Miles de muertos en Inglaterra con (¿o por?) las dos dosis

La Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido informó sobre casi 2500 fallecimientos de personas tras la inoculación. ¿Se murieron por causas naturales... o "algo" los empujó a morirse?

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Escribe: David Rey

Más de 2 mil personas mayores de 70 años, completamente vacunadas, han fallecido en Inglaterra durante el último mes “dentro de los 28 días de la prueba COVID positiva”. Así se desprende de un informe de la Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido. En rigor, se trata de 2447 ancianos con «doble pinchazo» que fallecieron en el periodo comprendido por el estudio, frente a 538 fallecimientos de personas no vacunadas. La diferencia, es notable.

Si bien la prensa “oficial” interpreta que los guarismos se dan de este modo ya que “el 95% de la población” estudiada estaba inoculada, los números no pueden ser más claros y hablan por sí solos: se muere la gente que se vacuna y, justamente, de “eso mismo” que la inyección experimental pretendió combatir. No sería dable esperar semejante guarismo en personas que se murieran, por ejemplo, de viruela… habiéndose vacunado contra la viruela.

Y la realidad –la que no se cuenta por televisión- enseña que ya es incontable la cantidad de personas que padecen efectos adversos posinoculación (entre los que destacan las afecciones coronarias) incluidos la muerte. También es notable el número incrementado de accidentes de trabajo que se dan principalmente en regiones industrializadas, “donde las máquinas se tragan a las personas” extrañamente “desvanecidas” (algo de lo que ya se empieza a comentar en redes sociales). Los infartos y las muertes súbitas parecen haber pasado a ser la primera causa de muerte.

No sólo se mueren los viejos

Hace poco, DAVIDREY.com.ar recogió la noticia respecto de un significativo aumento de muertes, también en el Reino Unido, en jóvenes de entre 15 y 19 años, tal como señaló un estudio del Health Advisory Recovery Team (HART). En su mayoría, los jóvenes inoculados comenzaron a sufrir afecciones del corazón, entre arritmias y miocarditis, como es el emblemático ejemplo del futbolista argentino Sergio «Kun» Agüero (33 años), quien -tras vacunarse y promocionar la inoculación compulsiva en Cataluña- sufrió una descompensación coronaria nada menos que en pleno partido de fútbol con el Barcelona FC, algo que claramente no pudo ocultar la prensa mundial.

No podría adjudicársele una afección preexistente de consideración al «Kun» toda vez que, de haberla tenido, no habría sido fichado en los clubes más importantes de Europa, donde los estudios médicos suelen ser de lo más exhaustivos. Ahora que se vacunó, el exatacante de Independiente de Argentina se debate entre esperar un milagro o colgar los botines.

Al igual que con el Kun, las redes sociales están colmadas de casos de deportistas de todo el mundo (sobre todo de Occidente) que fallecen o sufren complicaciones coronarias después de haberse inoculado. ¿Acaso alguna vez ha tenido lugar semejante registro en tan corto lapso de tiempo? La respuesta es patrimonio del lector.

Más allá del corazón

DAVIDREY.com.ar también informó respecto de un «tsunami» de cáncer que se espera a raíz de las inoculaciones experimentales («experimentales» porque se está experimentando con humanos, y sin que antes se haya experimentado con ratas de laboratorio). El triste pronóstico se desprende de un «repunte masivo» de casos de cáncer recogido por el proyecto «Capitol Clarity», del gobierno de Idaho (EE. UU.). El fenómeno tiene lugar, casualmente, tras registrarse en los Estados Unidos una considerable baja estadística de muertes de cáncer, de 200 a 146 por cada 100 mil habitantes entre 1999 y 2019. ¿Acaso la gente comenzó a enfermarse menos de cáncer y las farmacéuticas hoy se proponen «recuperar» el terreno perdido induciendo la enfermedad con las inoculaciones experimentales contra un virus cuya existencia no se comprobó y en el contexto de una «pandemia» indemostrable?

De hecho, la revista Nature acaba de publicar los resultados de varios estudios que concluyen que las inoculaciones contra el presunto Covid-19 destruyen, justamente, el sistema inmunológico de las personas sometidas a la experimentación. Resumidamente, una persona inoculada está más expuesta a enfermarse que una no inoculada y compara a la «vacuna» nada menos que con una «infección».

La ruta del dinero

Mientras tanto, los medios masivos de comunicación, en conjunto con los gobiernos, prosiguen sin pausa no solo con la «campaña de vacunación» compulsiva sino que, además, hacen hasta lo imposible por coaccionar a los no vacunados a que se vacunen, tal como ilustran -por ejemplo- las noticias respecto de que en Austria o Eslovenia estarían cercenando las libertades (en un acto de discriminación sin precedentes) de quienes se resisten a ser objetos de experimentación.

Puede el lector sentarse unos quince o veinte minutos frente del televisor, esperar la pauta publicitaria, y entonces conocer quiénes son los que financian a los miles de «compungidos» opinólogos que hablan contra los irresponsables que no quieren vacunarse. Y también puede el lector hacer lo propio para informarse respecto de dónde van los miles de millones de dólares que pagaron los gobiernos para comprar las «salvadoras» vacunas que no te salvan ni siquiera de un resfrío, ni aunque te pongas tres, cuatro o cinco dosis.

Siempre los genocidios han hecho hablar al mundo mucho después de que tuvieran lugar. Es que antes la gente no estaba tan conectada como ahora. Hoy, por lo visto, nos hallamos a las puertas del genocidio más importante que registre la historia. Están envenenando a la gente tras haber anunciado miles de veces que les preocupa la «superpoblación» mundial.

Pero la diferencia está en que hoy sí podemos comunicarnos entre nosotros y hacer valer nuestras decisiones.

Sabrá el lector elegir, entonces, si quiere a futuro formar parte de una sociedad avergonzada por los crímenes que cometieron sus ‘democráticos’ gobernantes o ser parte de esa resistencia (en principio, siempre minoritaria) a la que el mundo debe nada menos que el simple hecho de seguir girando, como siempre.


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