Transcripción:
Es un 12 de mayo de 1975 y ese día te levantaste con un mal presentimiento, pero no le diste demasiada importancia. Tonterías, pensaste. Una sensación extraña te acompañó todo el día hasta que alguien llamó a la puerta de tu casa para darte la triste noticia de que tu hijo, el Subteniente del Ejército Argentino Raúl Ernesto García, había sido asesinado por un terrorista, en Tucumán. Tenía solo 22 años, y deberás aprender a vivir con la sensación de ese abrazo que necesitás darle todos los días, en todo momento.
13 de mayo, año 76. Te dio un beso a las apuradas porque llegaba tarde al trabajo, te dijo “portate bien” y “hacele caso a tu mamá”. Lo que ocurrió después no lo recordás, lo bloqueaste. No recordás los disparos ni tampoco el susto y la confusión. A tu papá, el Oficial Principal de la Policía Federal Mario Giotti, lo acribillaron a balazos apenas cerró la puerta del frente, para siempre. Lo único que te quedó de él es ese hálito a café con leche con pan y manteca, lo conservás como un tesoro mientras soñás con volver el tiempo atrás para gritarle “¡te quiero!”.
14 de mayo del 73. Faltan 9 días para el regreso de la democracia. Dentro de un rato tenés que ir a relevar al Oficial Subayudante de la Policía de Córdoba Rodoldo Robino, de quien te hiciste amigo. Te entretenés pensando en alguna broma que le irás a gastar… pero de pronto tu risa se queda congelada. Te enterás de que está herido de gravedad luego de haber sido convertido en rehén por terroristas. Cuando se produce su fallecimiento… tu amigo se convierte en recuerdo y terminás imaginándolo en otro camarada mientras lo abrazás fuerte y mientras ambos lloran como niños.
El pasado sí se puede cambiar. No en los hechos, pero sí en las consecuencias. El “Che” Guevara decía que “hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve; a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad”. El terrorismo se propuso hacernos sentir acosados en todo momento. Si consideramos el desprecio en torno a las víctimas del terrorismo por parte de los medios y por parte de la política, y la persecución inmoral contra quienes usaron un uniforme en los 70, vemos que buena parte de ese objetivo se mantiene intacto. Cuando los zurdos hablen de “memoria” mientras que se olvidan de los miles de argentinos que fueron víctimas de sus ataques terroristas, sabemos que, además de cobrar en dólares, no buscan otra cosa que continuar ese objetivo. En fin, la medicina contra estos parásitos no pasa más que por conocer la historia y decir la verdad.
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