
Escribe: David Rey
Acabo de leer un artículo editorial del periodista Ernesto Tenembaum titulado “Un artista peronista” (Infobae). El artículo, básicamente, redunda en un condenatorio reproche tanto hacia el presidente Javier Milei como para cualquier persona que no realice públicas manifestaciones de sobrecogimiento por la muerte del músico Carlos Alberto Solari, más conocido como “el Indio Solari”. Vale destacar que, si bien el artículo refleja un nivel de demagogia pocas veces visto (revuelve el estómago), lo mismo no es de extrañar de parte de quien lo firma.
Para el prestigioso redactor el presidente Milei no homenajeó al “Indio” Solari, ni siquiera con un “tuit” (justo él, que tuitea todo el tiempo) por las ideas políticas del fallecido, porque era peronista y kirchnerista. Subrepticiamente esta acusación impone la afirmación de que Solari fue un gran artista y que su arte debe ser ponderado a pesar de sus matices personales (y que incluso una persona debe resignar su propio disgusto en función del aplauso que estaría obligado a dar); lo cierto es que la calidad o magnitud del arte del extinto líder de “Los Redonditos de Ricota” es materia que discuten los entendidos de la música, justamente. Para Tenembaum, por ejemplo, una mujer golpeada estaría obligada a rendirle pleitesía a su golpeador porque, a pesar de eso, fue “buen” artista (hacer la vista gorda como hicieron ELLOS con el presidente Alberto Fernández).
Por cierto que la indeleble postura de Tenembaum también da por sentada “la bondad” del mensaje en el supuesto arte de Solari, algo ya no tan discutible en el sentido de que tranquilamente su prédica puede entenderse como negativa, perniciosa, repugnante (aunque lo mismo no sería patrimonio del “Indio” solamente sino del grueso del pretendido “rock” nacional). Pero, en fin, más allá de que te guste o no su música, y más allá de cómo se considere la motivación de este señor, hay algo cierto y que destruye por completo la retórica demagógica de Tenembaum: nadie, pero absolutamente nadie, está obligado a transmitir un homenaje que no siente (por las razones que sea); y, más doloroso aún para el redactor, él no tiene -ni nadie- absolutamente ninguna autoridad moral para siquiera exigirle a otra persona que sienta lo que no siente.
Claro, vivimos en el país de la hipocresía, es decir, donde buena parte de la población -donde se incluyen los políticos- hacen o dicen cosas no por la autenticidad que estas mismas engloben sino por una cuestión más profana y menos elaborada: “quedar bien”. Ergo, Tenembaum quiere que nuestro presidente sea un hipócrita y que, para quedar bien (¿con quién, con él?), elabore un sentido tuit donde lamente la partida del músico. Es decir, tanto Milei como todo argentino de bien debería “tragarse el sapo”, hacer como si no importara que se haya adosado nada menos que a la facción política más corrupta de la historia de nuestro país (es decir, el kirchnerismo) y, pues, llorar a moco tendido la partida del roquero.

Pero no, una persona con una mínima de materia gris no puede separar una cosa de la otra puesto que en esa misma conjunción pestilente que resumen el arte y la política cuando se aparean queda gestado, nada menos, el cáncer que carcome a nuestra sociedad. Tenemos a un roquero multimillonario que se la tiraba de “popular” y “antisistema” al tiempo que, a pesar de esto, fue adorado cual deidad por una maraña grasienta de imbéciles narcotizados. Por si esto fuera poco, en función de su misma mediocridad artística, su militancia en favor de la banda de delincuentes kirchneristas nos detalla que ni siquiera el mismo “Indio” respetaba el “arte” del que era su creador o máximo responsable.
Como en todo relato hipócrita, Tenembaum nos refleja más cosas en lo que no dice que en lo que dice. En lo que da por sentado subrepticiamente que en la condena explícita con que pretende apuntar contra el presidente como contra todo aquel que no participe del circo falsario en torno al velorio del “Indio”. En esa “corrección” mendaz e hipócrita con que insta a que todos los argentinos adoremos o respetemos lo que no merece adoración ni tampoco respeto. En ese sometimiento ideológico que requiere resignar ya no sólo nuestros gustos musicales o artísticos sino, también, nuestro criterio propio e, incluso, nuestra propia dignidad.
Así es el país que quieren los reputados sujetos como Tenembaum. Un país donde miremos con un solo ojo y donde permanezcamos impasibles frente de un derrotero moral y cultural que compromete generaciones enteras por venir. Un país donde debamos sumar nuestro falso sobrecogimiento porque “queda bien”. En fin, el país que quieren los hipócritas de siempre, aquellos que, como el mismo Solari, se hacen “los populares” mientras cobran en dólares y brindan con un champagne, que equivale a un salario completo, desde “su” departamento de New York.
Un país de grandísimos hipócritas el que quiere esta viuda del “Indio” Solari, donde se utilice incluso a un muerto para saciar apetencias ideológicas y, de este modo, encontrar un motivo más para pegarle al adversario, en este caso, al mismo presidente. Usar a un muerto -todavía caliente– para hacer política.
Menos mal que el presidente Milei no se suscribe en esa lista de idiotas útiles, al igual que millones de argentinos.
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