Igual que con ratas, pero con personas; así actúa la dictadura sanitaria

El argumento de encerrarnos a todos no es científico, porque desde la óptica de la ciencia basada en evidencia, encerrar con cuarentenas es lo mismo que matar.

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Escribe: Nicolás Ponsiglione (*)

LAS RATAS INHIBIDAS DE HENRI LABORIT

En una nota anterior explicamos que el estrés crónico que los medios han inducido con la “pandemia” provoca la activación permanente del eje HPA (eje hipotalámico-pituitario-adrenal), el cual justamente desactiva el sistema inmunológico de los afectados, haciéndolos más vulnerables a las enfermedades.

Pero como «no hay dos sin tres», cuando no es posible huir ni luchar, emerge una tercera alternativa. El neurofisiólogo francés Henri Laborit acuñó el término «inhibición de la acción» para designar esta tercera opción, y le atribuye a ella un rol determinante en todas las enfermedades de la civilización actual (hipertensión, diabetes, insomnio, úlceras, cáncer, etc.).

En sus experimentos con ratas, Laborit observó que mientras pudieran estas dar una vía de acción a sus impulsos de «lucha o huida» (fight or flight), no sufrían ningún daño inherente en su salud. Pero cuando anuló estos cauces de acción, bloqueándoles la huida e impidiendo la lucha, constató que el roedor sometido a un estrés constante desarrollaba a los pocos días úlceras o cáncer. Por supuesto, acababa muriendo. Pero lo interesante de esto es que no era el estrés en sí mismo lo que lo mataba, sino más específicamente su incapacidad de darle una respuesta —sea de lucha o de huida— al estímulo distresante. Es decir, era la inhibición de la acción lo que —si se extendía en el tiempo— lo terminaba matando (creo que si el experimentador tuviese algo de sarcasmo malicioso podría determinar con total tranquilidad que la pobre rata «acabó suicidándose»).

Salvando las distancias, ¿no ocurre con los sujetos sometidos a una larga cuarentena, en medio de una crisis pandémica constantemente publicitada, más o menos lo mismo que las ratas de Laborit? ¿Y qué cosa acabará sucediendo, tarde o temprano, con las personas sometidas a esta inhibición de la acción frente al estímulo de un estrés perpetuo? Imagino que no hace falta decirlo.

Lo que debemos entender claramente es que eso de «el miedo mata» no sólo lo afirman los libros de autoayuda… también los de ciencia. Y entender que el argumento de encerrarnos a todos no es científico, porque desde la óptica de la ciencia basada en evidencia encerrar de esa manera es lo mismo que matar. Por supuesto que si una persona muere, semanas, meses o acaso años después de haber estado sometida a este experimento ridículo, le van a echar la culpa al cáncer, la úlcera o lo que sea que haya desarrollado el pobre individuo. Mientras la ciencia explicó hace ya tiempo qué es lo que está sucediendo en las cuarentenas, los perpetradores del relato insisten en mirar para otro lado e insistir con el mantra de «lo hacemos para protegerte y protegernos».

Al menos para que las ratas de Laborit no hayan muerto en vano, deberíamos aprender la lección de que no es el estrés en sí mismo lo que nos produce daño. Lo que nos afecta es el hecho de no hacer absolutamente nada al respecto. Quedarnos paralizados, recibiendo pasivamente los estímulos distresantes. Aceptar sumisamente el argumento de la pandemia y nutrirnos de la propaganda mediática.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Ante todo, deberíamos hacernos esta pregunta: ¿quién es el enemigo en todo esto?

El verdadero enemigo es la mentira y el engaño, y contra ello se combate mediante el saber y el conocimiento auténtico, objetivo, basado en evidencias.

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el conocimiento es la forma suprema de lucha. Lo es porque cualquier otra forma de lucha agota las fuerzas en vano y, para colmo, fortalece al enemigo manteniendo nutrido el conflicto. Además, cualquier otra forma de lucha es en realidad una consecuencia o efecto del conocimiento. Quien primero batalló y venció en su mente —ese terreno abstracto en donde se debaten la verdad y el engaño—, ya ganó de antemano, y cuando pasa a la acción su camino está mucho más allanado.

En segundo lugar, la claridad en la mente da serenidad y certidumbre en los actos. Es decir, la paz que brinda el saber auténtico nos previene de los efectos desesperantes del estrés. Debemos comprender que podemos manifestar un compromiso activo, una rebelión inteligente, porque mal que les pese a los dictadores solapados este sigue siendo un mundo democrático basado en los derechos humanos. Y aún cuando algún día deje de serlo, nada en el universo puede impedirnos el plantarnos en nuestra dignidad y nuestra libertad humanas.

Buscar respuestas racionales es pues una forma de proveernos una salida al laberinto experimental que proponen los instigadores del relato sanitario terrorista.


(*) Escritor e investigador. Autor del libro «El Relato Pandémico». Conseguir su libro y ver entrevista al autor con clic aquí.


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