Impresiones sobre Entre Ríos: excelencia en seguridad

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Tuve ocasión de visitar la ciudad de Colón, en la margen del Río Uruguay. Es una ciudad hermosa, estrictamente mesopotámica y de nutrida historia (dicen que fue la favorita de Urquiza). Los entrerrianos me contagian siempre la misma impresión: gente amable, sencilla, trabajadora, aunque ciertamente hermética y melancólica; me pregunto si entre ellos hablan de fútbol y de mujeres, y si acaso alguna vez cometen la impudicia de estallar a carcajadas.
     Colón es una ciudad de no más de veinte mil habitantes (estables), aunque se trata de un número – me decían – que suele duplicarse con facilidad en época de mayor turismo. Cuenta con Casino y hasta con lujosos hoteles; ese río amplio – inteligentemente explotado – ha transformado la vida de la ciudad, le ha dado un sino. Debería esta ciudad estar mejor publicitada en Rosario, y por cierto que también debería estar mayormente consignada en las rutas entrerrianas (desde mi ciudad a ella sólo he visto carteles de Gualeguaychú, Basavilbaso, Concepción…, pero ningún cartel que dijera «Colón»). En fin, de Rosario hasta la margen del Río Uruguay todas mis impresiones fueron favorables; podría afirmar que el trayecto caminero no sólo que es excelente salvo algunos tramos, sino que además son las rutas notablemente susceptibles a reformulaciones estructurales. Para todo argentino es lindo que te molesten porque están construyendo, alargando, corrigiendo, haciendo más hermoso todavía este país.
     Pero lo que más me llamó la atención en mi travesía por Entre Ríos poco tiene que ver con el hecho de endulzar aún más la folletería turística (o quizás sí). Aquello que me dejó verdaderamente admirado fue la asidua presencia policíal en todo el ancho recorrido entrerriano. En efecto, no hubo intersección alguna donde no haya habido un grupo de policías dispuestos más para guiar al viajero que para apercibir alguna falta eventual (en todo el recorrido, sólo di con un operativo en que hacían descender de un coche a una pareja, aunque no pude averiguar las causas). Puedo afirmar que la policía de Entre Ríos destaca por razones de rigor, sencillamente.
     He tenido ocasión de cerciorar la más que buena predisposición de los agentes: educados, bien vestidos, afeitados al ras, bien dormidos, limpios, respetables. Se trata de una impresión que necesariamente debí compartírsela a un poblador, en tanto que este mismo de inmediato evocó el nombre del señor Héctor Roberto Massuh, Jefe de la Policía de Entre Ríos. En internet es poca la información que pude recabar al respecto, por lo que debo quedarme con las ligeras aseveraciones de mi entrevistado. Según me decían, entonces, el Comisario Massuh es un «afanoso» en lo que respecta tanto a la labor policíal como a la presencia misma de los agentes, pudiendo incluso amonestar con tres días de cárcel al que no se vistiera convenientemente. Es que la policía de Entre Ríos es una de las pocas del país que cuenta con sastrería propia, por más que el mismo Massuh aclarara en una entrevista radial que todavía no alcanza para abastecer a todo el personal.
     Quise saber si acaso el comisario tendría alguna afinidad especial con la actual administración kirchnerista de la provincia de Entre Ríos, mas obtuve por respuesta que la exhaustiva labor de Massuh se remonta a los tiempos de la anterior gobernación. Específicamente, Massuh hace más de treinta años que los tiene dedicado a su profesión, hace más de seis que es Jefe de la Policía de Entre Ríos y prontamente tiene por objeto instalar casi 30 cámaras de seguridad en la capital provincial, Paraná.
     La buena impresión que me llevé al respecto puede quizás inclinarme a exagerar mi admiración, pero la misma no es otra cosa que una denuncia implícita a las condiciones lamentables de los policías que observo a menudo en mi provincia y en mi ciudad. Asumo que Santa Fe, y particularmente Rosario, son plazas mucho más complejas y conflictivas en materia de seguridad, pero esto no quita que no se vaya a optar por revisar modelos que pueden estar apenas cruzando el Río Paraná. En fin, no siempre el grande es aquél que sirve de ejemplo para el chico, mucho menos cuando este último con la sola presencia nos indica cuál es y para dónde está el rumbo que perdimos.
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