La ‘tinelización’ de los derechos humanos

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EL MISMO TÍTULO lo dice. Una cuestión de suyo delicada y controvertida, hoy signada para completar la diaria chismografía televisiva. Si algo le faltaba a los derechos humanos en Argentina – ya bastardeados desde siempre y empezando por quienes dicen reivindicarlos – es que también ellos cayeran en la misma bolsa de banalidad, prostitución y rating que tanto envilece a prácticamente toda la televisión. De manera que hoy los mentados DD.HH. integran la misma galería ociosa donde desfilan el trasero de Zaira Nara, las tetas de Pampita, la florida homosexualidad de Fort, el botox de Moria Casán… y sí, la desmedida ambición del empresario Marcelo Tinelli (quien, como buen cincuentón, cuanto más viejo, más verde).
     Lo que siempre se pretendió como sagrado (más allá de las pérfidas distorsiones) ahora resulta que se subscribe dentro del truculento circo mediático. El caso es que, en pocas palabras, se le endilga al Almirante Massera haber tenido alguna relación con la vedette Graciela Alfano (otra que en vez de sangre tiene clorofila), motivo por el cual se la relaciona a ésta con las supuestas violaciones a los derechos humanos que habrían perpetrado los militares (cosa que como bien sabemos tiene más de cuento chino que de real). La prensa liviana de nuestro país – toda – por supuesto que no demoró un segundo en apuntar sus viciados lentes al respecto, sin importar que la hediondez magnífica que destila nuestra farándula ensucie aún más la siempre irresuelta cuestión de los 70.
     No debe sorprendernos, sin embargo, este derrotero lógico en que decae un asunto tan discutido como fabulado. Más allá del uso descarado que actores políticos, como Carloto y Bonafini, han dado a los DD.HH., tanto el cine como la televisión han incursionado también los tremebundos laberintos del mito y la mentira. Por citar un par de ejemplos, la película “Kamchatka” (con Ricardo Darín) supone la historia de una tierna e inocente parejita que escapa del yugo asesino de los militares, sin precisar en ninguna parte el motivo de dicho acosamiento. En la pantalla chica quizás el caso más ilustrativo lo haya consignado la telenovela “Montecristo”, en que su protagonista, interpretada por Paola Krum, descubre que es hija de desaparecidos. Si bien la calidad argumental de ambas producciones es poco menos que vergonzosa, queda bien de manifiesto (como en prácticamente todo aquello que toque los 70) el esfuerzo sistemático por santificar una parte (los terroristas) y demonizar a otra (las fuerzas legales). Ya, en los medios en general, prácticamente siempre los periodistas u opinólogos – del color político que sean – se postulan respetuosos con el dogma setentista, sin importar cuán perniciosos pueden resultar para el descubrimiento de la verdad como así mismo el resarcimiento de la justicia (siendo esta última, en nuestro país, extremadamente dependiente del juicio de las masas).
     De esta suerte que tarde o temprano iba a terminar “el tema de los 70” bailando en el caño [1], en medio nada menos que de una legión de prostitutas y proxenetas – entre invertidos y viejos babosos –, todo lo cual resume en un desgaste más de los mismos derechos humanos que subyacen tácita o explícitamente. Sea cierto o no el romance entre Massera y Alfano, y de las cosas que a esta última se le imputen, la putrefacta atmósfera de la farándula, naturalmente, acaba por banalizar un asunto de suyo difícil y doloroso, y que desde siempre exigió el juicio desinteresado y competente que nunca tuvo.
     Más allá de que los setenta en Argentina han sido utilizados para fines políticos e ideológicos, su sola mención siempre originó un eco de respeto y discreción en los receptores – la gente –. Que en adelante tenga estrecha relación con nombres como Alfano, Tinelli y otros tantos agentes de degradación moral, constituye un eficaz recurso por seguir distanciando esta discutida etapa histórica del sentido común de los argentinos. En rigor, la farandulización o tinelización de los derechos humanos, lejos de signarlos en la consideración colectiva en su concepción ascética, sólo conseguirá – luego de tamaño manoseo – exhibirlos cada vez más vulnerables e insignificantes.
[1] En alusión al baile pornográfico que tiene lugar en el programa «Bailando por un sueño», que conduce el empresario Marcelo Tinelli por la pantalla de Canal 13.
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