Hermindo Luna, el colimba formoseño que enseñó a morir

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Transcripción:

Aquel domingo, en la humilde casa de los Luna, festejaban dos cumpleaños. El de Jovina, que cumplía 11, y el de su papá, que los había cumplido el primero. No estaban todos los 13 hermanos porque faltaba Hermindo, que se encontraba haciendo el Servicio Militar en Formosa Capital. Pero apenas cuatro días atrás había podido ver a su hermanita, dado que ésta pidió como regalo un viaje en tren y visitar a su hermano.

El 05 de octubre de 1975 la organización terrorista Montoneros atacó el Regimiento de Infantería 29. La idea era robarse todo el armamento y generar conmoción. Fue una operación realmente cinematográfica: tras secuestrar un avión que partió de Capital Federal con más de 100 pasajeros (que luego usarían para fugarse) y tomar al mismo tiempo el aeropuerto de Formosa, otra columna esperaba el momento del asalto, que tuvo lugar pasadas las cuatro de la tarde.

Creyeron que iba a ser fácil por dos motivos: iban a aprovecharse de que el lugar estaba defendido por conscriptos, y de que al ser estos mayormente “negros” entregarían el regimiento sin más. Pero cuando la balas arreciaban y los muertos ya no se podían contar, y cuando al “Negro” Hermindo Luna, que estaba de guardia, le indicaron que se rindiese, todos sus 21 años se juntaron en un solo segundo frente a él. No había ido a la escuela porque donde nació no había ni colegio, como era de los hermanos mayores había tenido que salir a trabajar para ayudar en la familia, el mismo país que le había negado una vida decente lo ponía como carne de cañón y, por si fuera poco, estos amanerados de la ciudad que atacaban lo venían a mandar como a un perro. Todo lo que no había podido ser lo fue en un solo instante, y su grito se oirá para siempre: “¡Acá no se rinde nadie, mierdas”!

Una ráfaga de ametralladora lo partió a la mitad y el “Negro” de este modo pasó a completar la lista de 28 muertos, entre soldados, policías, civiles y terroristas. El combate duró alrededor de media hora, otra vez los patriotas habían sido traicionados por un soldado entregador y, otra vez, los subversivos -que, además de ser mayoría, eran militares profesionales entrenados en Cuba- no pudieron con la sangre caliente de aquellos jóvenes argentinos llamados honrar el uniforme que vestían.

Para ser un héroe de la Patria no hacen falta discursos altisonantes, fama o doctorados. Muchos de los que por ahí vemos filosofando parece que de tanto librito se le atrofiaron las bolas. Cuando los zurdos te hablen de ideales, ya vemos que los suyos se basan en atacar por la espalda y largarse como ratas. Otra nos les queda, si los mismos jóvenes que quisieron mandar, fueron los leones que los mandaron al infierno y los que alzaron la bandera que no pudieron pisotear.

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