Transcripción:
Segundos antes de morir, el teniente general Pedro Eugenio Aramburu miró a los ojos de su inmediato asesino, Fernando Abal Medina, quien le dijo: “General, vamos a proceder”. No le habían concedido afeitarse ni confesarse con un sacerdote, solamente el pretendido “tribunal revolucionario” que determinaría su muerte accedió a atarle los cordones. El expresidente, impasible, respondió: “Proceda”. Era un 1ero. de junio de 1970 y fueron tres disparos los que acabaron con su vida.
El 29 de mayo había sido secuestrado en su casa de Barrio Norte, en Capital. Sus captores irían disfrazados de militares, policías, incluso quien se hiciera pasar por clérigo. Sus restos aparecieron el 17 de julio próximo enterrado en el sótano de una casona en la zona rural de El Timote, donde fue ultimado. La incipiente organización terrorista Montoneros buscaba un hecho de proporciones para presentarse en sociedad, y vaya que lo había logrado con este cruel magnicidio. Sus secuaces promediaban los 23 años, venían del nacionalismo católico que había logrado corromper el tercermundismo y se decían peronistas, aunque muchos de sus integrantes se habían formado militar y doctrinariamente Cuba.
El líder de Montoneros, Mario Firmenich, lejos de mostrar arrepentimiento o al menos prudencia, diría años después que no fue su organización “sino el pueblo” el que juzgó y asesinó a Aramburu. Tal es el cinismo del terrorismo que no sólo que pretende convertir un atentado en una hazaña, sino que, además, intenta diluir la culpa arrogándose la representación de un pueblo que nunca tuvo.
Cuando los zurdos repitan que a Aramburu lo mataron como venganza por la Revolución Libertadora, los fusilamientos de quienes pretendieron desbaratarla en el 56 y el destino del cadáver de Eva Perón, está claro que, como los mismos asesinos, procuran apelar a una ensalada de excusas tendientes a justificar lo más deleznable de la acción criminal. Claro que tanto las motivaciones y las acusaciones pueden ser válidas, pero convertirse en asesinos terroristas no hace más que darles la razón no sólo a quienes advirtieron sobre la peligrosidad de estas bandas sino también a quienes actuaron para desarticularlas. En este sentido, bien podríamos decir que, justamente, recién iniciada la emblemática época de los 70, con su muerte el General Aramburu no hizo más que cumplir con un último servicio a la Patria: adelantarnos los tiempos que vendrían y contra qué clase de asesinos habría que pelear.
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