Transcripción:
¿Qué sentirías si te enteraras que en el sótano de la casa de un vecino funciona un lugar donde tienen a personas secuestradas? Horror, ¿no es cierto? Bueno, esto era algo muy habitual en los años 70. Cuando el 11 de agosto de 1974 el ERP atacó la Fábrica Militar de Villa María, entre todo el desastre generado, se llevaron secuestrado al Mayor Argentino del Valle Larrabure, un ingeniero experto en explosivos. Los primeros tres meses lo tuvieron secuestrado en Mendiolaza, cerca de Córdoba Capital. Los restantes nueve meses y pico lo tendrían secuestrado en el barrio Bella Vista de Rosario, en una jaula de un metro de largo por 70 centímetros de ancho. A esto los terroristas le llamaban una “cárcel del pueblo”. La casa estaba habitada por un matrimonio con tres hijos y simulaba ser una inocente mercería de barrio. Tu abuela te mandaba a comprar un elástico o un ovillo… donde tenían gente secuestrada bajo tierra.
El 19 de agosto de 1975, un año después de su secuestro, Larrabure sería asesinado por negarse a colaborar con los angelitos del ERP en la fabricación de explosivos. El 23 de este mes su cuerpo sería hallado en un baldío de la periferia rosarina, al tiempo que el ERP cobardemente informaba que el hombre se había suicidado (algo que sería desmentido tanto por las evidencias como por la misma justicia). Larrabure pesaba solamente 40 kilos y, además, su cuerpo presentaba insoslayables signos de haber sido salvajemente torturado. Cuesta imaginar que hayan hecho todo esto… más aún que lo hayan hecho enfrente de sus propios hijos.
Imaginate cómo habrá vivido todo este año la familia de Larrabure, e imaginate cómo lo habrá vivido el mismo Larrabure, encerrado en esa ratonera sin sol. No obstante, en su largo encierro, mediante cartas, el hombre pedía a su familia que por nada en el mundo odiaran a sus captores, que siempre estuvieran dispuestos a perdonar y que, de ser necesario, ofrecieran la otra mejilla. Según el testimonio del empresario René Vicari, que también estaba secuestrado en este lugar, la noche que lo mataron, Larrabure se limitaba simplemente a rezar y a cantar, con el poco aliento que le quedaba, el Himno Nacional argentino.
A los promotores de la mentira en torno a los años 70 no les conviene que se conozca esta historia, no sólo porque se evidencia la naturaleza criminal de los terroristas que ellos reivindican sino porque se cae a pedazos el relato con que ellos consiguen mantener enfrentados a los argentinos. Frente a la venganza, el odio y el prevaricato que ellos plantean, Larrabure nos regala un ejemplo de sacrificio y abnegación propios de un héroe, y de un santo. Frente del circo y la mentira con que ellos dividen, tenemos a un soldado que, en Rosario, supo convertir su propio martirio en un Canto a la Patria capaz de unir a todos los argentinos.
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