Testimonio de una víctima del terrorismo

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GRACIELA GONZÁLEZ CAMARASAes una persona como yo, como vos y como cualquier otro argentino. No sólo que aceptó de inmediato concederme una entrevista, sino que además no tuvo ningún problema en activar su webcam y “dar la cara” (¡con lo importante que eso es!). Tuvo reparos, eso sí. Me dijo: “Mi mamá no era así. Ella no tendría problemas. Pero yo salí coqueta como mi abuela, así que por favor no me filmes con los lentes puestos”. Yo la veo, sin embargo, tan linda con lentes como sin ellos… así que su valiente corazón deberá comprender que un capricho mujeril no merece alterar la naturalidad de nuestra charla (ya bastante lío causó mi antojadiza conexión a internet).
     Tiene la voz limpia de vacilaciones y utiliza un tono frenético que te hace agradecer tenerla como amiga y no como enemiga. Vive en Mar del Plata con la sola compañía de una gatita a la que debió, a instancias mías, encerrar en otra habitación para que sus maullidos no se filtraran en la charla. Algún tibio que la escuche hablar sobre su vida pensará que la mujer está loca del remate; a mí me sorprende que Graciela, a pesar de todo lo que le tocó vivir, conserve intactos el sentido de la justicia, la capacidad de asombro y, como vemos, un espíritu henchido de ternura.
     Graciela no es como esas groseras mujeres que, por televisión, mientras que recuerdan a sus supuestas víctimas, destilan un lenguaje intransigente donde abundan expresiones como “burguesía”, “oligarquía”, “lucha armada”, “las armas de nuestros hijos”, “venganza”… A pesar de ser hija de militares (su padre fue el Mayor de Sanidad del Cuerpo Profesional de Ejército, Jorge Alberto González), y de contar con el honor de ser viuda de un excombatiente de Malvinas y de la Guerra Contra Revolucionaria, Graciela casi que deja entrever que no sabría distinguir entre un revólver y un martillo. Ya sea el humor inapelable de la soldadesca como el rigor mismo de las amenazas y los atentados subversivos, no lograron alterar ni un ápice el carácter de esta madre que, como me diría, “habría metido preso a su hijo” si alguna vez éste hubiera venido con un arma. A ella misma me gustaría que le vayan a contar la historia reciente de mi país aquellas mujeres que se enrolan tras una demente que promete “vengarse utilizando las armas que dejaron sus hijos”.
     Que a ella le vayan a contar la historia todos aquellos que se estremecen por las guasadas que dicen en televisión. Tenía 16 años cuando los terroristas llamaban a su casa, en Santa Fe Capital, para amenazar de muerte a su hermano si no dejaba el Liceo, y a ella y a su hermana decían que “las iban a secuestrar para violarlas y hacerlas parir para que sus hijos sean ‘hijos del pueblo’”. Que a ella, por favor, le vayan a hablar de “memoria”, a ella, cuya habitación amaneció despedazada en 1975 por la explosión de una bomba que los terroristas colocaron en el garaje de su casa, atentado del que se salvó de milagro – junto con su hermana – debido a que esa noche estaban en una fiesta de quince. A ella con los sueños de los “jóvenes idealistas”, si ella misma los veía recluirse en las universidades armados hasta los dientes. Háganme un caro favor: a ella quiero que le vayan con el cuento de los “derechos humanos”, sí, a ella misma, que debe tener bien presente esa cuestión ya que la mayoría de los compañeros de trabajo de su padre están todos muertos por el accionar de la guerrilla, a ella que oía cómo su familia rogaba al General Videla el traslado a Capital Federal “porque los subversivos los estaban matando a todos como a perros”, a ella, que no deja de mencionar el asesinato cinematográfico de Paula Lambruschini, de quince años (1978), acaso porque sabe que por un pelo se salvó de correr la misma suerte… Como muchos, ella también fue educada para “olvidar el horror y la pesadilla”; sin embargo, como muchos, ella tampoco pudo olvidar.
Sí, sí, amigos… Yo, me desligo del tema… a mí no me venga nadie con cuestionamientos. Yo no viví esa época y simplemente me remito a escuchar el testimonio vívido de una persona que tiene bien frescos algunos recuerdos muy explicativos… hasta yo diría “didácticos”. Graciela González Camarasa no se calla nada, es una argentina más, como vos y como yo, nunca mordió a nadie y le importa un rábano el impacto que pueda ocasionar la voz del corazón de una niña advenida en mujer no por decisión de las hormonas sino por un ciego dictamen del destino.
Hoy yo no digo más. Ahora me toca escuchar. Hoy habla Graciela.

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