La Inquisición Pandémica

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Escribe: Nicolás Ponsiglione (*) (**)

En la época medieval, la vigilancia ideológica cristiana llegaba a cada rincón de los reinos europeos. No había creencia, filosofía, rito o costumbre paganos que pudieran sobrevivir y prosperar demasiado tiempo. Pero, ¿cómo podía esto lograrse eficazmente en aquellos lejanos tiempos sin teléfonos, internet ni cámaras de vigilancia? ¿Cómo hacía un limitado grupo de obispos y curas para llegar a cada hogar y rincón del mundo?

Lo lograban gracias al ciudadano de a pie sometido a su propio régimen ideológico. Cada persona —adulto, joven o niño— era los ojos y oídos de la Iglesia y del rey. Debía serlo. Oír, ver, saber o enterarse de algo exigía la inmediata denuncia a la autoridad. Es sabido que en los tiempos de la Inquisición era suficiente una simple sospecha por parte de alguien (un rumor sin prueba alguna, una simple habladuría) para someter, encarcelar, torturar y hasta asesinar a una persona acusada de herejía. La tortura era tan cruel que, a menudo, muchos terminaban confesando algo que no habían hecho sólo para acabar con el suplicio. El fanatismo puritano de querer ser parte de los «buenos», la envidia vengativa que quiere destruir al vecino y la paranoia generalizada de no querer salirse ni un milímetro de lo permitido para no ser objeto de sospecha, se expandieron como una auténtica epidemia psíquica. La sociedad entera —no sólo la iglesia o el rey— estaba enferma de inquisición.

Este clima de vigilancia y censura llevó, por ejemplo, a que los científicos, médicos, astrónomos, místicos o filósofos libres debieran ocultarse tras el velo del simbolismo con el objeto de no ser descubiertos en sus actividades «heréticas» y así poder continuar con sus investigaciones sin correr riesgos. Esta fue la época de la alquimia. Nada comunicaban frontal ni literalmente, sino que camuflaban sus estudios y descubrimientos tras un lenguaje alegórico, simbólico. No tenían permitido escribir sobre creencias no oficiales, prácticas meditativas no cristianas o hallazgos científicos no convenientes al modelo de la época, pero en cambio sí podían hablar sobre cómo transformar plomo en oro. Lo que resolvieron, pues, fue referirse en términos de lo segundo mientras lo que en realidad hacían era lo primero, y así lograron no ser molestados. La alquimia es incomprensible porque hablan todo el tiempo en código.

De igual modo, hoy día los investigadores, científicos y médicos deben adulterar las palabras y manejarse siempre con códigos para poder zafarse de la censura digital. Escribir kakunas en lugar de vacunas, o K0-VID en lugar de covid19. Las notas de los disidentes del relato oficial están plagadas de jeroglíficos simbólicos: emojis de jeringas y cosas por el estilo, para evitar decir expresamente lo que no pueden decir. También utilizan mímicas silenciosas para referirse con lenguaje no verbal a las palabras prohibidas por el culto oficial que todo lo vigila. Si son demasiado explícitos se exponen a que sus publicaciones sean barridas de la faz digital.

Pero no acaba todo en lo digital únicamente. Tal y como era en la época medieval inquisitoria, la sociedad pandémica es un panóptico en donde cada ciudadano puede —y debe— denunciar ritos paganos, costumbres peligrosas, ideas extra-oficiales, señales demoníacas (alguien con síntomas) o desobediencias heréticas. El lema es «cumple y has cumplir». La premisa es que «es tan criminal no cumplir como ver a alguien incumpliendo y no denunciarlo». Se anima al ciudadano a que buchonee, como dicen los argentinos. Todos vigilan a todos, mientras permanecen confinados. Cada covidiano siente el deber moral (sanitario) de colaborar con la asepsia social, porque mientras quede un solo individuo que incumpla las medidas, el mal jamás será erradicado, volviendo a multiplicarse como la hidra de mil cabezas.

La paranoia se expande como plaga social incontrolable, pues la única forma de combatir este presunto enemigo invisible y microscópico es redirigiendo los cañones al prójimo, a tu propio vecino sospechoso de relajación ritualística o de portación virósica. De manera que todos estamos vigilados y a su vez vigilamos, siempre con la guardia en alto ante el posible contagiador.

El creyente covidiano es puesto ante una antinomia irreconciliable: o acatamos todos el culto para no dejar rastros del mal, o quedaremos condenados para siempre a vivir en pandemia. Quienes compran este maniqueísmo atávico y sanitario sienten sus vidas insufladas por nuevos significados: pueden convertirse en guerreros de la asepsia, quienes buscan liberar a la humanidad del peor de los males, del príncipe de la muerte, el némesis de la salud, el diablo: el sars-cov2.

La sociedad queda así fragmentada, hiper-individualizada en un aislamiento sanitario fundamentalista. Deja de existir incluso la amalgama familiar, pues dentro de casa cada integrante debe protegerse del otro, ya no se comparte ni el mate, y hasta el niño es de pronto el potencial asesino del abuelo. Separación, distancia creciente; sospecha, miedo omnipresente. Atrincherados tras un sucio tapabocas, ya no queremos intercambiar nada con el prójimo, porque todo intercambio podría contener carga viral. Y si hubo intercambio, en seguida corremos a higienizarnos a fin de que no quede rastro alguno del encuentro.

Pero la vida es intercambio, sin él no existe la vida. En términos sociales, políticos y culturales, sin intercambio no es un virus el que habrá de desaparecer, sino la sociedad misma, previa destrucción de su cimiento por antonomasia: la familia. Sobre las bases del miedo, lo que se construye es un sistema totalitario; no sin antes demoler la democracia que a nuestros ancestros tanto trabajo les costó conseguir.

Así como el respeto tácito por la libertad de vida del prójimo es la base de las repúblicas democráticas, el control totalitario y usurpador de la intimidad es condición sine qua non de todo totalitarismo autocrático. Y allí donde hay un panóptico, no hay sociedad libre sino esclavos sirviendo obedientemente a los intereses de los de arriba.


(*) Escritor e investigador. Autor del libro «El Relato Pandémico». Conseguir su libro y ver entrevista al autor con clic aquí.

(**) El presente texto formará parte de la segunda parte del libro «El Relato Pandémico».


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