Las falacias «plandemistas»

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Escribe: Nicolás Ponsiglione (*)

DESARMANDO LA INGENIERÍA DEL ENGAÑO.

Tras analizar decenas de publicaciones de los autodenominados «Verificadores de datos» (en ingles, «fact-chequers»), pudimos advertir que en cuestiones vinculadas a la pandemia actual son un completo y absoluto fraude. Los internautas deben tomar conciencia de los procedimientos y mecanismos que utilizan para así poder sustraerse a sus manejos semánticos y su manipulación tan descarada. La tarea está relativamente simplificada porque utilizan siempre y en todos los casos los mismos recursos falaces.

Veamos cómo proceden cuando quieren refutar radicalmente una investigación, debate, informe o hipótesis que contradiga o ponga en tela de juicio algo referente al relato pandémico oficial con su régimen del terror.

Jamás encontrarán en nota alguna un solo argumento debidamente explicado, racionalmente fundamentado ni seriamente documentado. En cambio, siempre encontrarán estos recursos tramposos, deshonestos y cobardes:

1. La afirmación o negación dogmática, tajante y explícita. Arrancan con la mismísima conclusión: «es FALSO que tal o cual cosa». Para que el lector ya se vaya habituando a la conclusión categórica de lo que ellos quieren implantar como la «verdad verdadera». Pero tengamos paciencia, veamos si presentan en cada caso unos buenos argumentos.

2. En seguida ponen en práctica la usual falacia Ad Hominem, que consiste en dejar mal parado a su contrincante. Como no tienen fortaleza de argumentos para desacreditar lo que éste afirma, sugiere o hipotetiza, ante todo recurren a la vieja técnica de quitarle reputación, dañar su imagen, retirarle méritos o títulos honoríficos y dejarlo en el imaginario del lector como un simple patán del montón.

De manera tal que si es bioquímico, doctor, genetista o virólogo, sencillamente no dicen que lo es;  o le agregan un gracioso «quien dice ser médico», cuando todos saben que lo es, porque lo es. No les conviene. Mucho menos refieren desde hace cuanto tiempo es experto, ni proveen información al respecto de su formación. Nada de eso. Dejan peladito el nombre, desnudo como dios lo trajo al mundo.

Por traer un ejemplo reciente, tenemos el caso de la entrevista entre Marcos Kappes y Ricardo Delgado (de La Quinta Columna), en la cual a éste último lo presentan como «Ricardo Delgado, quien dice ser bioestadístico». Siempre que aludan a él, será Ricardo Delgado a secas. O incluso tan sólo Ricardo (¿te recuerda a tu verdulero de barrio? ¡Buena asociación, vas por buen camino!).

Contrastando con dicho tratamiento chabacano, cuando presentan a su comité de expertos a sueldo que vienen a socorrerlos en esta debacle, siempre y ante todo decoran de títulos honoríficos a sus salvadores: el experto en epidemiologia, quien también tiene un doctorado en esto y aquello, Dr. Fulano de Tal, quien, a su vez, es director de la clínica de San Pepito… y cosas por estilo. A todo lo largo de sus notas, siempre presentaran el debate entre «un tal Ricardo» y el «experto Dr. Mengano» (por cierto, ¿a esta altura a quien has decidido cederle la victoria argumental? No es difícil adivinarlo…). Este mecanismo patético y deshonesto lo usan siempre.

¿Por qué no le comentan al lector, ya que dicen ser tan neutrales, que el tal Ricardo además de bioestadístico por la Universidad de Sevilla es también microbiólogo clínico, con un posgrado en biología sanitaria, epidemiología e Inmunología Clínica aplicada por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, Experto Universitario en Genética Clínica por la Universidad Antonio de Nebrija, con un Certificado de Contribución científica por la Universidad de Sevilla y el S.I.P.I.E., entre otros títulos? ¿Por qué no agregan, de paso, que el tal Ricardo no habla ni siquiera en nombre de él solito, sino que representa a todo un grupo de investigadores formado por verdaderos expertos de la Universidad de Almería, como por el ejemplo el Dr. Campra Madrid, el Dr. José Luis Sevillano, entre otros?

No lo hacen, sencillamente, porque estos «verificadores» están enfocados en engañarte y llevarte a concluir lo que ellos quieren que concluyas apelando a las falacias y estratagemas más estúpidas con el fin de lograrlo. Porque no olvidemos que les pagan muchísimo dinero por… redactar estas notas. Ellos deben esmerarse, ¡es todo lo que tienen que hacer para justificar sus sueldos abultados!

De neutrales, pues, no tienen absolutamente nada. Y, como ellos saben que deben «parecer» neutrales, hasta elijen sus nombres para sobornar tu mente, como el caso del famosos fact-chequer llamado Newtral.

3- Vinculada a esta estrategia falaz, también en algunos casos se esfuerzan un poquito más y apelan a lo que se conoce como falacia del muñeco de paja. Consiste en exponerte una versión ridiculizada, bastardeada y rebajada (como una caricatura barata) del argumento de su contrincante. Al bajarlo de nivel, se jactan de poder vencerlo fácilmente. En realidadm están combatiendo una versión de mala calidad porque saben que enfrentándose al argumento completo y, tal como lo expone el contrincante, no tienen la más mínima chance de salir airosos.

4- Acto seguido, comienzan a utilizar —con una desmesura muy notable— la falacia de autoridad, la cual consiste en traer a uno o varios «expertos» que estén incondicionalmente de su lado, para que sencillamente ratifiquen lo que ellos ya afirmaron o negaron. En resumen, el experto chupamedias (claramente pago) se limita a decir que «sí, es tal cual lo que dicen ustedes, así son las cosas». En otros casos más moderados (o acaso menos pagos), un experto puede argumentar que «se sacaron las cosas de contexto», «que no es concluyente» o, bien, que «es así pero no tan así». De esta manera, te van paseando de la manito por el laberinto que ellos te proponen, que si algo omite hacer es ir directo al grano y argumentar por qué sostienen lo que sostienen.

Traen al «experto». Sí, pero ¿a cuál experto? Además, por más experto que sea alguien, si no argumenta y fundamenta lo que dice, ¿por qué deberíamos creerle?

5- Rápidamente inician su ametralladora de links, que conducirían según ellos al oasis celestial de la verdad verdadera, pero cuando uno accede a ellos se encuentra con papers o publicaciones repletas de inconsistencias, que casualmente están siempre del lado de los financistas e inversores, del lado del relato oficial. De esta manera, siguen sin explicar nada. Te refriegan una y otra vez por la cara el dogma central, el dogma oficial, lo que se supone que debemos creer todos.

6- Y así accedemos a la siguiente falacia, análoga en todo a la conocida falacia de plurium interrogationum. Comienzan a apilar sus ataques uno encima del otro, sin darte respiro para responder, entender o explicar siquiera cada uno de sus puntos. Vacunas, estadísticas, grafeno, PCR, 5G, fin del mundo, curas naturales, platillismo, terraplanismo… y la lista sigue en una espiral abrupta que desciende derechito al infierno de tu colapso psicológico, en el cual al final caerás rendido con un grito que dice «¡está bien! ¡Tienen razón ustedes, por dios santo! ¡Ya no volveré a creer en aquellos viles chantas que casi me corren del discurso avalado!».

7- Y así es como vencen en muchísimos casos: apelando a la última jugada turbia, la carta mediocre de la falacia ad nauseaum. Repiten la mentira tantas veces, pero tantas veces, que al final mucha gente acaba considerándola como la verdad. ¿Proporcionaron alguna prueba o argumento sólido para lograrlo? Ni uno solo. Desplegaron todo su vil arsenal de artimañas psicológicas baratas para engatusarte y estafarte.

¿Crees que no? Siempre que acabes pensando exactamente de la manera en que ellos quieren que pienses, es porque has sido engañado.

8- Por último, siempre le quedará al lector desatento ese sabor conocido que deja la falacia ad populum en la boca. «Esta es la versión que la mayoría cree como la verdadera o correcta, por lo tanto debe ser la Verdad». Y «aquel es el tipo de discurso o argumento que sostiene la minoría, por ende debe ser claramente falso». Si este es tu razonamiento, tan sólo detente a pensar en la Alemania nazi, y en cómo era una abrumadora mayoría quien perpetraba, sostenía y defendía el genocidio y los delitos de lesa humanidad, por acción u omisión. Pero quienes no participaron y lo denunciaron activamente, ¿cuántos fueron?


(*) Escritor e investigador. Autor del libro «El Relato Pandémico». Conseguir su libro y ver entrevista al autor con clic aquí.


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