
Escribe: David Rey
Al suboficial retirado de la Armada Jorge Pablo Cabrera (59) lo acaban de imputar en los tribunales federales de La Plata, a cargo de Alejo Ramos Padilla, por apología del delito e incitación al odio… por el solo hecho de haber contado un chiste. En rigor, si bien la denuncia data de finales septiembre, en el programa radial “La Libertad Avanza Radio” de FM del Sur 103.7 de la ciudad de Verónica (Buenos Aires), de junio de este año, el ahora imputado -en tanto que oficiaba de comentarista de dicha emisión- dijo que tuvo un Ford Falcon “verde oliva” cuyo baúl todavía “huele a justicia”.
La denuncia, a primeras, plantea un oxímoron dado que señala que “lo manifestado por el imputado resulta un ejercicio abusivo de la libertad de expresión”. Para la Unidad Fiscal, «el Ford Falcón verde es un símbolo histórico y socialmente reconocido del aparato represivo de la dictadura cívico-militar (1976–1983). Fue utilizado por las fuerzas de seguridad como vehículo de secuestro y desaparición de personas». Según los fiscales, entonces, «la frase […] reivindica de manera explícita ese símbolo represivo, resignificándolo como expresión de ‘justicia’ cuando en realidad fue el medio por el que se cometieron crímenes aberrantes».
Chiste vs. ironía
El chiste es malo puesto que convalida la historieta falsaria con que el progresismo plantea que “los militares secuestraban” personas de forma “ilegal”. En este sentido, quienes denuncian a Cabrera deberían agradecerle. Pero la ironía que se desprende del mismo plantea un agravio no para las supuestas víctimas del “accionar represivo” sino para quienes se empeñan en sostener, con celo de dogma, toda esa prédica de mentiras y demás felonías en torno a la década de los 70. Es preciso, pues, hacer algo, de ahí la tan controvertida como orwelliana imputación.
El chiste de Cabrera no es nuevo sino más bien que ya está bastante gastado, pero los sacerdotes del relato setentista mientras que no pueden permitir que dicho insulto tenga lugar en una radio, por otro lado, aprovechan la ocasión para -tardíamente- sacarle provecho a la cosa y utilizar el infestado aparato judicial para advertir, amenazar y disciplinar al grueso de la ciudadanía.
La denuncia sostiene que “presentar estos crímenes como gestas heroicas de las Fuerzas Armadas afecta de modo directo la paz social y el orden público que exige una sociedad democrática», lo cual redunda en otra mentira más que se puede apreciar con la sola contemplación de la realidad: no sólo que, desde que el chiste fue pronunciado (en junio), no ocurrió absolutamente nada que atentara o conmoviera la “paz social” y el “orden público” sino que, si somos francos, nadie -pero nadie- se acordaba ya de esto (además de que la gran mayoría de los argentinos ni siquiera estaba al tanto de lo mismo). Necesitaban un motivo para seguir con el circo y se agarraron de un chiste.
Mucho más preocupante que la humorada de Cabrera es que todavía se sigan destinando fondos públicos -y nada menos que durante el gobierno actual- para sostener este circo de facinerosos trasnochados que lucran con la sangre que dicen lamentar. Esto sí que es reprobable, y no es chiste.
Entre líneas
Nobleza obliga, debemos comprender que la denuncia de los fiscales se corresponde fielmente con lo que les aqueja y han sido harto transparentes en el planteo. Pero amerita que realicemos una somera traducción a la realidad. En la sagrada horita del odio, han dicho (atención a las cursivas): «Consideramos que este tipo de manifestaciones apologéticas no solo revictimizan a quienes padecieron el terrorismo de Estado, sino que también ponen en riesgo la memoria colectiva, la vigencia de la democracia y el compromiso con los derechos humanos que el Estado tiene el deber de proteger».
Está clarísimo. Pues debemos tomarlo como de quien viene y entender lo siguiente: “Consideramos que este tipo de escraches no solo delatan a quienes recibieron su merecido por parte del Estado, sino que también ponen en riesgo la mentira colectiva, la vigencia del engaño y el compromiso con los curros que el Estado tiene el deber de garantizar”. Antes de verter cualquier opinión al respecto, sería interesante que consideremos la naturaleza moral de la parte denunciante, por ejemplo, la de personas que consideran que los terroristas fueron santos laicos y que, como mencionamos anteriormente, lucran con la injusticia y la felonía imperante. Entonces, ¿cuál texto se corresponde más con la realidad, el original… o la traducción?
Metamorfosis degradante
De denunciar “genocidios” a denunciar un chiste. De bramar contra las “dictaduras” empeñadas en socavar la libertad del pueblo, a perseguir a una persona por pensar distinto. De luchar contra Videla, a lloriquear porque un retirado se ríe de ellos. De recriminarle al Proceso por violar la Constitución y ejercer la censura a rogarle a un juez que castigue a un argentino por haber ejercido su derecho constitucional a la libertad de expresión. En definitiva, tres décadas de devaluación no sólo afectó el bolsillo de los argentinos sino también a estos esperpentos que no hacen más que configurar una raquítica caricatura de aquellos enfermos mentales que, aunque asolaron al país, al menos no se las andaban con estas mariconadas.
En fin, el chiste es malo… y que lo diga un militar en una radio les da pie a los zurdos para seguir robando como siempre (aunque la verdad es que algo iban a encontrar para desandar este objetivo invariable. Viven de esto). Lo bueno de esta historia, sin embargo, es que el sarcasmo de Cabrera sirve para reflejar el hartazgo de los argentinos respecto del cuento hipócrita de los setenta en tanto que la denuncia nos permite ver, con toda claridad y una vez más, quiénes son en verdad estos farsantes de cuarta, cuán depreciados están y qué es lo que buscan en realidad.
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María Guillermina Cabrera Rojo, la primera víctima de los «jóvenes idealistas».
Esto no te lo van a contar en la escuela ni en la televisión. ¡Te lo cuento yo!:
