Subversión, de ayer y de hoy.
29 de abril, año 71. En un operativo de película, treinta terroristas de las FAR interceptan un camión del Ejército que transporta armamento hacia la Guarnición de Campo de Mayo. Asesinan al teniente Mario Asúa y dejan parapléjico a un soldado de sólo 21 años. Mientras este atentado ocurría, subversivos disfrazados de policías provocan un atasco en la ruta a pocos kilómetros. Luego huirían arrojando clavos y “miguelitos”. Se robaron más de 200 armas. 29 de abril, 1976, los terroristas del ERP secuestran al vicecomodoro Roberto Echegoyen, a quien asesinarían el 10 julio, luego de 72 días, tras ser descubierto, en San Andrés, el sitio donde lo mantenían cautivo. Lo mataron de un disparo en la nuca antes de escapar y lo habían secuestrado gracias a que lo entregó una compañera de trabajo de la esposa. El vicecomodoro sólo pesaba 42 kilos. ¿Viste que todo esto no lo dicen por televisión, ni lo cuentan en la escuela?
30 abril, año 73. A pesar de que lleva una ametralladora entre las rodillas y su chofer y custodio también viaja armado, las amenazas eran prácticamente diarias, cuando el vehículo que traslada al Contraalmirante Hermes Quijada se detiene en un semáforo resulta abordado por un terrorista del ERP 22 de Agosto que lo acribilla con cinco disparos. Para justificar este asesinato que conmocionó al país, los subversivos dirían que fue “en venganza” por los terroristas abatidos en la Base Naval de Trelew, los que fueron abandonados por los mismos secuaces que escaparon del Penal de Rawson (y que asesinaron y remataron a un guardiacárcel).
Sería el último crimen del “Gallego” Víctor Fernández Palmeiro, dado que, mientras escapaba, recibió un disparo que le perforó el riñón. Sus compañeros le ofrecieron llevarlo a un hospital sin importar que quedara preso dado que pronto asumiría el presidente Cámpora y lo liberaría junto al resto de los terroristas (tal era el pacto de los políticos con estos criminales). Pero el “Gallego” prefirió morir desangrado, rodeado del lumpen homicida más próximo y compartiendo con ellos una botella de whisky. Para esto sirvió el empaque revolucionario importado desde Cuba: para convertir a un joven de 26 años en un asesino serial, una triste alma que muere abrazando la vana pretensión de distraer la misma embriaguez que lo llevó a matar sin corazón y a morir sin valor.
Cuando los zurdos te hablen de los setenta y “se olviden” de la mitad de la historia (en realidad se olvidan del 90 por ciento) es porque también han elegido ser parte de esa embriaguez con la que pretenden callar la culpa y disfrazar el deshonor. Si ya resulta penoso que tantos criminales hayan muerto sin haber pedido perdón, cuánto más penosa puede ser la vida de una persona que hizo del “ni olvido ni perdón” la consigna con la que apuntala su propia miserable existencia.
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