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Escribe: Enrique Stell
Coronel VGM (R) y Preso Político Argentino.

Lo que hice en Malvinas lo volvería a hacer dentro del contexto en que se desarrolló la guerra, especialmente por mis camaradas de armas, soldados, suboficiales y oficiales de todas las Fuerzas Armadas, Policiales y de Seguridad que participaron del conflicto y por los compatriotas civiles, hombres y mujeres que valerosamente decidieron arriesgar sus vidas para recuperar la plenitud de la soberanía territorial de un país ocupado desde 1833 por una potencia extranjera. Sin dudas, Argentina continúa siendo un país ocupado.

“Sin dudas, Argentina continúa siendo un país ocupado”.

De todos modos, deseo aclarar dos cosas. Primero, que ningún militar se enorgullece de lo que realiza en una guerra, a menos que salve la vida de un camarada. Digo esto porque no aprecio que destruir cosas y hombres sea motivo de orgullo. Es lo que hay que hacer, es nuestro trabajo, como el del médico traumatólogo que tiene que cortar una pierna o el policía que neutraliza a un delincuente durante un asalto armado. Son actos necesarios pero que no provocan felicidad. La felicidad está dada por buscar que el enemigo deje de pelear y encontrar la paz, que es el estado natural en que se desarrolla la vida humana.


Este artículo viene de:

El día que me dieron por muerto… y los verdaderos héroes de Malvinas


Vale para el caso recordar lo que el Capellán Vicente Martínez Torrens escribió:

«La guerra es horrorosa. Es una deshumanización. Por momentos se hace causa común y se grita: bájalo, bájalo, bájalo. No se tiene en cuenta que dentro de esa máquina va un hombre, un soldado, un ciudadano más o menos querido por su patria. Y de repente uno cambia el tiempo del verbo y dice “iba”. Y ese hijo reventado por el misil, es llorado por una madre, por una esposa o novia. Algunos fanáticos, más tarde, lo usarán como bandera”» (*).

(*) Martínez Torrens, Vicente. Dios en las trincheras. Página 68. Ediciones Argentinidad. Colección Malvinas. Argentina. 2012.

El segundo aspecto que quiero remarcar es que, si me cambian el contexto social argentino de 1982 por el de 2017, expreso con total claridad de conciencia que, por este país de hoy, yo no derramo una gota de sudor. Para que no queden dudas, por este espacio geográfico donde pululan personas egoístas, sin dignidad, psicópatas que le arruinan la vida a sus compatriotas sin sentir la más mínima culpa, personas carentes de integridad que sólo se ocupan de sus proyectos personales sin importarle el otro, yo no muevo un dedo, más allá de que tengo 61 años y muchas cosas puedo hacer todavía.

La calidad humana de los políticos argentinos de estos días no le llega ni al tobillo de un Elpidio Gonzáles o un Arturo Umberto Illia. Estas personas eran honestas, tenían principios y valores éticos y morales. Hoy solo tenemos rémoras feudales, llamadas “autoridades”, que se enriquecen haciendo negocios con la libertad y el dinero de los contribuyentes.

¿Quién sería mi héroe en la Guerra?

Mencionaría a ese hombre de armas que nadie nombra, ese soldado que combatió en silencio entregando su vida por sus compatriotas. Elegiría a ese que nadie recuerda.

Estamos acostumbrados a señalar personas y somos injustos al hacerlo, porque son las circunstancias inexplicables de la vida las que nos colocan en una vidriera, pero esa vidriera no permite ver el corazón y la mente de los que sin alardear de sus capacidades dieron todo de sí durante el conflicto.

¿Quién puede saber qué hizo por el otro un marinero, suboficial u oficial en el interior del buque General Belgrano cuando impactaron los misiles? A ése elijo, al que nadie nombra, al que de él nadie se acuerda, elijo a ese al que solo Dios conoce y sabe cuáles fueron sus actos y sentimientos cuando la vela de la vida se apagaba.

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