
Escribe: Padre Christian von Wernich
Hermanos en el sacerdocio:
Nos reúne hoy la memoria de San Joaquín y Santa Ana, y con ella el eco del mensaje de la «VI Jornada Mundial de las Personas Mayores», donde la Iglesia proclama bajo el lema «Yo no te olvidaré» (Is 49,15) que ninguna vida humana pierde su valor ante los ojos del Padre, y que la dignidad de la persona jamás puede quedar supeditada a criterios de conveniencia, eficiencia o tranquilidad institucional.
A mis 89 años, ya en el tramo final de mi vida, vuelvo a dirigirme a ustedes para exponer una situación que hiere profundamente la paternidad episcopal y la fraternidad sacerdotal.
Durante los años 70 ejercí mi misión como capellán policial siguiendo la pastoral establecida y aprobada por la autoridad eclesiástica competente -el entonces arzobispo de La Plata y capellán general de la Policía Bonaerense monseñor Antonio José Plaza- y en comunión con obispos de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA).
No actué -como la CEA lo informó en 2007- por iniciativa personal ni por cuenta propia: cumplí con la disciplina y las orientaciones pastorales que se trazaron. Por esa pastoral de asistencia espiritual al personal policial y sus familias fui objeto de persecución judicial con el armado de causas en el fuero penal. Recibí «condena perpetua» llevando ya 22 años y 10 meses de privación de mi libertad en una cárcel del Servicio Penitenciario Federal.
Cuando solicité mi ingreso, por mi edad y discapacidad motriz, a una residencia eclesial destinada al cuidado de sacerdotes ancianos, se me negó formalmente la acogida. Se me hizo saber que disponía de recursos suficientes para afrontar una residencia privada y, sobre todo, que mi historia personal podría suscitar conflictos y cuestionamientos públicos.
Muchos de ustedes conocen que esa historia ha sido construida y alimentada durante años por organizaciones presuntamente con un propósito «ejemplar»: destruir nuestra Iglesia, prohibir la presencia de Capellanes en las FFAA y de Seguridad y procurar anular el Obispado Castrense.
¿Recuerdan la campaña internacional de desprestigio que sufrió el Cardenal Bergoglio antes y durante el Consistorio para evitar que sea nombrado Papa?

Yo estoy viviendo, desde 1977, una persecución descalificativa que busca bloquear mi libertad condicional para concretar la pretensión de quienes me cuestionan: lograr que mi vida concluya en el encierro.
No pretendo obtener privilegios, únicamente apelo a la solidaridad fraterna que la Iglesia debe a sus sacerdotes ancianos, conforme al Evangelio y a los documentos que desde la CEA han desarrollado y publicado sobre el trato y ayuda a los adultos mayores en general.
Reducir una residencia para sacerdotes ancianos y/o enfermos a un servicio asistencial o casi mercantil, condicionado por la capacidad económica del solicitante o por el temor a las repercusiones públicas, desnaturaliza su verdadera razón de ser: la expresión de la comunión presbiteral y de la responsabilidad moral que los pastores tienen hacia sus sacerdotes en la ancianidad y la fragilidad.
Excluir a un sacerdote de 89 años para evitar incomodidades institucionales supone, dolorosamente, asumir esa «cultura del descarte» que el Santo Padre ha denunciado reiteradamente y que la Iglesia está llamada a combatir, no a reproducir.
Cincuenta y dos años atrás en el día de mi ordenación se me dijo que «…desde hoy ingresas a la familia diocesana y tendrás todo el cuidado necesario en tu vejez. El obispado pasa a ser, también, tu casa.»
No puedo ocultar el dolor que provoca comprobar que, en la hora final de mi vida y después de 50 años, la Iglesia que me envió a cumplir una misión pastoral, ahora me cierra sus puertas por temor a incomodidades externas borrando o negando así lo prometido en mi ordenación sacerdotal en marzo de 1974.
Un obispo es, ante todo, padre y pastor. La paternidad episcopal no expira con los años ni se delega en el sector privado cuando el sacerdote envejece o se vuelve incómodo o conflictivo para la opinión pública.
Hago un llamado al derecho elemental a no ser descartado o apartado de la comunidad que serví bajo las directrices de la propia Iglesia. El temor al qué dirán o la búsqueda de tranquilidad administrativa no pueden regir la praxis eclesial.
Les solicito con sinceridad y respeto que revisen el criterio aplicado en este caso para que un hogar para sacerdotes ancianos y/o enfermos siga siendo hogar de hermanos y no una estructura condicionada por conveniencias, capacidad de pago o guiada por ideologías que provocan grietas.
Con mi oración constante por ustedes y el deseo de seguir caminando en la paz del Señor y al servicio de la Iglesia, los saluda fraternalmente en Cristo.
(*) Festividad de San Joaquín y Santa Ana
Julio 26 de 2026
Penal del SPF en Campo de Mayo (B)
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