Homenaje de David Rey a Julio Argentino Roca, el militar que hizo a la Argentina moderna

"Argentina pasó de ser un país hecho con trapos a ser una de las naciones más alfabetizadas del mundo, al extremo de ser este bendito país un polo cultural indiscutible y que durante tanto tiempo nos tuvo muy por encima de todo el continente hispanohablante, como si realmente fuéramos un trozo que se desprendió de Europa".

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El periodista David Rey fue invitado a participar de un homenaje en el 179 anirversario del nacimiento del presidente Julio Argentino Roca organizado por la Fundación Club de la Libertad de la ciudad de Corrientes.

En adelante, se puede apreciar la participación del titular de DAVIDREY.com.ar y, seguidamente, se puede leer el discurso en cuestión.


Escribe: David Rey

La mayoría de los países grandes e importantes del mundo moderno deben su gestación al concierto de las diversas operaciones militares que tuvieron lugar. La libertad y el honor son ideales maravillosos, pero las más de las veces hubo que salir a pelear por ellos. No obstante, no todos podrían adjudicar tan profundamente su conformación estatal como su proyección nacional a esas mismas huellas que las botas del soldado fue marcando en la tierra que pisaba. El soldado argentino siempre que pisó fue para sembrar más Argentina. Hete aquí que la Argentina moderna que hoy habitamos, a pesar de su escabrosa historia, se debe al soldado, al militar… y, hete aquí, que principalmente ese militar es nada menos que Julio Argentino Roca, el presidente argentino que más tiempo fue presidente y el presidente que comenzó su magnífica obra antes de ser presidente, pero cuando ya había decidido su destino al servicio de la Patria que recién nacía.

Aquellos que intentan relativizar la gran obra de Roca en lo que a la Campaña del Desierto corresponde -su empresa más significativa, suelen decir que si no era Roca el militar encargado de llevar a cabo oportunamente tamaña empresa lo iría a ser otro, como si el destino de una nación pudiera deberse al azar más que al valor y al coraje de los que emprenden, de los que empiezan, de los que se animan. En días como hoy, donde nuestra soberanía vuelve a sentirse dañada justamente por los mismos delincuentes araucanos de entonces, todos sabemos bien qué es lo que hay que hacer y todos sabemos bien cómo termina esta historia, pero… dónde está, dónde están esos se propongan llevar la tormenta, el dolor y la pesadilla a todo aquel que se atreva a desafiar nuestra soberanía y nuestra nacionalidad. ¿Qué necesita este país, suerte o valor?

Rondaba apenas los 35 años el General Roca cuando entendió que su propósito estaba verdaderamente más allá de una cuestión territorial o de una triste contingencia del momento. Recuperar aquel territorio sin ley ni corazón, donde el araucano -que hoy se hace llamar “mapuche”- traficaba lo que robaba en sus malones y donde desaparecieron para siempre infinidad de cautivas argentinas, también significaba unificar o cohesionar todo un incipiente sentir de nación acaso trágicamente distraído en los rescoldos de recientes guerras civiles. Solo la Guerra de Malvinas pudo, luego, equiparar tamaña hazaña: la de unir a todos los argentinos en un mismo propósito.

Hasta entonces, el país estuvo a la defensiva respecto de la constante agresión araucana, la cual era fogoneada por comerciantes chilenos e ingleses interesados en contrabandear todo aquello que había sido robado en las pampas argentinas. La llamada “zanja de Alsina”, por ejemplo, proponía zanjear una extensa parte del territorio, dibujar un límite dentro de un mismo país, no para que el delincuente no entrara a atacar sino para dificultar que pudiera llevarse lo robado. La pericia y la audacia del General Roca, aprobada por el gobierno del presidente Avellaneda, propuso una novedad a esa indolencia gubernamental de entonces respeto de “contener” el avance enemigo: esto es, pasar al ataque.

Si la Campaña del Desierto que llevó a cabo el General Roca sirvió, entonces, para neutralizar y aniquilar (apelando a un término militar) al invasor araucano (operador de intereses ingleses y chilenos) y convertir en anecdótica la eterna disputa entre unitarios y federales, no menos valiosos resultan los consiguientes provechos para nuestra joven Argentina. A la indiscutible reivindicación de nuestra soberanía -que implicó la ocupación de más del doble del territorio efectivamente ocupado-, le volvíamos a mostrar al mundo y, en especial a Inglaterra, que no solamente éramos una Nación con una razón de ser, sino que, además, éramos capaces de ir a la muerte con tal de hacerla valer y de arrollar a todo aquel que la negara o pretendiera dañarla.

Ya presidente (quién otro, si no… Le cuestionan a Roca que todo lo hizo por un interés político. ¡Menos mal que tenía ese interés!), Roca redujo a una mera expresión de deseos un contingente británico enquistado en la ciudad de Ushuaia, desde donde no solo claramente proyectaba la toma de nuestro territorio, sino que, además, izaban su propia bandera, la misma que ya había sido expulsada en las dos invasiones inglesas de principios del siglo. Pero por si esto fuera poco, por si con esto no fuera lo suficientemente importante lo que empezó con la Campaña del Desierto, el gobierno de Roca fue el primer gobierno del mundo en instalar bases en la Antártida, a lo que debemos el hecho de que, cuando dentro de 20 o 30 años las potencias del mundo vengan a disputarse “la tierra del futuro”, nosotros fuimos los primeros en llevar nuestra bandera.

Argentina, gracias a Roca, constituida ya como un estado con decidida capacidad de reivindicar su soberanía, no aprovechó ese empuje épico que advino con la Campaña del Desierto para seguir “guerreando” o, como era costumbre entre unitarios y federales, ejemplificar el predominio ideológico mediante suculentas demostraciones de terrorismo, y esto es algo no menor. Roca no fue solamente el presidente que recuperó y pacificó la parte sur del país, Roca fue el presidente que rescató a todo el país del odio, la indolencia, la injusticia y el permanente atraso al que todo el continente hispanohablante estaba sometido desde sus relativas independencias, todas ellas gestionadas subrepticiamente por Londres.

Con Roca, el registro civil dejó de ser un menester de las parroquias y pasó a ser un asunto de Estado, el mismo Estado que durante tanto tiempo discutió en función de poseer una constitución nacional, aunque esta se hundiera en arenas movedizas. El ciudadano comenzó a registrarse como en cualquier país civilizado del mundo. Con Roca, el soldado, el militar, el que hoy la progresía tanto niega, la educación dejó de ser un lujo solo asequible para las familias acomodadas para pasar a ser el lujo de todo argentino sin distinción de clases. La ley 1420 de Enseñanza pública y obligatoria no fue un logro del cacareado Sarmiento sino de Roca, el verdadero padre de cada una de todas las aulas que hoy hay en Argentina.

¡Claro que hoy lo van a negar a Roca! ¡Claro que lo van a despreciar! Lo va negar y despreciar esa misma casta de imbéciles cuyo rédito político o ideológico se fundamenta en función del odio, la rencilla, los disvalores, el atraso y, fundamentalmente, la desunión o la atomización de los argentinos. Hasta el mismo General San Martín fue negado y despreciado, no nos olvidemos. Como a todo militar argentino, a Roca lo van a condenar por lo que hizo bien, le van desfigurar las virtudes al extremo de la ridiculización, le van a agrandar los defectos al punto de tornarlos demoníacos y han de formularse “escuelas de pensamiento” en virtud de aquellos errores o desaciertos que, lógica y naturalmente tuvieron lugar. Le van a reprochar, básicamente, que no haya sido “perfecto” y, seguidamente, lo van a presentar como al enemigo público número 1.

Gracias a Roca, Argentina pasó de ser un país hecho con trapos a ser una de las naciones más alfabetizadas del mundo, al extremo de ser este bendito país un polo cultural indiscutible y que durante tanto tiempo nos tuvo muy por encima de todo el continente hispanohablante, como si realmente fuéramos un trozo que se desprendió de Europa. Pasamos de ser un gaucho escapando de la justicia en el desierto a ser un caballero cuya inteligencia y formación fueron parangones de toda una época, y esto sin implicar absolutamente ningún desprecio hacia nuestras raíces constitutivas. ¿Acaso quién adoró más y mejor al Martín Fierro que el mismo Jorge Luis Borges? ¿Qué Borges hubiera sido posible si este país no hubiera sido bendecido por la espada del General Julio Argentino Roca?

Roca, indiscutiblemente un prócer para este país, nos da la posibilidad de observarlo sin esa lupa de romanticismo o exageración propio de todo aquello que se observa en el tiempo; tenemos a un Roca con sus aciertos y sus desaciertos, sus convicciones y sus imprecisiones, tenemos a un Roca HUMANO que nos permite reivindicarlo y cuestionarlo a la vez, un hombre que no nos exige esa devoción ciega o ese fanatismo atroz al que estamos acostumbrados, pero al que por nada del mundo le podremos negar su profundo amor por esta país, todo lo que hizo y logró por su patria y todo lo que cada argentino bien nacido le debe profundamente.

Por último, sería yo deshonesto conmigo mismo y con ustedes, y, de mi parte, flaco favor haría a la memoria del General Julio Argentino Roca, si no considerara que si hoy Roca viviera estaría muriéndose en una cárcel en función de un juicio mendaz y una condena estrafalaria e ilegal, tal como ha ocurrido con más de 3 mil militares detenidos y asesinados en el marco de los mal llamados Juicios de Lesa Humanidad. Recordar al General Roca, uno de los más ejemplares soldados que esta Patria dio, sin mencionar el genocidio actual en torno a los Presos Políticos Argentinos, me resultaría vacío en el sentido de que esto último implica una afrenta no solo al recuerdo de Roca sino al de todos aquellos cuyo esfuerzo ha redundado en construir el país de justicia y libertad que el enemigo actual, llámase como se llame, sistemáticamente pretende destruir. Hoy, el recuerdo del General Roca debe movilizarnos una vez más a repensar como debemos honrarlo mejor y qué postura debemos tomar cuando, nada menos, la Patria se encuentra en peligro otra vez.

Suerte o valor, ¿qué necesita este país? En el recuerdo ardiente del General Julio Argentino Roca podemos contar con una respuesta y un espejo donde encontrarnos: suerte es lo que precisa el débil para no ser arrastrado por la resaca de los tiempos, valor es lo que combustiona en el corazón del fuerte y lo empuja irredimiblemente a decidir su destino, el mismo que hoy cada argentino está llamado A DEFENDER MÁS QUE NUNCA.


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