
Escribe: David Rey
Cuando el Mayor del Ejército David René Cabrera regresó a su casa aquella temprana madrugada del 12 de marzo de 1960, en Díaz Vélez 1850 de La Lucila (Bs. As.), su joven esposa Zelmira Rojo Jurado, no lo estaba esperando con un tazón de sopa caliente o enredada entre ovillos de lana, sino que la encontró como siempre, entonces: firme y dispuesta, y con una ametralladora en la mano.
Fue ella quien, minutos más tarde (2.40), se levantó estremecida de la cama dado que acababan de derrumbarles la puerta del frente; su esposo, apostado de un salto en la ventana, apenas alcanzó a divisar un vehículo que se alejaba con cuatro ocupantes. Pero ya era tarde para todo. Los cinco kilos de trotyl que habían sido depositados en el living convirtieron toda la casa en puro escombros… Y la pequeña María Guillermina, de sólo tres años, pasó inmediatamente a dormir para siempre.
65 años después, Paulo Cabrera Rojo, repite una frase estremecedora: “Una vez que el terrorismo te elige como víctima, no te suelta nunca más”. Lo notable es que no lo dice por los daños psicológicos que un atentado pueda aparejar en los damnificados sino porque, luego de esa noche trágica, la familia padeció, al menos, cuatro atentados más, entre las tantas peripecias que acontecieron desde entonces. “Van con el objetivo claro de liquidar a una persona y no les importa que, si tienen que matar a 50 para liquidar a uno, ellos lo hacen. El valor de la vida para ellos no existe”, confió a DAVIDREY.com.ar.
Ver entrevista a Paulo Cabrera Rojo:
La incuestionable convicción “democrática” de los “jóvenes idealistas”
Sería una tontería cuestionar la convicción “democrática” de los terroristas dado que el grueso de sus atentados no sólo tuvo lugar durante períodos constitucionales, sino que, gracias a la misma cacareada democracia, resultaron siempre amnistiados, reivindicados e incluso indemnizados. De hecho, si bien algunos de los asesinos de Gimy Cabrera Rojo fueron apresados, al poco tiempo resultaron liberados durante el gobierno de Arturo Illia. Tras volver de inmediato a sus andanzas homicidas, cayeron presos otra vez; siendo que, finalmente, la “democracia constitucional” de Cámpora los volvió a liberar, esta vez en vivo y en directo por televisión. “Parece un chiste, se repite la historia”, reflexionó resignadamente Paulo.
Lo cierto es que, en contraste, la familia Cabrera Rojo nunca pudo disfrutar de las mieles de la democracia. “Nos siguieron persiguiendo. No es que sólo fue la explosión, el asesinato de la pobre Gimy, y ahí terminó todo”, se explayó nuestro entrevistado. Mientras la “injusticia” argentina apañaba a los terroristas, la familia Cabrera Rojo tenía que vivir con “colchones en las ventanas (por si explotaba otra bomba) y con los bolsos preparados y las directivas a seguir respecto de dónde tenía que ir cada uno si ocurría una emergencia”. En rigor, cuando esto tuvo lugar, la familia debió dispersarse para volver a unirse luego de un año, “cuando ya todo se había calmado”.
En fin, mientras el general Perón alababa al “Che” y a la “juventud maravillosa”, para Paulo -al igual que sus hermanos- el mundo era un manicomio sin tapiales. “Yo lo hago hasta el día de hoy, porque te queda”, dijo. “A mí me enseñaron que nunca hay que caminar en el mismo sentido en que vienen los autos, es decir, siempre en contra mano; del lado que están los autos estacionados, nunca contra la pared (cosa de que si hay alguien escondido, uno puede saltar del otro lado de los autos, y si alguien para un auto para agarrarte, vos tenés tiempo de escapar, en contra mano); nunca estar cerca de una persona, si alguien se te acerca de golpe… Cruzar, cambiar de mano, volver para atrás, encararlo de frente y seguir derecho. Quedás programado, yo era chico”.
Un poco de historia





Los Uturuncos
Así se hacían llamar los forajidos sin alma que demolieron la casa de los Cabrera; tomaron el nombre de una antigua leyenda quechua donde un hombre, justamente, pacta con el diablo para convertirse en jaguar (uturunco) y así, pues, salir a devorar a aquellas personas que se encontraban solas. Fue el primer grupo guerrillero del siglo pasado y eran, en realidad, el Ejército de Liberación Nacional-Movimiento Peronista de Liberación, un trabalenguas grotesco que sólo la indocta performance del peronista típico puede hacer posible. Con el tiempo, el grupo terminó diluido y desparramado entre otras facciones terroristas.
“Mi papá era militar y estaba un poco al tanto de los movimientos de la subversión”, confió Paulo a DAVIDREY.com.ar. “En Argentina, en total, hubo operando 53 células terroristas”. Tras un periplo donde la familia debió exiliarse durante siete años en Europa, al Mayor Cabrera lo “echaron” del Ejército para que dejara de hacer eso mismo por lo cual los terroristas se la tenían jurada: investigar a las organizaciones subversivas locales. De agregado militar en el Viejo Continente pasó a vender aceitunas y fideos Matarazzo en el país al que, a pesar de todo, no podía -ni imaginaba- renunciar. El país que lo formó y que lo mandó a custodiar la seguridad de los argentinos no le devolvió siquiera la casa que los asesinos redujeron a escombros.
Cuando los terroristas se ensañaron con su familia, David René Cabrera dormía, entonces, a la par de Gimy; ésta sacaba una manito de entre los barrotes de la cuna para dormir tocando la mano de su papá. Si bien el objetivo era él, el ruido que provocaron al derribar la puerta para colocar la bomba no sólo hizo que éste se levantara de la cama, sino que, además, se salvara de ser aplastado por una pesadísima viga del techo, la que, sin embargo, no perdonó a la pequeña Gimy. Los bomberos y vecinos que la recuperaron de entre los escombros procuraron inútilmente sacarle la tierra que obstruía sus vías respiratorias. Ya nada la iba a despertar de aquel sueño eterno donde dormía agarrada de los dedos de su papá.



El último atentado
Al igual que con los Amelong y los Cardozo, donde las familias no sólo tuvieron que lamentar la pérdida de un familiar por causa del terrorismo sino, además, el hecho aberrante de que la “injusticia” argentina haya encarcelado a otro integrante (siempre en la democracia que adoran los terroristas), los Cabrera Rojo también debieron padecer este último “democrático” atentado, dado que uno de los ocho hermanos de Paulo, militar como su padre, resultó condenado en 2022 a perpetua por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°4 de Buenos Aires. Como vemos, el terrorismo sigue disfrutando de las mieles de la democracia al tiempo que las víctimas siguen siendo burladas y perseguidas.
Algo que, no obstante, tímidamente podría empezar a cambiar. Y es que el 9 de septiembre de 2025, por el Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo, Paulo pudo plasmar su testimonio nada menos que en el Senado de la Nación Argentina y frente de la condolida mirada de la vicepresidente Victoria Villarruel, posiblemente la persona más referenciada con este tema en todo el país. Sabe ella igual que las víctimas lo que significa vivir en un país donde el dolor de los inocentes siempre se barrió debajo de la alfombra y donde a las mismas víctimas, incluso, se las trató como a delincuentes.
¿Por qué, entonces, en Argentina, cuando el terrorismo te elige no te suelta nunca más? Por la sencilla razón, primero, de que en Argentina no hay justicia y, segundo, el «jaguar» puede seguir acechando a sus víctimas cuando éstas andan solas, desentendidas. Sirva, entonces, el recuerdo de la pequeña Guillermina Cabrera Rojo, como de todas las víctimas del terrorismo, para que finalmente todos podamos continuar aquel sueño sagrado que es el verdadero objetivo de los terroristas pero que ninguna tormenta ha podido siquiera atenuar, esto es el amor a la Patria, la Fe en Jesucristo y la unión verdadera de todos los argentinos.
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