La Parábola de las Antorchas del Huerto de Olivos

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Escribe: Gonzalo Sánchez (*) (**)

En aquel tiempo, un anciano y fiel servidor de las viñas del Rey, que había desgastado sus fuerzas portando la luz en los caminos más difíciles y bajo las tormentas más recias, se vio confinado a una celda apartada al atardecer de su existencia.

Desde allí, viendo que sus antiguos compañeros y los altos administradores del palacio pasaban de largo por temor a las miradas del pueblo o cuidando sus propios linajes, tomó un pergamino y escribió a los jóvenes labradores que recién comenzaban la jornada.

Al leer este testimonio, un Pastor de tierras lejanas levantó su voz para plasmar esta enseñanza:

La Parábola

Había un gran Señor que poseía un vasto Huerto de Olivos, cuya maduración requería de un cuidado constante, día y noche. Para mantener el huerto protegido de las tinieblas, el Señor ungió a guardianes y les entregó hermosas antorchas de bronce, ordenándoles mantener el fuego encendido, sanar las raíces heridas y alumbrar a las ovejas que se perdían en la noche.

Entre ellos, un joven guardián destacó por su entrega. Con el fuego del Espíritu quemando en su pecho, corrió hacia las zonas más oscuras y complejas del huerto, allí donde el peligro acechaba y donde la leña era más difícil de encender; Durante décadas, consumió su propia vida cumpliendo fielmente el mandato de su Creador, dejando que el aceite de su juventud se derramara por completo en el altar del servicio.

Pero el tiempo, ese río inexorable que el Señor regala a los hombres, avanzó silencioso; Las fuerzas del guardián menguaron, sus manos comenzaron a temblar y el peso de los años, sumado a un prolongado cautiverio en el aislamiento, convirtió sus días en un largo invierno.

Su antorcha ya no brillaba en los caminos altos; ahora era un fuego humilde, un tizón que ardía en la soledad de una pequeña habitación, sostenido solo por la oración y la memoria de la Cruz.

Ocurrió entonces que los Altos Administradores del Huerto,  aquellos encargados de guiar los pasos de la comunidad, los obispos y los dignatarios del palacio, comenzaron a pasar cerca de su retiro; Sin embargo, al ver la debilidad del anciano y escuchar el eco de sus cadenas, apresuraban el paso.

Algunos argumentaban que el tiempo de aquel hombre ya había pasado; otros, cuidando su reputación ante los habitantes de la comarca o temiendo el «qué dirán», preferían mirar hacia el otro lado de la calzada. Olvidaron por completo la obra que aquel guardián había tallado en los días de gloria para el Reino del Creador.

Lo dejaron al costado del camino, como en el paraje de Jericó, esperando en vano el bálsamo de una palabra fraterna, el simple milagro de un «hola, hermano».

El Señor del Huerto, que todo lo ve, convocó entonces a los labradores más jóvenes, a los que apenas comenzaban a encender sus antorchas, y les mostró el rincón del olvido.

Con voz firme pero llena de compasión, les dijo:

“Miren a su hermano. Quienes hoy dirigen el huerto han endurecido sus corazones, transformándose en jueces civiles y administradores de la ley, olvidando que su primera unción fue para la misericordia. Han levantado muros de separación en lugar de puentes de comunión. Yo les digo a ustedes, que hoy tienen la fuerza de la juventud; no busquen el currículum de quien sufre para decidir si lo aman. Si permiten que la vejez de sus hermanos sea vivida en el descarte, el aceite de sus propias antorchas se secará antes de que llegue la noche”.

Y concluyó el Señor: “Edifiquen desde ahora una casa donde el fuego viejo sea custodiado como un tesoro y no como una carga. Porque la Iglesia es un hogar-familia, y quien no aprende a visitar al hermano preso o enfermo en el atardecer de su vida, descubrirá con dolor que, al llegar su propio ocaso, las puertas que cerró serán las mismas que nadie abrirá para él”.

Enseñanza para la Juventud Sacerdotal

Esta parábola no es una mera abstracción conceptual, sino el reflejo vivo de una realidad sufriente que interpela directamente el corazón de las nuevas generaciones de presbíteros. Hallamos su encarnación y testimonio en la figura del Padre Christian Federico von Wernich, quien hoy, a sus 89 años de vida y tras haber entregado 52 años al orden sagrado, experimenta la dura prueba de un prolongado cautiverio que se extiende ya por más de dos décadas.

En el atardecer de su existencia, su realidad está marcada no solo por el peso inexorable del tiempo y una salud delicada, sino por la cruz del aislamiento y la dolorosa ausencia de aquellos hermanos en el ministerio que debieron ser su primer amparo.

Para el joven clero, contemplar la figura de un anciano sacerdote expuesto a la fragilidad física y al vacío de la visitación fraterna constituye una lección teológica fundamental; la fidelidad al Evangelio no se mide por la complacencia de las estructuras humanas ni por el favor de los juicios civiles, sino por la capacidad de ejercer la misericordia allí donde el sufrimiento es más agudo.

El abandono por parte de quienes conducen los hilos de la institución, obispos, cardenales y pares ministeriales, hiere profundamente el misterio de la comunión eclesial y desfigura el rostro de la Iglesia como hogar-familia. Por tanto, el cuidado, el respeto y la cercanía hacia el hermano apartado o enfermo no representan una opción pastoral accesoria, sino el examen definitivo de la caridad sacerdotal y la única garantía de conservar intactas las raíces de nuestra fe.

Énfasis Teológico

El sacerdocio católico no es un oficio de visitadores sociales, sino un puente de gracia tendido hacia el misterio del dolor humano en comunión con la Cruz de Cristo. Cuando los hombres de la Iglesia endurecen sus posturas por temor al qué dirán, o levantan muros de separación fundados en la indiferencia, se apartan del mandato directo del Buen Pastor.

La juventud y la energía que hoy se desgastan por el Reino de Dios deben sembrar, desde el presente, la empatía y el amor filial que evangélicamente se habrá de cosechar mañana; Pues una Iglesia que arrumba a sus ancianos en el olvido santifica el descarte y traiciona su propia naturaleza mística.

Miremos, pues, el horizonte final con el corazón anclado en la promesa Divina, recordando que la entrega total de la vida por la Cristiandad no quedará sin recompensa ante el único y Justo Juez, quien en el último día rasgará los velos de la indiferencia humana para coronar a sus siervos fieles;

«Porque no es injusto Dios para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún.»

(Hebreos 6:10) ¡TODAS LAS IGLESIAS DE TODAS LAS DENOMINACIONES NECESITAN UN AVIVAMIENTO!

(*) El autor de esta nota es Pastor Misionero.
(**) Campo de mayo, 11 de julio de 2026.


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