¿Qué es la democracia?

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«Muchas personas creen que piensan cuando en realidad sólo están reordenando sus prejuicios».

W. James

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A TODO EL mundo nos han machacado alguna vez con que (“los griegos decían”) “la democracia es el gobierno del pueblo”. Y yo la verdad que estoy entre echar por tierra lo dicho, o bien, reivindicarlo ya no como a una tierna verdad de los manuales escolares sino como a un designio universal. Si con más de dos mil años de existencia una definición sigue vigente se debe a dos cosas: 1 – o la planteó Jesucristo, Nuestro Señor; 2 – o es que somos tan vagos que ni nos hemos propuesto, al menos, desempolvar un poco la cosa. Y que yo sepa… eeemmmhhh… Jesucristo no estaba muy metido en política que digamos.

Pues bien… ya no puedo contenerlo más, necesito decirlo y librarme al fin de lo que me está asfixiando: la definición actual de democracia (la misma de siempre) roza lo indiscutible y condenablemente antidemocrático. Hoy en vez de democracia sería más exacto hablar de “desmocracia”.

Ya está… ya lo dije. Ya me siento mejor, es verdad.

Bien. Continuemos.

La definición de democracia, a lo largo del tiempo, ha sido empleada no tanto en virtud de su elasticidad como a favor de nuestro contexto o bien – lo que es peor – de nuestras conveniencias. Los mismos que dieron origen a esta palabra – los “mentados” griegos – fueron bien exhaustivos a la hora de explotar los alcances de la misma; será preciso considerar, pues, que en la antigua Grecia los pobres no tenían voz y voto, se abusaba de la esclavitud en grado extremo y la mujer, por su parte, era tenida lo mismo que un perro. Y sin embargo, a ellos les debemos nuestra concepción de democracia.

La democracia en estado de extinción

Como siempre sucede, entonces, la intempestiva acción del hombre ha erosionado significativamente el concepto de democracia. Hablamos de democracia, nos escudamos con que se trata del “gobierno del pueblo” y de que se resume en “la libertad para elegir”, pero salteamos desastrosamente los infinitos valores que deberían fundamentar el sistema o el tipo de gobierno al que remitimos.

Las democracias occidentales ya vienen devaluadas de fábrica, puesto que técnicamente se trata de “democracias parlamentarias”, “representativas” o “indirectas”, es decir, de gobiernos ya “no del pueblo” sino de “los elegidos por el pueblo”. Aquí mismo ya se evidencia un desgaste: el simple hecho de delegar nuestras responsabilidades a los representantes. En la escuela nunca nos hablaron de esa palabrita hermosa que equivale a las columnas que erigen al mítico Partenón de la democracia: la “responsabilidad”.

Debemos, pues, dejar de pensar en la democracia como una forma de gobierno (delegarle la responsabilidad democrática a los gobernantes) y ya asumirla de una buena vez como un propio estilo de vida. Llegó la hora de internalizar el concepto. Seamos, pues, democráticos. Gran falacia toda nación que se instituya como democrática en tanto no lo sean sus personas e instituciones.

Democracia y responsabilidad democrática

La democracia se distingue por el alto nivel de exigencia ciudadana. Equivalente al joven que se va de la casa paterna porque ha decidido vivir solo, y mantenerse solo, y relacionarse solo. Las actuales democracias occidentales, no obstante, son equivalentes – siguiendo el ejemplo – al joven que se va a vivir solo pero cuyos padres siguen manteniéndolo a la distancia. Son democracias de nombre nada más, ya que en su fondo impera un completo nivel de dependencia. No hay gobierno, sino tutela; no hay expectativa, sino paciencia.

Asumir la responsabilidad como valor fundamental sería la forma más eficiente de subsanar ese desgaste propio de la representatividad. Por su parte, la responsabilidad, bien asumida, nos predispone con ánimos de progresión social, es decir, ejercita nuestra capacidad de respuesta para afrontar desafíos cada vez más ambiciosos. Un país donde la gente carezca de deseos de superación podrá ser lo que sea, pero no será jamás una democracia.

Así como ha sido exitoso que en las escuelas se entone algún himno patrio cada vez que se iza la bandera en pos de afirmar la nacionalidad, resultaría magnífico que a los niños se les inculque también el valor de la responsabilidad, pero no como una mochila de culpa sino como una herramienta mágica para construir el futuro. La palabra responsabilidad no debe figurársenos de rebote cada vez que alguien comete una irresponsabilidad o travesura; debe resplandecer cada vez que alguien tiene un sueño. Asociemos lo bueno a lo bueno. ¡Es la clave!

Adiós a las reliquias griegas

Naturalmente, el cambio estructural se producirá de manera inmediata. De ahí que las más inexorables afirmaciones de siempre irán a parar al catálogo de los mitos y antigüedades. El dicho de que “la democracia es el gobierno del pueblo” vendrá acompañado por el resabio de ocre en nuestros paladares. Más exacto, moderno y eficiente será asumir, sin mayor revuelo, que “la democracia es mi forma de ser”.

Otro gran mito al que le espera la aclaración “A. en D.” (“Actualmente en Desuso”) es cual reza que “la democracia es la libertad para elegir”. En un futuro no lejano nos preguntaremos si había una diferencia substancial entre la cultura actual y la que antecede a la invención del fuego o de la rueda, además de que observaremos con viva ternura ese primitivismo léxico que caracteriza nuestra forma de hablar. ¡Qué empeñosa y ridícula manera de conceptuar! “El color blanco es blanco para que sea blanco”.

Tanta rabia reivindicadora no es más que el reflejo de nuestras dudas. Pues bien, valga esta aclaración: la democracia NO ES la libertad para elegir. LA DEMOCRACIA ES LA FACULTAD DE ASUMIR RESPONSABILIDADES Y ACEPTAR LÍMITES. ¿Qué clase de libertad ha tenido el que eligió mal? ¿Democracia es libertad para elegir mal? ¡Válgame Dios…! ¿Cuán libre ha sido el que eligió la droga, el alcoholismo, el delito… los despertadores chinos, los Enanitos Verdes, el Windows Vista? ¿Cuán libre ha sido el que eligió a Menem, a De la Rúa, a Kirchner? Quédense los inveterados con esa docta libertad, que yo más bien prefiero saber de qué se trata lo que elijo.

Democracia no es estructura, ni tampoco “desestructura”. Democracia es re-estructura. Porque democracia es cambio, innovación, superación. Democracia es todas esas cosas que sentimos cuando nos sentimos bien, cuando nos sabemos capaces, cuando despertamos con ganas de cambiar el mundo y amar al prójimo. Democracia es guiñarle un ojo a esos griegos chancletudos y tenderle la mano al que nos exija nuevos paradigmas de entendimiento. Democracia es futuro, mirar el mañana a sabiendas del lugar que nos espera.

     Los límites, ¡obviamente!, dejarán de ser aquello que nos muestre hasta dónde podemos llegar y pasará a ser aquello nos indique por dónde llegar. Porque, por si fuera poco, democracia es vivir al límite, al límite de nuestras capacidades, siempre recelosos de poder un poco más, de ser mejores todavía. Democracia es valentía, coraje y autosuficiencia; al igual que la Fe, es la luz de nuestros ojos despejando las tinieblas.

¡Ya basta de vetustas frases célebres que no exigen otra facultad nuestra que la de repetir sumisamente! ¡Qué somos! ¿Hombres o ratas? ¿Qué queremos para nuestras vidas, el vértigo de lo nuevo o la penumbra de la rutina? ¡No se discute más! Que los gobiernos escojan otra palabrita de rigor, que ya democráticas somos las personas. Llegó la hora construir nuestro estilo de vida y pasar por alto el supuesto estilo de vida que datan los manuales y las revistas; con seguridad nos llevaremos más de una sorpresa. No seré yo el primero en decir que no es lo mismo conocer el camino, que recorrerlo.

¡Adelante!

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