Zapatos para hombres

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Escribe: David Rey

Bien. Todo el mundo se queja de que no hay ventas. Y pongámosle que es así.

Hace ya tres semanas que estoy buscando un par de zapatos. Quiero algo cómodo (con cámara de aire, en lo posible), para usar 10 u 11 horas por día.

Y, obvio, que sea lindo y de buena calidad. Uno no quiere ir a la entrega de los Oscar pero tampoco quiere algo para dar lástima.

Tengo 35 años, laburo como un perro, soy un tipo educado y de buen gusto… quiero un zapato para hombre.

A ver… imaginario colectivo… ¿es tan difícil de figurarse lo que es un zapato para hombre?

El único zapato que, resignadamente, me dije «éste puede ser» (horrible, tipo «náutico», desagradable… pero visiblemente cómodo), me pidieron más de cinco lucas.

A ver… si a mí me gusta, no te pago 5, te pago 20 y le paso la aspiradora a todo el negocio vestido de Tortuga Ninja. Pero uno ya es grande y no puede pagar tanto por algo que no lo vale.

Me pasa lo mismo, con los zapatos, que con los pantalones. ¡Qué difícil que resulta hoy conseguir ropa de hombre! Vayas donde vayas, todo el mundo te «chanta» en la cara vaqueros apretados o, como lo llaman ellos, «chupines». ¡Pero qué quieren… que uno salga a mostrar el culo!

Una empleada me cae con un par de zapatos «de moda».

«Estos son cómodos», me dice. Y los dobla, de modo que uno vea que son blanditos, «cómodos».

Lo primero que pienso: «Son más fieros que tu suegra». Pero le digo, siempre compasivo:

«No, no califica».

Se sorprende:

«¿Nooo…? Pero es como usar zapatillas…».

Y, bueno, me insistió demasiado. Le digo:

«Puede ser, pero son más fieros que tu suegra».

Recién entonces los miró como lo que eran: basura.

El caso es que hace tres semanas que camino Rosario en busca de un par de zapatos. Algo cómodo, lindo, moderno… y que se aguante todo lo que uno anda… No quiero algo para ir a un casamiento, tampoco quiero los zapatos con que habrán enterrado a mi tatarabuelo.

Un par de zapatos que uno los mire con cariño, que sea un placer lustrarlos hasta dos o tres veces por día. Un zapato que sea lo que uno es: acá estoy yo, carajo.

Pero no… el mercado, y tras tres semanas de búsqueda lo compruebo, está sumamente abocado a cubrir las «necesidades» de aquellos hombres barbudos que sueñan con ser Teletubis con polleritas de colegialas (es decir, la lógica e indiscutible consecución del pantalón «chupín» y el zapatito «canchero» con suela blanca o cualquier otra yerba vomitiva).

En fin… a lo que voy. Es verdad que la cosa está difícil: no hay ventas, vieron. Pero…

Pero…

Pero tampoco hay oferta… Pedís algo cómodo, te caen con un náutico… Quiero un zapato para ir a trabajar, carajo… ¡no para ir a pedir limosna…!

Tengo 35 años. Soy un trabajador argentino. Y llega cierta edad en que uno… no es que se pone «exquisito». Llega cierta edad en que uno se vale por lo que es: un hombre, un varón.

A ver si alguna vez el mercado se deja de «teletubiadas hermafroditas» y empieza a cubrir esa demanda sobre la que se sostiene un país, una cultura y un futuro.

Que el payaso vaya a buscar lo suyo al cotillón. Y que este país empiece a atender a los que verdaderamente hacemos algo todos los días por sacarlo adelante: los hombres, los varones que trabajamos.

He dicho.

Sigo buscando mi par de zapatos. Sencillo, lindo, moderno… cómodo. Es para usar todos los días… y lustrarlos cuando me de la gana.

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