicólogo? Visto de este modo, da la impresión de que “la tiene más clara” el malo que el bueno, ya que como decimos el primero quiere simplemente escribir, en tanto que el segundo… quiere ser poco menos que un Dios.

Precisamente estas cosas que venimos señalando – la fingida intelectualidad, la vanidad a prueba de balas, el hecho de renegar de ser un simple oficio más, el deseo arrollador de ser un Dios – completan toda la maraña ferroviaria que confluye en el mismo punto que señalábamos antes: el desprecio de un escritor hacia toda forma de disciplina. Se puede ser algo, pero no se puede ser todas las cosas. Vargas Llosa, con lo gran escritor que es, ya no se sabe qué demonios quiere ser: escritor, intelectual, crítico, idealista, exiliado, político, politólogo, marxista, liberal, neoliberal, peruano, europeizado… Y sin embargo, porque es Vargas Llosa, y porque es escritor, ha tenido la licencia (y la tiene) de ser palabra mayor en donde sea que hable. Y sus artículos (ah, también es ensayista o periodista o editorialista), viajan a través de la red de un rincón a otro del planeta.

Hay una explicación razonable a todo esto, ojo: el escritor es capaz de hacer cualquier cosa con tal de sostener aquel mundo ideal que mencionábamos en un principio. Pero hete aquí el gran dilema: hacer cualquier cosa es muy pero muy diferente (si no la antípoda) de hacer algo en concreto. La droga del escritor es el idealismo, por lo que un mundo perfecto o con todos sus problemas resueltos sería equivalente a un desierto agrio, romo, inhabitable. El escritor ha nacido para transitar las complejas sinuosidades de la vida, y no para rodar por el derecho camino del sentido práctico. La cruda realidad es la excusa inapelable que tiene el escritor para instar a un mundo ideal que vive dentro de su cabeza, más como un sueño que recordamos a medias mientras que untamos la tostada que como un deseo convincente. Es un aventurero del pensamiento, un avezado que se propone horadar hasta lo más blando e intangible del alma humana.

Lo último, entonces, explica la esencia de esa “necesidad no necesidad” que nos pareció descabellada en un principio. Se trata de una necesidad insabible, imposible de satisfacer. El escritor es como un neurótico que rechaza la cura de sus problemas con tal de tener de qué quejarse, porque en base a eso sustenta el mundo interior que lo define, que lo resalta, que lo hace único en el mundo. Ama su idioma porque es la única forma con la que cuenta para acceder a ese mundo disciplinado en el que no podría vivir; sufre como si le amputaran un dedo cada vez que la Real Academia Española se propone alguna insubstancial modificación de la lengua, como ser quitarle el acento a “sólo” o a “ése”; se disgusta en grado máximo siempre que alguien escriba “k” en vez de “qué” o “que”, métodos abreviados que considera sumamente subversivos (esto último más por una cuestión de envidia que por cualquier otra cosa). Y lo más gracioso: se autoproclama (¡oh, qué escritor no lo hizo, por Dios!) como un idealista hecho y derecho, pero toda su vida se sintetiza en un individualismo acendrado, ya que vive apartado, sueña en secreto, sólo comparte una idea cuando está convencido de que nadie va a robársela, es más machista que una mujer machista, se hace lenguas hablando de que la mujer perfecta tiene que ser como la musa de Goethe o Bécquer (así de virginales y castas tienen que ser las mujeres para él), pero no concibe bajo ningún punto de vista morirse alguna vez sin antes haberse acostado con cuarenta mujeres juntas, todas recontraputas e insaciables. Vive un absurdo; un oficio advenido en arte; una ínfula mamarracheada como intelectualismo; un idealismo sólo para los demás, los comunes, la plebe amorfa y pueril.

No son mala gente los escritores, pero sí que son intratables. Pretenden figurarse como democráticos, como abiertos a la crítica literaria de los demás, en tanto que cuando esto ocurre de modo inconveniente se sienten más dolidos que una mujer a la que le dicen “gorda, aflojá con los postres”. Tocan el sentimiento de la gente porque saben dónde gusta y dónde duele; se hacen los humanistas, se hacen lenguas hablando peste de los regímenes totalitarios (retratando el sufrimiento humano ante la borrachera de los dictadores), pero envidian más a Hitler que a ellos mismos. ¡Atención! Cuando un escritor dice “esto no me gusta” es porque ya fue y vino, saboreó, degustó, experimentó, se extasió obscenamente… Cuando dice “esto no me gusta” en realidad quiere decir “esto no me gusta más”, porque ya se aburrió hasta el vómito de lo mismo. No son racistas los escritores, porque en realidad hay muchas razas en el mundo en tanto que él sólo discierne dos: él y el resto de la humanidad.

Pero así y todo están bien vistos los escritores. La gente los tiene como a profetas, como a poetas, como a intelectuales, como a revolucionarios, como a ídolos. De hecho, escribir es una de las cosas más envidiadas que existen: todos quisieran escribir bien. El pobre, el rico, el negro, el blanco, el empresario, el sacerdote, el político, el juez, el enamorado, el empleado público, el barrendero, el docente, todos, absolutamente todos quisieran poder escribir bien, tener esa llegada, esa picardía, esa luz. En realidad, todo el mundo podría escribir bien (no hay mayores secretos), pero el único que tiene la inverecundia de asumirlo es el mismo escritor. Eso mismo es un escritor: un desvergonzado o, en la más certera y criolla manera de decirlo, un sinvergüenza.

Dijo alguien por ahí que después de Shakespeare no queda más por escribir, que todo cuanto se escriba será en medida alguna repetición de algo ya pronunciado anteriormente. Verdad relativa (cómo les fascina a los escritores relativizar las cosas). Los escritores también son seres humanos y también sufren; se resigna muchas cosas (la dignidad las más de las veces) en aras de ese prestigio espurio que emana de su sola mención (es lógico y entendible. Al músico le gusta naturalmente que lo tengan por tal, lo mismo con el médico y el ingeniero. Pero cuando uno dice músico dice músico; cuando dice doctor, dice doctor; y cuando dice ingeniero, se refiere a un ingeniero. En cambio, cuando una persona dice escritor en realidad está diciendo varias cosas: pensador, novelista, poeta, intelectual, crítico, humanista, bohemio, bacán, etc., etc., etc. Escritor es una suerte de raro título nobiliario).

Los problemas de este mundo siguen siendo los mismos, aunque lo único que cambie con el tiempo son las formas de experimentarlos, de llegar a los mismos y – en el más feliz de los casos – de resolverlos. Por eso que es relativo que con Shakespeare se haya acabado todo lo que quede para decir. Una persona de hoy en día siente muy distinto de cómo se sentía quinientos años atrás. Aquí mismo se explica, entonces, el rasgo más esencial de toda esta historia: un escritor es, ante todo, una usina de sentimientos, un nervio aislado de la sociedad que constantemente está siendo sensibilizado por lo que sea. Lo que para el común de la gente puede pasar desapercibido, para el que escribe es esencial en la medida que explique el resarcimiento de esta tragedia repetida que es la vida en el mundo. En la mayoría de los casos, empero, esa misma tragedia no va más allá de la sutil esquizofrenia que vive todo escritor (figúrese que Goethe decía que en toda su bibliografía se explicaba el gran secreto de su vida; de “su vida”, que no de la de los demás).

Quedaría por resolverse entonces si un escritor escribe fundamentalmente para sí o para los demás. Cosa difícil de responder en serio: si escribiera para sí, entonces para qué demonios tanto revuelo para que los demás lo lean; pero si escribiera para los demás, estaríamos ante el descubrimiento de una inagotable contabilidad de taras consistentes en seguir insistiendo porque el mundo cambie desde tiempo inmemorial. Desde que la escritura existe el ser humano no ha pasado a ser mejor persona, menos corrupto, menos dócil, más progresista. Sigue el hombre enfundando las mismas calamidades humanas desde que es hombre… y la sociedad por su parte no deja de repetir las mismas indolencias de siempre. Entonces, ¿para qué escribir?

Por más pesimista que sea un escritor, no por ello conseguirá desligarse de su mentada relación con el idealismo, por lo que por una simple cuestión de memoria colectiva todo su esfuerzo tenderá a la insana manía de conseguir un mundo mejor. Un mundo mejor que obviamente no verá jamás, lo cual lo llevará naturalmente a lamentables episodios de vergüenza, frustración, más esquizofrenia todavía. Un mundo mejor que, de verlo alguna vez, significaría el cese forzoso de aquella vocación que ya no tendría razón de ser. Vergüenza, frustración, esquizofrenia, sumado a la hipocresía de vivir de los males de este mundo… todo conduce a un sentimiento de culpa, antes que a uno de resignación.

Entonces, ya podemos ir respondiéndonos por qué escriben los que escriben. Escriben para pedir perdón por la absurdidad inconmensurable del propio existir (se proclaman idealistas, de hecho no pueden no serlo, pero son acendradamente ermitas e individualistas, a no ser que alguna vez veamos a un grupo de escritores escribiendo para salvar al mundo de alguna invasión extraterrestre). Escriben para salvar al mundo de que nadie lo salve. Escriben por una rara mezcla de humildad y vanidad (son gente sencilla los escritores, se conforman con que no falte tabaco, yerba mate y algo de sexo; pero eso sí, son escritores, es decir, reyes de la verdad por más que lo nieguen). Escriben por el capricho de testimoniar lo que sucede, lo que les sucede o desearían que les sucediera; escriben porque no les sucede otra cosa más que el deseo de escribir. Escriben porque si no nadie los tendría por escritores (si pudieran serlo sin escribir, de seguro que muchos no escribirían en absoluto). Escriben para entretener, y (o, mejor dicho) entretenerse. Escriben porque no hay que estudiar para escribir, ni recibirse. Escriben porque saben escribir (léase no saben pintar, tocar el piano, cambiar la llavecita de la luz, hacer de comer… es decir, porque no sirven para nada, por lo que cuando alguien les dice por el Messenger “hola, viejo, ¿qué estás haciendo?” en vez de honestamente responder “no sirvo para nada entonces no estoy haciendo nada” es mucho más elegante de decir “eh… emmmhhh… estaba escribiendo”). Escriben porque escribir es un milagro (es un milagro sobrevivir a tanta inacción). Escriben porque el vino los levantó de alguna nueva frustración diaria, porque alguna rubia insospechable les miró el brillo de los zapatos, porque se les ocurrió otra manera de ponerse en lugar de una madre soltera, un asesino serial o un vendedor de sortijas. Escriben, pues, para justificar o desdibujar la propia culpa de existir en un mundo que se derrumba, que ya hace miles y miles de años que se viene derrumbando, y ellos, muy panchos, muy a gusto, más que reconfortados, allí… con vergüenza y sin vergüenza… mientras el mundo se sigue desplomando, los muy coquetos, allí están… escribiendo, como si nada sucediera.

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